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Corazón azul.

Últimamente me lo había topado mucho por aquí, visitando a otros demonios. Su cara se había vuelto conocida para mi desde el día que casi choco de frente con él. Lo seguí por que me llamó la atención ver a alguien tan joven por estos lugares. Era Belfegor quien hacia trato con él esa noche. Aceptó su alma a cambio de no se que favor. Enseguida no pude menos que sentir pena por él. Tan joven y vendiendo su alma casi virgen a un desdichado demonio como Belfegor; y no es que Belfegor me caiga mal o le tenga algún resentimiento, no. Aquí todos compramos lo que nos van ofreciendo y damos a cambio lo que el pobre infeliz que permuta anda buscando. Finalmente somos todos comerciantes, negociadores. Trinqueteros.

Lo que sucede es que el Belfegor ese ya me ha ganado algunas almas en el pasado, y ciertamente no me da buena espina que fuese precisamente él, quien le comprase la suya a un muchacho tan joven. Cuando terminé mi ronda esa noche me vine a descansar a mi pequeña cueva. Una cuevita de menos de dos metros cúbicos donde solo cabemos mi cama de heno y yo. Suelo acurrucarme abrazando mis piernas, mientras escucho a lo lejos el eco de las voces de los que sufren los castigos que duran una eternidad y mil vidas más. Procuro no pensar mucho en ellos, ni en las circunstancias que me pusieron a mi en esta situación.
Del como llegué a demonio mercader de lo que sea en el infierno.
Lo volví a ver un par de veces mas, de verdad me causaba una inquietud extraña mirarlo con esa frecuencia aquí chachareando.*
No fue sino hasta anoche que me crucé con él deambulando por el pasillo oscuro de la calzada principal, casi lo dejo pasar de largo pues la neblina era tan espesa que no le reconocí de inmediato. Su mirada era la de alguien perdido, buscando algo que no logra ver, buscando tal vez algo que ni sabe como es. Decidí acercármele cuando voy viendo que el pinche Belfegor otra vez iba sobre él.
-Esta noche no, Belfegor. Hoy al muchacho le toca mercar conmigo. Tú ya le has comprado lo que te está permitido.
Belfegor me fulminó con una de sus famosas miradas de advertencia, pero sabiendo que yo tenía razón, se fue caminando hacia atrás sin dejar de mirarme. Frotándose las pegajosas manos.
-Veamos, que vienes a vender, muchacho? Que tienes para mi y que es lo que deseas?
-Necesito vender mi conciencia.
-Hummm…tu conciencia has dicho? Dime, no crees necesitarla alguna vez? En algún momento? Más adelante, quizá?
-No, ya he vendido mi alma, puedo vivir sin las dos.
-Vamos, y que es lo que quieres por paga?
-Quiero venganza.
-Típico. Bueno a mi me vale madres. Dime, de quien tengo que vengarme en tu nombre? Y por que?
-De mi novia, yo la amaba con toda el alma. Ella se fue con mi mejor amigo.
-Ah ¡ me parece justo. Quien se roba tu alma cuando es todo lo que tienes no merece perdón.
Entonces entrelace mi brazo derecho con su brazo izquierdo, dame un apretón, le dije. Me apretó.
-Listo, dalo por hecho.
El chico sonrío con una mueca macabra, como entre gozo y odio. Entonces hizo como que iba a dar un paso para alejarse, pero retrocedió y volvió a quedar frente a mi.
-Que? No has quedado satisfecho? Me he vengado de tu novia, pronto morirá y vendrá aquí al infierno a pagar una y otra vez por haber jugado con un alma que no le pertenecía. Entonces que quieres ahora?
-Me gustaría vengarme de mi mejor amigo también.
-Voy viendo que eres de los de todo o nada. Eso me gusta, al menos eres valiente y decidido. Aunque algo tonto si me permites, no sabes lo que te sucederá una vez que no tengas mas por vender aquí.
