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Las dos Rebecas.

Los sábados por las mañanas, Rebeca y su madre suelen ir al mercado de pulgas que se pone en la avenida central. Si quieres antigüedades y curiosidades, es ahí a donde debes ir. En esos lugares se encuentra de todo, hasta lo que uno menos se imagina. Cuando Rebeca vio aquel marco de madera tallado a mano no pudo evitar comprar ese espejo. El hombre que se lo vendió dijo que el espejo tenía por lo menos cincuenta años. Se lo había comprado a la hija de una vecina muy anciana que había pasado a mejor vida, y que lo tenia por objeto muy querido.

El espejo quedó postrado perfectamente sobre el tocador de Rebeca. Todas las mañanas la chica salía de bañarse y se sentaba frente a su nueva adquisición. Sin dejar de mirarse, como en una especie de sopor. Se secaba el cabello y se lo cepillaba. Se vestía, se maquillaba. Era como si pudiera ver algo más que su simple reflejo.
Cuando llegaba de la escuela lo primero que hacia era sentarse en el tocador. Dejaba los libros a un lado y se quedaba ahí por largo tiempo. A veces la madre se asomaba a la habitación de su hija, la miraba sentada ahí en febril contemplación, rozando con delicadeza las puntas de los dedos sobre su mejilla. Como si estuviera delante de algo tan hermoso que mereciera ser adorado.
Los meses pasaron y era notable el cambio de hábitos de la joven. Ya no pasaba tiempo con sus amigas, no escribía con la frecuencia acostumbrada en su diario, y su apetito era de contentillo. Aunque se le notaba más delgada, su rostro seguía siendo muy hermoso. Pero, quien no es hermoso a los veinte años?
Mientras Rebeca se admira con la tersura de su piel y sus sonrosadas mejillas. La otra Rebeca, la que vive adentro del espejo la observa con envidia. Esta Rebeca no es como la que se sienta durante horas a adorarse. Aunque físicamente el parecido es innegable, la otra muchacha, la que vive atrapada en un mundo lleno de sombras, tiene ese brillo de inconfundible maldad en los ojos, una mueca perversa que deja juntar un poco de saliva en la comisura de sus labios.
Todo lo que la verdadera Rebeca posee en sentimientos, valores y virtudes. La otra Rebeca también lo tiene pero revertido. Es la versión bizarra, por eso su belleza se nota turbia. Por eso mira con ojos hambrientos su “yo” que está del otro lado. Por que esa tiene lo que ella no.
La luna llena es cubierta ligeramente por un puñado de nubes. Rebeca, sentada en su tocador, cepilla su cabello antes de irse a dormir. Se siente tan suave entre sus dedos y se mira tan brillante en el espejo, que hoy le toma más tiempo del acostumbrado.
Las nubes se apartan con el viento sur poco a poco, dejando caer de lleno la luz blanquecina sobre toda superficie. Un rayo de luna fugitivo pega sobre el espejo de Rebeca, permitiéndole tan solo por unos segundos, mirar a la otra Rebeca dentro del espejo. La chica advierte aquellos ojos vacíos de vida, la mueca macabra que tuerce ligeramente esos labios, los nudillos engarrotados de contener tanto, esa palidez que solo existe en los que no tienen alma.
De un brinco la joven se levanta del tocador y cubre el espejo con su toalla. La luna va quedando de nuevo cubierta por nubes espesas que no cuelan ningún rayo.
Durante los siguientes días Rebeca no sabe si deshacerse del espejo, devolverlo al mercado de pulgas, quizá, regalarlo.
Al final decide romperlo, pensando que aquel es un espejo maldito, y que solo así salvara a cualquier otra persona de mirar lo que ella no desea volver a ver.
Su madre le pregunta que sucedió con el espejo, la muchacha le dice que tuvo que mover el tocador y se rompió por accidente. Para darle una sorpresa, su madre lo remplaza por uno redondo con marco moderno en tono rosa. Rebeca sonríe complacida por el obsequio.
Después de bañarse, Rebeca se sienta frente a su tocador para secarse el cabello. Del lado opuesto, la otra Rebeca la mira con envidia.
09 Octubre, 2010
Lilymeth Mena.
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Cena para dos.

3 kilos y medio fue el peso de la niña al nacer. Una criatura bastante saludable, rolliza y sonrosada. Sus padres miraban con orgullo el regordete cuerpo de su niña en el cunero del hospital. El resto de las recién nacidas eran pequeñitas, frágiles. Le pusieron por nombre Cristina, como la abuela paterna muerta hace años. Con el paso de los meses los padres se maravillaban de lo bien que se desarrollaba la niña, era una criatura bastante brillante y vivaracha. Cuando tuvo tres años su comportamiento sufrió algunos cambios. Cristina tenía un apetito voraz, por que a decir de ella sufría de un hambre persistente. Los padres pensaban que era bueno que la niña comiera tanto, tenían varios casos de sobrinos que eran harto preocupantes. Brenda la hija de la hermana de Marc, el padre de Cristina. Era una niña remilgosa, nada le gustaba y comía bien poco. Su madre tenia que meterle por la fuerza multi vitamínicos para evitar la anemia. Era una niña de brazos flacuchos y cabeza grande.