-Lo que suceda conmigo no me interesa. Bueno, vas a comprarme lo que me queda o no?
-Claro, tengo permitido hacer dos negocios contigo esta noche. Dime, que me ofreces, Veamos si puedes tentarme, sino, vete con Belfegor, ese infeliz compra lo que sea por muy dañado que esté.
-Te doy uno de mis dos corazones.
-Dos corazones? ah pero es que quieres burlarte de mi?
-Compruébalo tú mismo.
Con una de mis garras le corté el pecho desde el ombligo hasta la garganta, lo abrí como libro usado. Y efectivamente, tenía dos corazones, uno negro que apenas sostenía un latido débil y apagado, y otro azul encendido como fuego, fuerte y vigoroso.
-Hecho.
Le dije mientras tomaba el corazón azul con una mano y con la otra cauterizaba la herida de arriba abajo. Volvimos a darnos un apretón y el negocio quedó saldado.
-La venganza contra tu amigo comenzará pronto, se perderá en el vicio de las drogas y el alcohol, sufrirá angustias terribles que no en muchos años lo obligaran a suicidarse. Vendrá a unirse al circulo de los suicidas y vagará una eternidad reviviendo su muerte una y otra vez, sin descanso.
Esta vez el chico sonrío con mucha tristeza.
-Que sucede? No te he dado lo que viniste a buscar? No te he pagado al precio lo que me vendiste? Entonces por que esa cara larga?
-Se que luego de lo que te he vendido, yo mismo vendré a parar aquí. Quizá solo me quede un día o dos, cuando mucho. Ya no tengo alma, conciencia o corazón.
Entonces el muy idiota como recapacitando se puso feliz, radiante, sonriente. Como si le acabaran de decir que su billete de lotería se había sacado el premio grande. Me dio las gracias y comenzó a retirarse hacia el túnel.
-Un momento, sabes que ya no te queda nada, que morirás y vendrás a dar aquí mismo donde tú has visto lo que sucede, Entonces por que tanta felicidad?
-Acabo de darme cuenta de que vendré aquí y estaré con Ana y Jorge de nuevo. Sabes, a pesar de lo que me hicieron. Ellos han sido lo único que he amado allá arriba. Me alegra mucho saber que al final y como sea, estaremos por siempre juntos.
Asentí con la cabeza y lo dejé partir, su andar ahora era animoso, como si llevara para sus adentros un ritmo de dicha intima, como cuando sabes que algo hermoso va a sucederte pero solo tú lo puedes comprender, solo tú lo puedes ver.
Me di la vuelta y me dirigí a mi cueva, con mi costal mas pesado por un corazón azul ecuatoriano y una conciencia algo percudida, pero nada que la lejía no pueda limpiar.
*En México llamamos chacharear a comprar y vender usado.  
17 Junio, 2010
Lilymeth Mena
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Nevado

Abrí los ojos y di unos pasos hacia fuera. Los pequeños copos caían sobre mi cabello y mis hombros como una escarcha muy leve. Extendí los brazos en una especie de lluvia de júbilo interna. Mis pies descalzos no sentían frío. Me sentía feliz, por primera vez en mucho tiempo era feliz. Todo allá a lo lejos, hasta donde mi vista alcanzaba a ver era blanco. Un llano blanco con pinos muy altos, blancos también. Sin sol brillante pero con mucha luz. Tanta, que todo era de un blanco resplandeciente, casi fluorescente, como si cada cosa, el suelo mismo cubierto de nieve, tuviera luz propia.
Como si todo fuera pura energía fluyendo libremente por todas partes.
No sabía por que milagrosa razón. Pero aquel dolor que me aquejó durante tantos años, ahora simplemente había desaparecido. Los dedos de las manos podía encogerlos y estirarlos como cuando tenía veinte años menos, doblé las rodillas y bajé casi hasta el suelo, me sentía de maravilla. Tomé aire en una respiración ancha y gomosa pero sin obstrucciones.
Entonces noté algo que me preocupó.
Mi ropa era muy escasa, apenas un pantalón de gabardina doblado un poco hasta abajo, una camisa de manga larga azul con líneas en gris, también arremangada. Como podía estar sobre la nieve con copos cayendo sobre mi, sin sentir nada de frío?
Entonces un conejo blanco apareció junto a mi, como si hubiese salido de la nada. Un conejo grande, esponjado y gordo.
Sus ojitos rojos tenían un brillo muy marcado, como si estuviese con lágrimas contenidas todo el tiempo. Se sentó sobre sus patas traseras sin dejar de mirarme.
Entonces con voz muy aguda me dijo:
Que? No te has dado cuenta?
De que?, respondí, casi sin creer que le estaba hablando a un conejo.
Estas muerto.
15 Junio, 2010
Lilymeth Mena.
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Chico malo, rubia tonta.

Era un pueblito minero de esos que están en no se donde, habitado por puros no se quien, que buscan no se que. Las únicas distracciones, eran un prostíbulo, el bar y un cine. Todos los hombres trabajaban en las minas, salvo buenas excepciones que hacían falta para echar a andar el lugar, panaderos, el tendero, los maestros, el lechero, el cantinero y anexas. Por cierto, el cantinero era dueño del único bar. Un lugarcito húmedo, oscuro, bastante mal montado pero que compensaba todo con una mesa de billar y una rockola con doscientos Lp’s.
Los fines de semana eran una locura, los mineros iban subiendo de a pocos e igualmente se iban llenando los lugares donde se podían gastar la plata recién cobrada. El cine proyectaba la misma película una y otra vez en una especie de “permanencia voluntaria”. El panadero y el lechero entregaban el doble. Los niños podían jugar fuera hasta tarde para que el padre pudiera cumplir con su visita conyugal y la señora tuviera buena cara el resto de la semana.
Era un sábado de esos ya pasadas de las once de la noche. Los parroquianos en el bar disfrutaban de tarros fríos con cerveza oscura. En la mesa de billar se jugaba y apostaba un bola ocho. Dos mesas se habían juntado para el póker allá atrás.
En medio de lo que era una noche tranquila, se escuchó el ruido de un potente motor. No era otra sino la Harley Davidson de Axel. El hijo del socio mayoritario de las minas. Pocas veces se le veía por el pueblo, por que cuando él quería fiesta se iba a la ciudad, le repugnaba la simpleza y poca sofisticación de todo lo que le rodeaba. Cuando entró al bar nadie pudo evitar mirarlo, tenia toda la facha de chico rudo, pero a la vez mimado. Por que nadie que no sea un niño mimado puede vestirse como él en un lugar como este. Botas negras con hebillas, jeans azules, chaqueta de cuero y una playera negra con un diseño en letras mórbidas que se leían “From hell”.
Adivinando que esta noche ganaría un poco más, el cantinero se acerca y le ofrece una mesa. –No, quiero una al fondo, con espalda a la pared. Así lo hace el cantinero, limpia la mesa de tablas flojas para el señorito y le sirve. Mientras el tarro escurre y va mojando la mesa, Axel se la pasa atendiendo el celular.
Pasada la entrada del niño bonito, los comensales siguien con su fiesta cada quien en su cada cual, las bolas sobre la mesa de billar hacían que algunos, ya borrachos, soltaran gritos de enojo o de emoción. La espesura del humo de cigarro subía en espirales hasta el techo en las mesas de póker y un muchacho con mirada perdida no decidía que canción escoger en la rockola. El de la rockola ya tenia un buen rato ahí nomás, parado. Como si su decisión fuera cosa difícil pero importante. Cuando Axel dejó el celular le dijo en tono burlón al de la rockola.
–Por que te tardas tanto para escoger una canción? Te apuesto que cualquiera que elijas será fea y anticuada. Como todo en este inmundo pueblo.