Las dos niñas tienen ya diez años. Como Brenda y Cristina viven a media cuadra son compañeras de juegos. Juegos que interrumpen frecuentemente por que Cristina toma varios refrigerios durante la tarde, entre la hora de la comida y la cena. Un amigo del padre, medico pediatra. Había diagnosticado a Cristina una fibrosis quística que era la causante de su bestial apetito, para evitar problemas intestinales y de mucosas ya estaba bajo tratamiento, pero el asunto del hambre no parecía tener control. La niña sufría tos y debía llevar un inhalador consigo en caso de necesitarlo. Brenda y Cristina estaban ya acostumbradas a la rutina que las madres, a fuerza de ser madres, van construyendo alrededor de sus hijos. Jugaban por las tardes después de la escuela en el jardín de Brenda. Pero cada cierto tiempo iban a casa de Cristina para que tomara un refrigerio y su medicina. No podían jugar cosas que la cansaran demasiado por el asunto de su tos.
Una noche mientras las niñas jugaban en la sala un juego de mesa, hubo un apagón. La abuela de Brenda llamó al celular de su hija para pedirle que fuera a ayudarla, era una mujer anciana y se había quedado atorada en el garaje que solo tenia puerta eléctrica. La madre de Brenda llamó a la madre de Cristina pero ésta había aprovechado a salir por víveres. Lo más sencillo era dejar a las niñas en la casa, estarían seguras y la mujer podría ir a sacar a su madre del aprieto en el que estaba la anciana agotada de la cadera. Eran las seis cuando la mujer saliò volando. La noche comenzaba a caer como un velo sobre la ciudad.
Las dos criaturas se quedaron contentas, armaron en la recamara de Brenda una carpa con sabanas y palos de escoba. Llenaron el suelo de almohadas y cojines para acostarse sobre ellos. Tomaron la linterna del cuarto del hermano mayor para poder leer libros de miedo. El hermano había salido a su juego de americano, seguramente aprovecharía el apagón para llegar tarde a casa. Luego de dos horas leyendo y jugando Cristina tuvo hambre. Bajaron las escaleras hasta la cocina pero no encontraron nada que pudieran servirse. Las pequeñas intentaron distraerse, sacaron el tablero de damas chinas y se pusieron a jugar sobre la mesa de la cocina. Las dos sentadas sobre sus rodillas.
La ciudad entera era un caos, no había semáforos, cajas registradoras, computadoras. Incluso las gasolineras no estaban prestando servicio. Había un tráfico terrible. Las madres de las niñas se tardaron más de lo imaginado.
Cinco horas después Cristina ya tenía un hambre insoportable, la cabeza la dolía y tenia mucha tos, había tenido que usar su inhalador varias veces. Extrañamente, Brenda se sentía contagiada del hambre de su prima, ella que era siempre tan remilgosilla, ahora sentía tanta hambre que bien podría comerse un caballo entero.
Tal vez era un extraño caso de histeria colectiva, solo de dos.
Cuando la noche se volvió tan oscura como el cabello de Cristina, la niña le dijo en tono amenazante a su prima. –Tengo mucha hambre, Bren. Jamás he estado tanto tiempo sin comer, siento que la cabeza me va a reventar. Voy a tener que comerte- La otra niña la mira con ojos de sorpresa y miedo. Como comerme? piensa. Si no soy un sándwich o un pan de queso.
Cristina abre el cajón de los cubiertos y saca el cuchillo más grande. –Voy a tener que comerte- le repite a su prima que no sabe que hacer. –No, por favor Cristina, no me comas¡ Alguna otra cosa podemos hacer para que te calmes en lo que llega mamá. –Esta bien- dice Cristina con gesto magnánimo – Me conformaré con menos, dame tu corazón, me lo comeré. Nada más tu corazón.
Brenda se acuesta sobre la mesa y permite que Cristina le saque el corazón y se lo coma.
Cristina con los labios aun chorreados de sangre sonríe por haber calmado en algo su hambre. –Tu corazón es lo mas rico que he comido en toda mi vida. Ya no soportaba mas, te lo juro.
Brenda, que ahora ya no tiene corazón, brinca sobre su prima tumbándola en el suelo, y se la come a mordiscos.
01 Octubre, 2010
Lilymeth Mena.
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De color ciclamen.

El techo de la habitación se me viene encima. Pequeñas manchas negras que se hacen mas grandes con cada pestañeo se me ponen delante. Yo estiro las manos pero no puedo pescarlas. Ni una sola. Un delgado hilo de luz entra por la ventana del baño, y da en la pared sobre la cómoda. A ratos mi mirada se detiene sobre las manchas negras, otros, sobre el punto blanco al final del hilo delgado de luz.

Han apaciguado mis miedos y mis necesidades por tanto tiempo, que yo mismo ya no se a lo que temo, tampoco se lo que quiero. Nada se me antoja, nada me motiva, por las mañanas es un milagro si despierto. Mamá se acerca al pie de mi cama. Me incorporo como puedo, me tomo las pastillas que me entrega con su mano derecha, una roja, una blanca, la otra azul, no, más bien, como ciclamen.
Tengo que ir a la escuela, aunque no quiero. En la universidad todos son fatuos, simples, estupidos. No hay con quien charlar. El mundo es un lugar infinito para alguien como yo. Me molestan las cosas sin bordes, sin esquinas, sin orillas, es tan feo no poder acariciar los límites. No más osadía, la rebeldía es cosa del ayer, de los buenos tiempos. Hoy ya todo da igual.
De regreso en casa no ceno. Me quedo en mi habitación hasta que es la hora de dormir. Mamá no pregunta ni molesta, me da de nuevo las pastillas y se retira. Yo hago lo que puedo por concentrarme, terminar el trabajo para la presentación de química. Antes todo era tan fácil. Ahora todo me cuesta tanto. Incluso las cosas mas básicas me agotan, me exprimen, me dejan seco.
Apago mi computadora, las luces, me cepillo los dientes. Mi ropa para mañana está lista sobre el tocador. Me asomo por la ventana. Un perro ladra.
Otra noche de manchas negras en el techo que de pequeños puntos crecen hasta estar como cerditos. El rayo delgado de luz que hoy es más blanco que otras noches. No quiero pensar en nada. No quiero ni soñar, ni dormir. No quiero defenderme, estoy tan cansado. El viento sopla sobre la cortina. Cierro los ojos y trato, de verdad que trato. Pero la voz gruesa que viene de debajo de la cama, no para de hablarme. “Ve a la cocina, coge un cuchillo”.
27 de Septiembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Historia Psico-Lógica.