-Te equivocas, esta rockola tiene doscientos discos, muchos de ellos son considerados clásicos. Hay muchas canciones buenas.
–Tú que puedes saber de música, si no eres más que un minero.
–Así eres siempre de petulante? No soy minero, soy maestro.
-Peor, a los mineros todavía puedo respetarlos por que el trabajo rudo forja el carácter, pero un maestro, es como una niña que lee libros. Vas a aceptar mi apuesta?
-Cual apuesta?
-Te dije que cualquier cosa que toque la rockola será una mierda, juegas?
-Yo nunca apuesto. El juego es para gente ociosa. Supongo que tú no has forjado el carácter aun, no has hecho nada de trabajo rudo.
Axel brinca de su asiento y con la mano derecha lo toma por la garganta, con la otra mano le oprime la nuca para obligarlo a sentarse. Todos se quedan impávidos observando.
-Vas a apostar o no? Deberías sentirte halagado maestrito de pueblo, yo no apuesto con cualquiera. Mira, si pierdo puedes pedirme lo que quieras.
-Y si pierdo yo?
-No creo que tengas nada que yo pueda desear, así que si tú pierdes, voy a cortarte un dedo. Me gustan las apuestas serias. Velo por este lado, no lo necesitas, no eres minero, ni siquiera panadero, eres maestro ¡ Pero si ganas, podrás tener lo que me pidas. Lo que sea.
En eso se abre la puerta y entra una chica rubia asombrosamente bella, vestida muy al estilo de Axel, botas, chaqueta de cuero, diminuta falda de mezclilla.
-No me digas que estas jugando ¡ Me tardé tres horas en llegar aquí, este pueblo es pequeño pero muy enredado. Anda, deja a este muchacho, vamos a la ciudad, Jane nos espera en su casa.
La rubia se acerca a Axel y le hace una caricia en el rostro. Su mano sólo tiene tres dedos.
02 Junio, 2010
Lilymeth Mena.
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Ojos de muñeca.

Era una niña como de diez años. Vestidito blanco. Zapatitos de charol. Mucha gente del vecindario la había visto jugar en el jardín de aquella casona enorme y descuidada al final de la calle. Una casa que por su estructura debió ser una preciosidad en sus mejores días, pero que ahora, no era más que un edificio oscuro, triste, con un jardín seco y columnas abandonadas. A algunos les resultaba curioso ver a una niña como ella, en un lugar como ese. Cuando lo comentaban con alguien del lugar, no podían disimular su sorpresa al enterarse de que aquella hermosa criatura era un fantasma. Solía aparecerse con mas frecuencia en esos días de Mayo cuando el aire huele a mojado y se esperan las primeras lluvias fuertes.
Quienes la habían visto en más de una ocasión, recordaban vívidamente sus ojos extraordinariamente grandes, invadidos por una profunda tristeza. Las coletas negras atadas con listones y el oso de peluche que cargaba como a un nene entre sus brazos. Eran realmente pocos los que recordaban que hacia tiempo viva en esa casa una familia prospera, y que luego de una tragedia misteriosa el lugar había quedado en el abandono.
Como en casi todo suburbio, había un chico introvertido que creció con aquella historia de la casa al final de la calle, de la niña de ojos grandes y el oso de peluche. Cada vez que pasaba frente a la propiedad sentía un escalofrío recorrerle los brazos y la espalda. Algunas veces creyó ver algo de reojo, pero al volver el rostro y mirar bien, solo el columpio del jardín parecía moverse apenas. Podía ser el viento, se decía para sus adentros.
En la escuela tenia las notas más altas, le gustaban los libros de un señor King, las novelas de vampiros y de cualquier cosa que pudiese darle miedo. Cuando entró a la universidad ya había dejado de lado sus libros de niño, ahora le interesaban la ciencia, los insectos, y las plantas medicinales. Se había convertido en todo un escéptico. Todo tiene una explicación.