Debo de admitir que la primera vez que Joan entró a mi consultorio no me causó más que una morbosa curiosidad. Su vida estaba repleta de eventos trágicos. Maltrato. Culpabilidad. Ira. Sospechaba que el chico era a no más palabras, totalmente mórbido. Demasiado blando para enfrentarse al mundo de “aquí afuera”. Así que para su propia preservación se había construido toda esta fachada que resultaba algo repelente. Era a simple vista un chico de esos oscuros y raros. Una mezcla que mi hijo adolescente llamara mas tarde, emo-dark. Cabello a leguas mal cortado, despeinado. Perforaciones y piercings en lugares visibles y no visibles. Su ropa siempre era tan rota y parchada como él mismo. Sus mayores líos eran en lo referente a su aspecto y conducta. No era capaz de mostrar el menor respeto a las imágenes de autoridad. Había tenido episodios violentos con chicos y profesores en la escuela. En las primeras consultas su actitud era reservada, hostil, demasiado encerrado dentro de si mismo. Le obsequié entonces un cuadernillo, le expliqué lo que es la escritura libre y le pedí que la practicara. Pese a que su rostro no era nada desagradable, procuraba no mostrar ninguna emoción, no gesticulaba. Por eso me costaba tanto trabajo hacer contacto con su “Yo”. A las dos semanas me fue entregado su expediente completo. Me lo enviaba el último psicologo que lo había atendido, el mismo que pensó que era mejor que el muchacho fuera tratado por un especialista en chicos problema. O quizá, esa fue la manera más sutil que encontró para deshacerse de él.

El expediente era harto rico en detalles. Los padres de Joan eran un par de ex adictos, se casaron cuando no contaban con más de quince años, el chico nació cuando eran aun muy jóvenes como para saber lo que significaba traer una vida a este mundo. Lo que es obligar a un alma pura a degradarse lo suficiente como para decender a nuestro plano. Subrayado en rojo se leía que la madre solía llamarlo “engendro”, y que cuando estaba de mal humor, cosa que era muy frecuente, le gritaba que mejor habría sido abortarlo. Cuando cumplió ocho años, su padre le rompió una costilla, el hombre estaba mirando un partido, el niño quería preguntarle algo. De un manotazo lo tumbo en el suelo. Que puede hacer una criatura contra un hombre de noventa kilos? Joan aprendió del mal modo a ser sumiso, a obedecer cualquier capricho. Aunque eso no le aseguraba no ser golpeado.
Ahora que el muchacho tenía 17 años y era casi tan alto como el padre, el maltrato físico había menguado. Sus padres ya no pasaban de bofetones y malas palabras. Los meses pasaban y yo sentía que no lograba algún adelanto con Joan. Llegaba al consultorio y se sentaba con esa actitud de “me vale madres. El único tonto consuelo que me quedaba era que su actitud hacia mi persona era mejor que para con el anterior medico. Al menos a mi no me arrojaba cosas del escritorio, no me había atacado con su navaja de muelle, ni me había escupido en la cara, aun. Se la pasaba la hora completa ignorándome. Cada lunes debía entregarme el cuadernillo. Sobre esas hojas blancas el chico revelaba todo el odio acumulado, todo ese resentimiento. También dibujaba. Demonios, gente atacando a otra gente, cuchillos, sangre. Mucha sangre.
En la escuela tenia un pequeño grupo de chicos de la misma facha con los que salía por las tardes. Incluso tenía novia y no mostraba actitudes negativas hacia ella. Digamos que conservaba cierta integridad, sabia lo que era bueno y malo. No era un chico malvado. Era indisciplinado con déficit de atención, siempre estaba a la defensiva, era soberbio y muy rebelde. Era cuando alguien intentaba imponérsele cuando reaccionaba de forma violenta, pero no era violento solo por gusto o por querer hacer daño a los demás, era su instinto de supervivencia, eso en si, ya era algo positivo. Cuando lo notaba más tranquilo le cuestionaba sobre su cuadernillo. Recuerdo que una vez susurró “El mundo es un lugar extraño”, pero lo dijo como si yo no estuviera ahí. Cuando le pregunté sobre sus padres y lo que sentía por ellos me respondió sin mirarme. “Los odio”.
Se convirtió mi prioridad librarlo de eso que sentía, para que pudiera estar mejor consigo mismo. Al cabo de un año, digamos que ya era posible sostener una charla. Seguía sin hablarme mucho pero ya se mostraba receptivo y respondía. Decidí cambiarle la medicación. No creí necesario mantenerlo reprimido, mas bien lo quería relajado. Uno de esos días me contó sobre una beca que esperaba ansiosamente. Deseaba entrar a esa universidad y poder dejar el hogar de sus padres. Supuse que me lo contaba por que si bien no habíamos formado vínculos como para ser amigos, tampoco me detestaba como a sus médicos anteriores, no creía caerle del todo mal. Le desee sinceramente que ganara la beca. No dijo nada.
Un viernes por la noche recibí una llamada del hospital. Joan había ido a buscarme, no teníamos cita pero él insistía en verme. Se levantó en cuanto sintió que la puerta se cerraba. Sus mejillas estaban sonrosadas, no con el tono azuloso tan común en él. Sus ojos tenían un brillo muy cargado, ese tipo de luz que no puede controlarse. En sus labios había una mueca que parecía ser una sonrisa. Cuando al fin lo saludé me le quede mirando, intentaba analizar su expresión. Intentaba leerlo.
Entonces esbozó lo que seguramente era, la sonrisa más amplia a la cual se había abandonado en años. Quizá en toda su vida.
Antes que pudiéramos comenzar a charlar la enfermera entró. Me entregó un papelito en el que había escrito a mano, notablemente nerviosa. Que los padres de Joan habían muerto esa misma tarde. Con pocas palabras me había escrito que el padre alcoholizado, había estrellado el auto contra el trasero de un trailer. Cuando nos quedamos solos respiré hondamente, pensando en como debía actuar con el muchacho. No sabía a ciencia cierta que era lo que esperaba de mi. Joan me miraba fijamente, cosa extraña en él. Y esa sonrisa blanca y hermosa no se borraba de su rostro. Pensé para mis adentros que era la primera vez que lo veía tan…radiante, tan…contento?
Entonces le pregunté: -Por que sonríes, Joan? El chico se estiró, pasó los brazos sobre la cabeza para recargar la nuca en el sillón y dijo –Por que puedo.
24 Septiembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Suerte gemela.

El par de tías que tenia Horacio, no hacía otra cosa que joder. El muchacho tenía ocho años ya viviendo con ellas, un par de viejas solteronas y algo hurañas, jamás se habían casado ni tenido hijos. Ambas profesoras de literatura ya jubiladas. Con un humor bastante denso y un trato más rancio, que las salchichas en salmuera de la tienda del centro. El par de mellizas en su juventud habian sido muy hermosas, pero aquel sentir que nadie las merecía, enturbió su concepto de amor y matrimonio. La hermana mas pequeña de ellas, se había casado con un buen hombre sin mucha fortuna, pero muy diestro en su oficio de carpintero. Las mellizas siempre criticaron mucho el marido a su hermana, por considerarlo tan “poca cosa”. Su hermana no hacia mucho caso, solo les sonreía con un dejo de compasión. Horacio nació casi enseguida. Era un niño regordete de ojos verdes como los de su madre, y cabello color chocolate e hirsuto como el del padre. Sus padres lo criaron con cierta esplendidez en cuanto a cariño, ya que en lo económico no había mucho que despilfarrar. Ocho años antes, mientras volvían de entregar un comedor recién barnizado, los padres de Horacio murieron al volcárseles la camioneta. El chico se tuvo que mudar con las tías, única familia que le sobreviviera. Las mismas que ahora vivían holgadamente de su doble pensión cada una, en la enorme casa que fuera de los abuelos. Los padres de Horacio dejaron por toda herencia, un pequeño departamento en los suburbios y el seguro de vida del padre, que incluía un fideicomiso para los estudios universitarios del joven.

Horacio había pasado de ser un chico amado y procurado, a ser un sobrino mal criado y pretencioso. El par de tías le solapaban su mala conducta cambiándolo de un colegio a otro, dándole dinero para sus antojos y vistiéndolo mejor que un príncipe. Les preocupaba mucho lo que dijeran de ellas, en el círculo de señoras adineradas que frecuentaban como amistades en común. Los sábados de canasta y macramé en casa de doña Elvira, serian un tormento de no proporcionarle al chico todo lo que les pidiera. Era mucho más fácil hacerse de la vista gorda y aflojar un poco de dinero, que intentar enderezar una rama que se estaba torciendo tanto.
Conforme Horacio creció en tamaño, igual lo hizo su desfachatez y cinismo. Ahora no solo era un “estate en paz” el que las viejillas le dieran dinero cada que el lo necesitaba, ahora ya era una obligación que no hallaban como evadir. Las tías le echaban en cara cada que les era posible, que su padre fue un pobre muerto de hambre, que todo lo que tenia se lo debía a ellas, le gritaban intentado contener lo incontenible, y el muchacho respondía agresiva y burlonamente. Le pedían que volviera antes del anochecer pero él se iba azotando la puerta.
Cuando el verano terminó y el muchacho tenía que matricularse para el próximo año de universidad, las tías desaparecieron.
Cuando las vecinas y amigas las echaron de menos, fueron a casa, llamaron por teléfono y preguntaban al chico por ellas cuando lo encontraban en la acera. La respuesta del jovencillo, siempre era la misma. Se habian ido a Guadalajara a pasar un tiempo de descanso con una prima. Que volverían de un día para otro y que no había de que preocuparse. Que todo estaba en orden.
A nadie le cayó de extraño que en la casa de los abuelos se realizara tamaño fiestón, para festejar el cumpleaños veintitrés de Horacio. No estando el gato, los ratones hacen fiesta.
El semestre en la facultad de medicina había empezado. La rutina parecía volver a su normalidad, luego de uno de los veranos mas calientes de toda la historia en la Ciudad de México.
El chico sacaba el auto del jardín para irse a la facultad por ahí de las diez de la mañana, los vecinos lo veían regresar y recoger el correo en el buzón de la entrada. Por las noches salían juntos él y los tres cachorros terrier de sus tías, a correr por la cuadra.
Ese viernes el profesor de anatomía se había extendido, la clase no terminó hasta las siete y media. Horacio y sus amigos se habian tomado unas cuantas cervezas en el local de costumbre, ese que parece una casa común por fuera, y que por dentro es cantina, tragadero y burdel de los universitarios, a cuatro cuadras de la estación del metro. Las cervezas y la buena charla habian hecho que se perdiera el sentido del espacio-tiempo. Todos salieron de ahí ya muy tarde.
Sobre la avenida de los Insurgentes, una patrulla se empareja con el auto de Horacio que venia invadiendo el carril de al lado, y le pide el oficial a bordo que se orille (a la orilla).
El chico mira de manera nerviosa por el espejo retrovisor el reflejo de un oficial dispuesto a pedirle sus documentos y obligarlo a “hacer el cuatro”. A Horacio no le queda otra que mostrase amable y cooperativo, por que el dinero que cargaba le sirvió para pagar la ronda que le invito a los amigos antes de despedirse. El oficial le pide sus documentos pero, que estudiante descuidado de veintitantos, trae consigo la licencia de conducir? Le pide que descienda del vehiculo, como es de imaginarse, el hombre capta el aliento alcohólico y tiene que pasar a otro nivel de “inspección”. Que abra la cajuela, le pide el policía. El chico comienza a sudar frío y a temblar de rodillas y manos.
No se que tan cierto sea, pero los policías parecen tener un sexto sentido para advertir a una persona nerviosa.
El uniformado hace señas a su pareja que viene en la patrulla para que baje y lo acompañe. Ahora son dos pares de ojos, los que presionan a Horacio, los que no le quitan la vista de encima mientras abre la cajuela.
El muchacho no puede evitar sudar como cerdo (si, como cerdo).
Cuando el interior de la cajuela queda expuesto, un par de bolsas negras saltan a la vista. Los policías preguntan a Horacio por lo que hay en el interior. El pobre idiota veinteañero, con la voz entre cortada, la boca babeante y los ojos enrojecidos, dice frotándose las manos, con tono como entre broma y en serio, que se trata de los cadáveres de sus tías. Uno de los oficiales se dobla de la risa (claro que no le creen, quien le creería a un babeante mocoso, que en la cajuela trae dos cadáveres?). El otro uniformado le hace coro a su compañero, al mismo tiempo que saca la navaja que cuelga de su cinto para picar una de las bolsas.
Una mano verde con uñas exageradamente largas sale como escupida del plástico negro. Los policías intercambian miradas poniendo instintivamente la mano derecha sobre sus armas. – Si -dice Horacio ahora con cara de demencia y mirada perdida- yo las maté ¡ Y si pudiera las mataría de nuevo¡
09 Agosto, 2010
Lilymeth Mena.
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Cavidades.