Una tarde después de visitar a sus padres, esperaba el autobús, cuando comenzó una ligera llovizna que apenas mojaba. A lo lejos, en el patio de la casa grande, le pareció ver algo blanco entre los árboles secos. Al poner más atención distinguió a una niña. Caminó despacio, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para poder echar un ojo, pero ya no había nadie. Decidió entonces investigar sobre lo sucedido en esa casa y por que la niña se aparecía, si es que se aparecía y no le había jugado una broma su estado de humor actual, atascado entre los exámenes de bimestre y sus gastos personales. Recordó que cuando era niño el asunto lo mantenía bien alerta, pero al crecer lo había olvidado por completo. Platicó con vecinos cada fin de semana cuando visitaba a sus padres, tomó fotografías, encargó a un amigo gestor investigar sobre la situación de la propiedad. Pensar en esa niña a veces no lo dejaba dormir. Sus investigaciones lo llevaron a casa de una anciana, hermana del que otrora fuera dueño de la casona. La señora fue muy amable y contesto con agrado a todas sus preguntas, le contó que su hermano y su familia habían abandonado el país por que su hija estaba muy enferma y necesitaba un clima mas adecuado. Cuando le comentó sobre una niña que se aparecía en la casa, la anciana sintió tristeza. Pero, al describírsela físicamente resultó ser una niña muy distinta a su sobrina. –No puede ser ella, Ofelia era un poco mayor cuando falleció, ya tenia dieciocho años, estaba por entrar a la universidad. –Seria mucho pedirle que me mostrara una fotografía de su familia? -fue entonces que lo comprendió todo. En aquella imagen se revelaba el misterio de la niña de vestido blanco atrapada en la gran casona. –Podría prestármela para mi trabajo de la universidad? Prometo devolvérsela en cuanto logra copiarla.
Ya con la fotografía en las manos fue peor, casi no dormía, casi no comía y pasaba mucho tiempo mirándola. Ahora que era poseedor de la verdad no sabia que tenia que hacer; si compartirlo con alguien, escribir algún ensayo, o guardárselo como un secreto para siempre. Luego de mucho luchar consigo mismo, decidió ir a la casona a enfrentar a la aparición.
Entrar al jardín fue sencillo, esperó a que comenzara a llover un poco para que la calle quedara desierta, entonces, brinco la barda. En el jardín no había más que hierva negrusca, seca, dos árboles opacos muy altos, casi muertos, y un columpio que se mecía con el viento. Tocó el columpio que tantas veces vio desde afuera. Entonces escuchó un crujir de ramas detrás de el. Descubrió que una niña hermosa de ojos muy grandes y vestidito blanco le miraba.
–Ese es mi columpio ¡
–Perdóname, solo estoy de curioso no quería molestarte
–Como te llamas?
-Me llamo Diego, mis padres viven aquí adelante, somos casi vecinos. Tú como te llamas?
-Ofelia, y este es Bruno. Pero no me importa que seas vecino -con tono de niña malcriada- ese es mi columpio. A papá no le gusta que juegue con extraños.
-Pero, ya te he dicho mi nombre, ya no somos extraños. No quieres que platiquemos un ratito?
-Pero solo un ratito, he estado enferma y no puedo estar aquí si llueve y hace frió.
Por un momento hablamos de cosas sin importancia, de la escuela, la lluvia, su oso, mis padres, su casa, tardé un rato en enfrentarla con el hecho de que su casa estaba vacía y que ella lo aceptara.
-Si, ya se que en la casa no hay nadie, ya tengo mucho tiempo aquí, pero no puedo irme. Tengo que esperar a que regresen mis padres por mi, ellos saben que estoy enferma y que tienen que cuidarme, yo se que van a volver…tienen que volver.
-Por que dices que “tienen” que volver?
-Por que ellos saben que necesito que me cuiden –responde llorando- que estoy enferma, que soy muy pequeña para estar sola, que puedo perderme.
-Perderte…por que has dicho eso? Como puedes perderte dentro de tu propia casa?
-No se.
Sus enormes ojos cafés me miraban con mucha tristeza y un poco de contrariedad, como cuando sabes que algo malo te está ocurriendo y no sabes que es pero tampoco puedes hacer nada para remediarlo.
-Pequeña, yo no quiero ponerte triste, tampoco quiero que llores pero, necesitas darte cuenta. Entender algunas cosas para que puedas irte.
-Que quieres que entienda? –ya enojada- Que mis padres me abandonaron? Que no me querían? Que voy a esperarlos aunque nunca regresen? Que dejaron que me muriera aquí sola y por eso estoy aquí encerrada?
-No, Tamy.
Al escuchar su nombre, se me quedó mirando con su diminuta boquita pintada muy abierta.
-Tienes que irte por que tus padres no te abandonaron, no hay razón para que estés aquí. Ofelia murió hace tiempo. La niña que fue tu dueña estuvo enferma hasta que su corazón no pudo luchar más. Tienes que dejarla ir y descansar también tú.
La muñeca se acurrucó en mis piernas mientras lloraba quedamente. No me di cuenta cuando se desvaneció por completo, solo alcance a escuchar su vocecita diciendo
–Pobre Ofelia.
29 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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Pequeña yo, pequeña tú.


Su amistad era tan larga como sus cabelleras; una rubia, la otra morena. Desde pequeñas hicieron una promesa, nada jamás podría separarlas. Contaban con veinte años cuando Luisa organizo una cena, presentaría a su prometido de manera formal con sus parientes y amigos. Corina llegó tarde, como siempre

A partir de entonces era frecuente ver al trío saliendo del cine, de algún barecito o de una reunión de amigos un viernes por la noche. Fue un miércoles por la tarde, habían quedado de verse en casa de Corina para ir de compras, arreglarse las uñas y cortarse el cabello. Esos rituales femeninos que en compañía de la mejor amiga son siempre más satisfactorios. Luisa toca el timbre sin saber que su novio está de visita en casa de su amiga. Corina atiende la puerta arreglándose el cabello y abotonándose la blusa.
El corazón de Luisa se obscurece con tristeza, desilusión y rabia.
Tela, tijeras, hilo, una vieja fotografía. Poco a poco va dando forma a su creación, cuando por fin el cuerpo está terminado, le agrega cabellos rubios largos, y ojitos de botón.
Una aguja atravesando el centro del pecho, una en cada extremidad, dos en la espalda, tres en la cabeza. -Esta no es una muñeca, eres tú Corina. Sentirás el mismo dolor que siento yo. Sufrirás por el daño que me has causado. Por romperme de este modo el corazón.
Pasaron ocho años. Y el tiempo que todo lo cura, que todo lo madura hasta darle un tono más sereno, más sensato, las reunió de nuevo. El chico aquel, causa de su alejamiento, había sido perverso y cruel con Corina. Hacia mucho de su separación.
La amistad volvió a darse entre ellas por que así son las amistades entre mujeres, unas florecen de nuevo con solo unas gotas de rocío, otras se marchitan para siempre.
Para el cumpleaños de Luisa, deciden organizar una fiesta como las de antes “Como cuando éramos hermanas y estábamos siempre tú conmigo, yo contigo”. Dan las ocho y llegan los primeros amigos, parientes, comida y música, todo junto y en abundancia. Pasada la media noche Corina sube a la recamara de su amiga para refrescarse. En el baño se moja un poco el cuello y la nuca. Busca una toalla de las pequeñas sobre el tocador, donde sabe que Luisa las dobla y pone por colores. El alhajero de madera está abierto. La cabellera rubia de una muñeca de trapo se asoma ligeramente. Sus ojos de botón parecen mirarla a ella con la misma sorpresa.