Desde que estaba ansina de pequeño, me encabronaba mucho ir al medico, al dentista cuanti pior. Por eso cuando crecí, ni madres de ir ni con uno ni con otro, siempre he creído que lo que el cuerpo no puede curar solito, muchos menos podrá curarlo un mèndigo mata sanos. Son todos unos hijos de su mal dormir, que no me vengan con su cuento ese del juramento hipocretico.

Cuando alguno de mis chamacos se enferma, jamás he dejado que traigan a un desgraciado de esos con batita blanca. Que su madre los cure y meta a bañar si tienen fiebre. Que va a saber un wey de esos del instinto de una madre para curar a sus crías. Cuando la niña tuvo temperaturas muy fuertísimas, su madre la metió a bañar, le puso trapos mojados en la frente y le dio una friega con alcohol, nomás apareció el sol, la chamaca ya se sentía mejor y hasta con hambre.
Por eso cuando me comenzó el dolor de muelas no dije nada.
Seguro se me pasaría con los días, segurito que alguna cáscara de maíz o la orilla de una tortilla bien dura, se me había metido entre diente y diente. No seria la primera vez que me sangraran las encías por alguna tarugada de esas.
Lo feo fue cuando una mañana me ardía tanto el cachete que ni podía hablar, sentía una bola grande y dura que nomás de tocarla tantito me dolía bien harto. Como si tuviera lumbre debajo de la piel. Entonces me acordé que mi madrecita nos hacia mascar una hierba, cuando nos pasaba algo así de pequeños a mis hermanos o a mi. Cuando me fui al monte a trabajar, anduve buscando la hierba, a como la recordaba yo, pero no pude hallarla.
Esa misma noche ya me veía en cama con mucha fiebre, sentía que tenia una cabezota y me temblaban las manos. Mi mujer me frotó los brazos y piernas con alcohol, me puso trapos mojados con agua de río en la frente pero yo me seguía sintiendo re mal. Así como entre sueños, me acuerdo que vi a mi madrina sentada ansina sobre el catre. Y me decía “Ves Juancho, eres un pendejo, mijo, si hubieras puesto mas atención a las hierbas que usaba tu madre, no estarías aquí tirado como borrego” Mi mujer estuvo dale y dale con que tenia que llevarme al doctor, yo no quería, esos pinches medicos. Todos son iguales. Nomás te cobran cien pesos por picarte una nalga o darte unos chochos que sepa dios que serán.
No, no y no, a mi nadie me lleva al medico.
Me quedé ahí echado con la calentura sobre el cuerpo y la cabeza enorme que no dejaba de palpitar. Se me hacia chica y luego grande de nuevo. La gritería de mis chamacos apenas me molestaba. Le metí a como pude, varios tragos largos a mi jarro de mezcal. Y me quede dormido.
Cuando abrí los ojos, la cara de un señor estaba sobre la mía, el muy jijo de su madre, me estaba picando la boca con un aparato con punta, por mas que yo le decía que me dejara en paz, el muy desgraciado escogía de entre sus aparatejos otro mas picudo y alargado para seguir jodiendome. Mis manos y pies estaban amarrados con cuerdas gruesas que me causaban picazón. La bata blanca del tipo con un trapo en la boca, estaba cubierta con mi sangre. A cada piquete del artefacto ese, la sangre salía a borbotones como el agua de la cascada, esa, que carga todo el deshielo del volcán en primavera. Cuando el fulano siguió picando y ya no había nada de líquido en mi pellejo, todo se puso negro, como el pelo de mi mujer. Mi mujer.
Cuando desperté mi señora me miraba con cara como de miedo. Me dijo que toda la noche me la pase con harta fiebre, hablándole a mi madrina muerta, que pegaba de gritos y manotazos, y que todos los niños se durmieron en el rincón chillando por el susto.
Me dolía todo el cuerpo y aunque no había comido en tres días, ni hambre tenía. Solo sentía el pinche dolor que ahora era como el pico de muchos mosquitos comiéndome al mismo tiempo.
Cuando entré en el consultorio, el dentista me miró pelando tamaños ojotes. –Don Jacinto, pero que milagro verlo por aquí?
Me dijo que si no hubiera yo ido a verlo esa mesma tarde, la infección me habría matado en dos días.
Todas mis encías estaban llenas de pus.
02 Agosto, 2010
Lilymeth Mena.
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Bichito milagros.

Era evidente que los problemas de salud que venia acarreando Magda desde hace tiempo, se hacían más graves. Cositas que muchos toman a la ligera como los triglicéridos, le daban a últimas fechas mucha lata. El sobre peso le impedía ya casi por completo toda actividad física. Incluso cosas simples como agacharse para atarse las agujetas de los tenis, eran un suplicio. Hacia años ya, que Magda venia intentando toda dieta milagrosa, todo chocho que prometía la silueta deseada y cualquier cantidad de charlatanerías, como aplicarse balines, parches e inyecciones.