Luisa entra a su recamara y mira la escena, Corina con ojos impávidos sosteniendo su pequeño “Yo” entre las manos, algo crispadas por la sorpresa. –Esta soy yo - dice la rubia en tono de afirmación dirigiéndole a Luisa una mirada acusadora. –Si, esa eres tú. Debes entender, me quitaste algo que jamás volverá. Estaba muy enojada contigo, no sabia lo que hacia. –Eres una desdichada ¡ - escupe la rubia con rabia sacudiendo muy cerca del rostro de Luisa la criaturita de trapo. –Te prometo que me desharé de ella, y seremos hermanas como siempre. –Y que son todos estos alfileres? Todas estas agujas? Eres una perra. Querías matarme? –No, tan solo quería que sufrieras como sufrí yo. Pero si, debo confesarte que desee tu muerte. Esa aguja que atraviesa el centro del pecho de la muñeca, es mortal. No debe retirársele jamás. Por favor, perdóname.
Corina se retira unos pasos y apretando fuertemente la muñeca sujeta con los dedos la aguja clavada en el pequeño pecho -Ahora tú serás la que muera¡. La aguja cae al suelo, Corina también.
25 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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Barroco.

Los silencios de adentro eran tan fuertes como los ruidos de afuera. Sobre la cabecera del lecho, una hilera de cojines y almohadas eran los guardianes de su único sueño. El terciopelo rojo que reinaba en la habitación, envolvía los muebles y las paredes como una sombra. De vez en cuando se escuchaba el chillido de un murciélago, que revoloteaba muy cerca de los muros.

Los sirvientes apagaban todas las luces de vela para retirarse a descansar. Poco a poco los pasos sordos sobre la alfombra de los corredores, cesaron.
En el escritorio quedaba un tintero vacío, una carta a medias y la cera derretida en la porcelana hasta el final del pabilo.
La hermosa joven dormía profundamente sobre una cama muy al estilo de un tal Luis. Con los rizos ligeramente escurridos en la seda y un seno descubierto. La cortina de tul se movía un poco, cada vez que el viento quería echar un vistazo hacia dentro.
Su cuerpo agotado hacia del sueño reparador un placer culposo, pues cada vez se hundía mas insalvablemente en un mundo que no podía separar de la realidad. Entre la locura y el éxtasis. Tal vez por eso no escuchó cuando se abrió la puerta, las bisagras no rechinaron esta noche, no sintió venir los pasos quedos del intruso, ni su mano sobre el pecho desnudo, no le supo a nada el aliento extraño sobre los labios.
Pero, supongo que a cualquiera podría sucederle. No percatarse ni tantito, cuando entran a morderle a uno el cuello.
24 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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Asústame panteón.

Luego de que tu cuerpo se sacudiera con fuerza, soltaste el último suspiro. Como si algo de alivio pudiese caber en él. Vino el médico a la casa, te tomó los signos pero ya no encontró pulso y el corazón había dejado de latir. Hora de la muerte: 11:30. Así lo anotaron en el acta de defunción, tu nombre, la fecha, el lugar, como si se tratara de un formulario cualquiera, una nota de remisión, un contrato de compra-venta, un cheque para pagar la deuda bancaria. Causa de la muerte: Paro cardíaco. Nada tan rápido como estampar la firma del médico y un sello que te daban por muerto de manera oficial. Tal y como lo habías pedido en repetidas ocasiones, no organicé ningún velorio, funeral ni nada parecido. Siempre fue tu deseo irte en paz, y en el mayor silencio.
La mayoría de nuestros amigos no se sorprendió de tu muerte: enfermo como estuviste del corazón, era de esperarse.
Tu madre siempre se tomaba tiempo de contarle a todo el mundo lo débil y enfermizo que fuiste desde chiquito.