Nada es absurdo para alguien desesperado.
Lamentablemente nada había cumplido con las altísimas expectativas que se habían puesto sobre sus bondades.
Una mañana Magda llega al café donde acostumbra reunirse con sus amigas.
Meche, una de ellas se ve distinta, muy delgada, rejuvenecida, en conclusión, guapa la mujer. Es difícil de creer que se trate de la misma Meche gordinflona, la que meses antes se había separado del esposo por una aventurilla en la que ella lo descubrió. Ahora la mujer se ve re energizada, es otra.
Durante la segunda taza de café y las galletas de avena con chispas de chocolate, Magda se acerca a Meche y le pregunta por su nueva animosidad, por el milagro que la hizo perder peso, tonificarse y verse tan guapa.
Meche comienza por dar miles de vueltas al tema antes de confesarle su secreto. Resulta ser que una amiga le recomendó un bichito que solo se da en Brasil bajo condiciones muy especiales. Y le dice más o menos como funciona la cosa. Para empezar el bicho es bastante caro, ya con la criatura esa en las manos hay que tragársela junto con un litro de agua. El bichito comienza a vivir de uno y a terminar con la grasa acumulada en el cuerpo. Ya cuando llegas a tu talla o peso ideal, acudes al medico a que te lo controle, a que te den algún brebaje para terminar con el animalito que ya cumplió con su labor.
Magda no deja partir a Meche, sin antes sacarle la dirección de correo a donde debe enviarse la orden de pedido.
Un mes más tarde llega a casa un paquete con un montón de sellos. Una caja de cartón con el interior lleno de tiritas de papel. En el centro, un frasquito envuelto en plástico con burbujas de aire. En el frasco, un diminuto gusanito, vivo, que mueve su cabeza como inspeccionando su nueva residencia.
El paquete llega a sus manos sin instrucción alguna. Todo lo que sabe es lo que Meche le ha contado.
Con sumo cuidado el bichito es colocado en la lengua y tragado con un litro de agua.
Al mes de haber llenado su estomago con agua y bicho, ya no hay barriga que brote por encima de la pretina del pantalón, a los dos meses los mismos pantalones se le caen. La báscula indica veinticinco kilos menos. No hay alegría en el mundo, comparable a la que Magda siente ahora. Otro mes y Magda está irreconocible, la mujer ha estrenado guardarropa y ahora luce un cuerpo esbelto, una cara afilada y mejillas sonrosadas. Sus amigas le preguntan que ha estado haciendo para verse tan bien. Meche se ha mudado hace un mes a otro estado.
Magda es de las envidiosas, y no cuenta su secreto.
Se encuentra contenta con la nueva imagen que su “bichito milagros” le ha concedido y no piensa parar por ahora, quiere ver hasta donde es capaz de llegar el cuerpo de una ex gorda. Finalmente para las mujeres de ahora, nunca se es demasiado delgada.
Tres semanas pasan y la mujer ha perdido la grasa del cuerpo, ya no solo la que tenia de más, sino toda, toda, ahora luce esquelética, ojerosa, enferma. Todo el tiempo se siente agotada.
Esa mañana de miércoles no tuvo fuerzas para salir de la cama.
Le ha llamado a su madre para decirle que no se siente bien, que se ha reportado enferma a la oficina, que piensa tomarse la mañana, el teléfono cae de la mano flácida.
El medico forense toma fotografías del cuerpo de Magda, de inmediato se hace evidente la perdida de peso de manera acelerada por la flacidez de la piel. Luego de las observaciones superficiales, el medico toma el bisturí y abre a Magda por la mitad.
Un montón de gusanos recibe la mirada atónita del hombre. La escena se repite en brazos, piernas, ojos y cerebro.
Todo gusanos.
25 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
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Ensalada de palabras.

Mi cabello era tan largo, que por las noches me tejía una trenza que llegaba casi hasta mis talones. La señora de la peluquería me hacía un despunte cada mes, apenas unos milímetros, era gracioso mirarla casi hincada y yo de pie sobre un banquillo. Mi madre siempre me dijo que a las plantas y a los árboles hay que podarlos para que crezcan. Tenía un amigo en la preparatoria al que le crecieron mucho los brazos…soda, si, me gusta cuando como pizza en la terraza.

Cuando tenia yo unos quince años el cabello se me comenzó a caer, así como si nada. Mi madre preocupada me llevó con varios médicos que lo único que sabían hacer era meterme agujas por todo el cuerpo, pero ninguno me dijo que era lo que me sucedía. Siempre me ha gustado el café con un toque de menta. Los koalas comen eucalipto…rojo, mi favorito es el rojo. Pero sin pelos. Una prima mía tiene un chimpancé. Pañales. Yo siempre fui ecologista.
Me acuerdo que se acabó febrero, por que mi madre me hizo un pastel para mi cumpleaños, luego vinieron abril, enero, mayo. Para entonces ya todos mis vestidos me quedaban enormes, no pude visitar a mis abuelos ese verano, casi no tenia fuerzas para nada. Papá seguía haciendo llamadas todo el tiempo, se me acabaron los libros, quería poner una florería, agosto es un mes bonito para descansar, cerraré en navidad.
Lo ultimo que escuché fue a mi madre decir con una vos apagada que apenas y se escuchaba “Tenía dieciséis años”.
Aquí ya tengo mucho tiempo, no se cuantos años han pasado pero, da lo mismo, me siento igual, no pasa nada. Me acuerdo de la primera sala de espera como si hubiera llegado ayer. Un hombrecito muy amable me recibió y me entrego un manual, me encargó mucho que lo leyera y pusiera atención a las líneas subrayadas en verde chillòn. La vecina de mi abuela tenia un bebe que lloraba mucho, las lagrimas son saladas…galletas?, no gracias.
Estuve en la sala de espera un buen tiempo. Como no había gran cosa que hacer me puse a leer el manual, me costaba trabajo descifrarlo, estaba lleno de trampas y cálculos engañosos, problemas capciosos sin solución lógica, no se, era un embrollo. Había muchas personitas como yo, leyendo y esperando, esperando no se que. Una vez, estaba yo caminando por ahí para salir un poco del manual, cuando se me acercó el mismo hombrecito que me había recibido cuando llegué. Me dijo que habían cometido un gran error y que estaban intentando enmendar mi caso de algún modo, que tenía que acompañarlo a la sala de consejo. Consejo? Mi padre solía decirme que me tallara dentro de las orejas o podría plantar un árbol en ellas. El aguacate es una fruta, tacos dorados, como los hacia mi madre.
En la sala esa me estaban esperando un montón de señores y señoras, todos ellos muy serios. Me dijeron que se habían equivocado conmigo y que había yo muerto sin que fuera mi hora, que no se que cosas de un “temporizador de vidas”. Una señora muy bonita, que se parecía a mi abuela me dijo que lamentablemente no podían devolverme a mi casa, a mi escuela, a mis cosas. Que el daño hecho era irreparable y lo único que podían hacer era concederme un deseo. Lo que yo quisiera, para poder avanzar a un lugar más cómodo para mi.
Me pareció que no había gran cosa que lamentar, realmente no me dolía nada ya y un deseo sin limitaciones se me antojaba muy buen regalo. Mi tía me dio unas pantuflas de peluche, espero que mi madre esté llevando a mi perrito al peluquero cada mes, tengo que cortarme las uñas. Me gustaba cuando papá me rascaba la cabeza para dormirme, una vez soñé que era un té caliente y alguien me tomaba.
Creo que al final, todos caemos de la taza a una boca enorme.
Cuando les dije lo que quería me dijeron que estaba bien, que me dejarían bajar y verlo por última vez. Que también él podría verme pero sumándole a mi rostro los años que habían pasado. Se me hizo un buen arreglo. Una vez vi un cachorro sharpei, lleno de arrugas, espero que me den un vestido planchado.
Hoy es mi día, me han puesto un vestido rosa con pequeñas florecillas, mi cabello es largo como cuando lo tenía, me dieron un listón por si quería atarlo pero no, quiero sentirlo sobre mi espalda y mis hombros. Me dieron unas sandalias muy bonitas y me han dejado aquí en este parque cerca de su casa. Me dijeron que se casó hace diez años, que ya tiene dos lindos niños. Que extraño, tengo hambre, creo que mis tripas hacen ruiditos. Será que solo aquí se siente hambre?
Me he puesto a caminar, he recogido algunas flores, me dijeron que todas las tardes atraviesa el parque para llegar a su casa luego del trabajo. Mi padre tenía una carpintería, la abuela me sentaba sobre sus piernas en la mecedora y me contaba historias. En mi casa había un conejo blanco, siempre se le hacia tarde…un temporizador de vidas. Las nubes están muy blancas, como nata sobre un bolillo con azúcar, pedacitos de chicharrón.
Lo veo ¡ Está mayor, se parece a su padre, pero tiene los mismos ojos melancólicos de siempre. No recordaba que fuese tan bello. Viene hacia mi, me mira rápido, luego vuelve a mirarme, se detiene un momento, duda, sigue caminando y pasa a mi lado. Lo veo volver la cabeza y mirarme de nuevo. Se ha quedado parado ¡ Ahora cierra los ojos y sacude la cabeza, se ha ido. Que ojos tan hermosos, las canas le lucen tan bien, siempre tuvo porte. Me ha dado tanto gusto mirarlo, a mi madre le gustaba ver la tele por las tardes, las aves miran de lado. Que hambre tengo. Cuando me caí de las escaleras me lastimé una costilla. Tacos de carnitas, con mucha salsa. Me ha dado tanto placer verlo que no se si me habría gustado mas darle un beso…o comerme su cerebro.
09 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
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Amor de madre.