Esa mañana, durante tu entierro, me ocupé de decirles a los enterradores que pusieran sumo cuidado en cubrir bien tu ataúd, que por las lluvias tan fuertes de los pasados días quería yo que quedaras enterrado como dios manda. Entre los sollozos de tus parientes vigilé celosamente que cumplieran con mi encargo. Al final de las tiernas palabras del cura me encargué de darles una buena propina.
Tu primo Julián pronunció un discurso corto pero emotivo e improvisado que nos hizo sonreír a todos recordando aquellas locuras de chicuelos. Nos fuimos del cementerio en cuanto cayeron las primeras gotas de lluvia. Entonces, despertaste.
20 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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Termino medio.

Muchas personas se imaginan que soy como soy por la vida que he tenido. Yo simplemente creo que teniendo la vida que fuera, seria lo mismo. Nunca tuve facilidad para hacer amigos. Y no me malentiendas, me gusta la gente, me atraen cierto tipo de personas, pero creo que algo malo hay en mi, no encajo bien.

Una calurosa noche de verano luego de un par de cervezas, me dirigía a casa conduciendo por el camino de siempre. Lo vi caminando sin camisa a un costado de la carretera, la llevaba sobre el hombro. Nunca había visto a una persona tan hermosa e inocente.
Lo convencí de ir conmigo a casa, tomamos un poco y fumamos hierba. Fue en ese preciso instante, mirandolo tendido sobre el sofá, que lo comprendí todo. En algún momento tendría que marcharse. Y yo no quería que me abandonara. No seria fabuloso poder prolongar aquel destello de dicha como un milagro perpetuo? Que su bella esencia y su magnifica persona formaran parte de la mía? Que su candidez y hermosura se impregnaran en mi? Así es el amor verdadero, cierto?
Fue asi, luego de comerme el último trozo de carne, que supe que estaría conmigo para siempre.
10 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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Make "Up"...



Me gusta comprar en esta tienda por que está bien surtida. No hace falta andar de un establecimiento a otro buscando; esto de los centros comerciales con tiendas especializadas, me puede encantar. Son como pequeños universos en donde te puedes perder por horas mirando novedades y llenando la canasta. Cuando eres pequeño te enseñan que los colores primarios son tres, si mi maestra de arte del quinto grado pudiera ver una gama de colores como esta, se volvería a morir. Hace diez años por ejemplo, no habría yo imaginado que podía haber tantas tonalidades de rubores o de sombras para ojos. Es lo mismo con las bases, los polvos compactos, los lápices para cejas, las mascaras, los labiales. Ahora cualquier maquillaje por más corriente que este sea, dura puesto todo el día. Lo cual es una absoluta ventaja. Pero, yo siempre he buscado lo mejor. Por eso he ganado fama y tengo bastante trabajo. Me encantan estos colores tan brillantes, casi metálicos, son como…irreales. Es una pena no poder usarlos con más frecuencia, son tan exóticos que solo me los permito en las jovencitas. Para las mujeres mayorcitas pues la cosa es diferente, y ni hablar de los hombres. Sobriedad ante todo. Casi todos al hablar conmigo me piden lo mismo, que la piel se vea de un tono agradable, que la boca y las mejillas luzcan rozagantes, y sobre todo, que se vean lo mas cercano posible a cuando estaban vivos.
05 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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Como...que?...


No, mi hijo no será como su padre. Mi hijo crecerá siendo un caballero. Fino, educado, jamás colérico. El alcohol no hará presa de el. Un par de tragos no lo harán perder su dignidad ni lo harán maltratar a su esposa e hijos asustados. Los buenos modales y la moral serán sus directivas. Que vea en su madre el mejor de los ejemplos, nunca lujuriosa, ambiciosa, maliciosa o insolente. Dios siempre es primero, durante y después. La biblia y sus enseñanzas serán su dulce ejercicio. El mundo de allá afuera no lo va a devorar como a todos, el se mantendrá siempre puro y devoto. Atento, obediente.
-Norman, hijo. Ven y tráeme una frazada.
01 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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