Había sido un año difícil. Las calles de la ciudad estaban muy maltratadas por las ultimas tormentas. La gente sufría enfermedades como la peste, viruela negra y tuberculosis. La lucha para conseguir comida o carbón era de los pobres el pan de cada día. En la calle todos tenían por igual hambre y frío. Ellos, eran un matrimonio que pasaba estrecheces como todos, el esposo tenia un pequeño carruaje que le servia de taxi, la esposa enferma desde que diera a luz a su ultimo hijo muerto, no se había terminado de recuperar. Si bien no era su primer intento y ya contaban en cuatro los hijos dados a luz y muertos casi de inmediato, ella se marchitaba como una flor que no puede beber. Los medicos decian que se trataba de una extraña insuficiencia pulmonar aparentemente congénita. Por fortuna en esos malos tiempos, al ser solo dos, los gastos de la casa podían irse sobrellevando.
Al menos podían cubrirse los gastos más urgentes.
El esposo intentaba prodigar de cuidados y ternura a su esposa, que disminuida por su fatalidad caía en depresiones profundas. Se amaban desde muy jóvenes, habían pasado ya veinte años juntos y todavía antes de dormir, se pintaban un beso en los labios.
Sin embargo, pese a todo intento del esposo, ella solía perderse por horas. Como si no hubiese nada en el mundo para ella, con la mirada en sepa dios que, no hablaba ni se movía, hasta que en un segundo sin razón aparente despertaba. No parecía acordarse de sus episodios, y eso lo tenía muy asustado.
Una tarde, que pudo ser cualquiera. Ella tomaba un paseo a un lado del río, el eco de sus pasos sobre el empedrado siempre le causaba contento. A cada paso ella miraba la punta de sus zapatillas y sonreía como niña pequeña. Una ventisca sorpresiva hizo volar su sombrero a los pies del puente de la avenida principal. Ella corrió y se agacho para levantarlo. Cuando estuvo al ras del suelo algo atrajo su mirada, en un rincón, en una parte muy baja y sin luz, había un par de ojitos muy brillantes que la veían con sorpresa pero sin miedo. Ella, acostumbrada a la limpieza extrema y compulsiva, dudó un momento en ensuciar su vestido. Pero la curiosidad, pudo más. Descubrió que ese par de ojitos venían acompañados de una vos, la pequeña criatura le hablaba dulcemente y era muy gentil. Estuvieron charlando un largo rato luego del cual ella supo que este desdichado ser no tenía padres, que se sentía solo y asustado. Su corazón se indignó ante el hecho de que un niño no tuviera suelo y comida seguros, habiendo tantos padres en el mundo dispuestos a darle lo necesario para que creciera sano y fuerte. En un segundo pasó por su mente que ahora ella, tenía la oportunidad de regar a una criatura con todo el amor de madre que tenia dentro, y que por su desgracia no había podido entregar a pequeño alguno. Comprendió que esta criatura y ella se necesitaban.
Esa noche cuando el esposo llegó a casa, la encontró secándole el cabello a un pequeño niño rubio, de unos cinco años. Un niño de ojos grandes, cejas muy largas, y piel blanquísima.
Desde ese día ella se mostraba contenta, con ganas de hacer las cosas, de estar bien para su niño y verlo crecer. Era una madre devota, entregada, tierna. Aquel niño solitario creció en un hogar limpio, lleno de cuidados, aprendió de su madre a leer, a ser cortes, a hablar con propiedad, era un niño muy correcto pero también muy dulce, que se ganaba fácilmente el aprecio de quien lo conocía. Las vecinas acudían a visitar a la madre y al pequeño que era poseedor de un carisma inexplicable, tenia un halo candido que lo rodeaba, como si sus alas fueran de esas que no se manchan. Cuando entró a la primaria su cabello ya no era rubio sino plateado, hizo amigos rápidamente, tenía mucha facilidad de palabra y era muy simpático, en el recreo le gustaba contar chistes para sus amigos y le gustaba jugar a la pelota. En su cuarto tenia una repisa llena de cosas brillantes que le gustaba coleccionar, su madre conociendo sus gustos, solía sorprenderlo con broches, monedas o aretes para su repisa. Era tan fácil hacerlo feliz. La economía había mejorado en esos años y ahora Vivian mucho mejor, el padre ahora tenia varios carruajes que otros conducían para él.
Casi un mes después de que el niño cumpliera diez años cayó enfermo, tenía una fiebre altísima que los doctores no podían explicar. El niño lloraba, decía que le dolía mucho la cabeza, llamaba a su madre. Ella venia y le tomaba de la mano, le cambiaba las compresas de agua fría y le enjuagaba el pecho buscando bajarle la temperatura pero, dos días después el niño murió. Se trataba de una de esas desgracias que no tienen razón ni explicación y que devastan todo a su alrededor. Fue su madre quien con lágrimas en los ojos limpió su cuerpecito, lo vistió y lo acomodó en su ataúd. Pero era tan grande su pena que cuando terminó ya casi no podía mantenerse en pie, después de dos desmayos su esposo decidió llevarla a su habitación a descansar.
Los vecinos y amigos de la pareja estaban tan tristes como ellos, se les conocía por ser una familia perfecta, un padre amoroso, una madre ejemplar y su niño tan bello y gentil.
Muchos acudieron a darles el pésame y pasar la noche con ellos en la sala de su casa, velando a su hijo.
Fue pasada de la media noche cuando algunos se despidieron para dormir unas horas antes del entierro, que su madrina pidió verlo por última vez y poder darle un beso en la frente. Su padre se acerco con ella y abrió el ataúd para que su amiga mirara al pequeño. Un grito de horror fue lo único que la mujer pudo emitir luego de mirar lo que había en el interior.
En lugar de un niño, había una rata albina enorme, cubierta con un trajecito azul marino con botonadura de oro.
05 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
Este cuento hace referencia a un sueño que tuve y que con la esperanza de no ofender ninguna susceptibilidad, he tenido que sacar fuera.
Agradeceré su sana comprensión.
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Netas caninas.

Luego de sus tres matrimonios y que cada esposa se llevara lo que podía cargar consigo, y hasta lo que no, su fortuna y ánimos de vivir en la ciudad se habían esfumado. Ahora encontraba mucho más placentero pasar sus años dorados en la hermosa casa de campo, que era entre otras pertenencias, lo que le había quedado, sumando dos infartos y varios desengaños.
Lo afortunado de llegar a la vejez sin nada, es que no se teme tampoco a nada. Que se puede perder?
Así que Renato era además de viejo, despreocupado, muy seguro de si mismo, pese a que sus ex mujeres dirían todo lo contrario. Pero a nadie le importa mucho lo que una ex resentida y ambiciosa pueda decir de uno. Durante toda la semana la rutina era harto leve. Levantarse a deshoras, comer lo mismo. Encender la lap, escribir (o intentar), editarlo o darse cuenta de que últimamente las ideas le rehuían y terminar borrando. Nada mas simple que seleccionarlo todo y dale un “delete”, si todo en la vida fuera tan fácil como eso, habría menos enfermos mentales.
Solo los fines de semana, los sábados casi siempre, se permitía ir al pueblo, comprar víveres y tomarse una copa en la taberna, Le gustaba escuchar las pláticas sosas de los parroquianos y ver las fachas de las señoritas alocadas, que jamás han salido de su pueblo y se creen muy fashion.
Para volver del pueblo, tenía que subir a su pequeño bote y remar, por que irse en camioneta incluía tener que conducir alrededor del lago por media hora, en bote eran solo unos minutos. Ya eran pasadas de las once cuando venia de regreso, le había tocado sentarse en la barra de la taberna y fumarse la platica aburridísima y torpe del dueño de la ferretería del centro con el carpintero. Había sido una noche no muy simpática que digamos. Los tres coñaquitos que se había bebido no le habían calentado para nada el humor, así que era mejor volver a casa antes que se pusiera más peligroso volver remando. Ya una vez le había ocurrido que, pasado en tragos, no había podido volver a casa, había dejado las gafas y se tuvo que esperar a que clareara un poco para reencontrar el camino. La noche era fresca, la flora local despedía aromas dulces a esta altura del año, las semillas de los dientes de león revoloteaban por el camino. Por fin el bote llegaba al muelle de su hermosa casita blanca. Al entrar, lo primero que hizo fue tirar la chaqueta en el sillón y sacarse los zapatos. El perro se acerco contento meneando el rabo para saludarlo. Sobre la chimenea descansaban sus libros, que no suyos por que los comprara sino por que los escribiera. Su representante tenia un año pidiéndole que terminara su última novela pero, no había ganas, ni musas, ni nada. Había sido un año muy jodido, comiendo cochinadas, durmiendo mucho, bebiendo harto. Los buenos ratos los pasaba regando las flores del jardín que se había hecho a modo de terapia en la parte trasera de la casa. Unas cervezas y un buen baño de sol dos o tres veces por semana, con el perro echado a sus pies comiendo moscas.
Pero esta noche había estado muy simple. Se tumbó en el sofá con los pies sobre la mesita de centro, encendió un cigarrillo y miraba los tablones del techo, intentaba separar con la mirada las capas de pintura que se distinguían una sobre otra, cuando su perro se sentó sobre las patas traseras y con mirada de reproche le dijo:
Bueno, ya estuvo suave no? Eso de tenerte tanta pena y reproche. Que no te das cuenta de que todo se voltea en tu contra solo por que tú así lo dispones? Mira que nadie te obligó a casarte con la ultima, y mira que esa si nos hizo sufrir. Aunque debo reconocerle que es una chica lista, escaparse de un día para el otro con el dentista no es cosa fácil eh. Aunque entiendo lo que te pasa, me sucede lo mismo, son los niños no? Los extrañas tanto como yo. Esta casa aunque bonita es muy silenciosa, no hay pasitos cruzando los pasillos, ni botellas con jugo en la sala para
lamerlas, no hay risas, ni llanto, no hay nada.
Renato se perdió entre las capas de pintura y la vos de su perro, un sueño muy profundo lo atacó y el se dejo ganar.
Lo despertó la luz de la mañana que ya entraba por la ventana y el perro que ya estaba hable y hable:
Renato, Renato ¡ Anoche me dejaste hablando solo. Yo se, hombre, que andas cansado y sin ganas de nada. Pero date cuenta, llevas un año durmiendo como lirón y comiendo cochinadas, ya va siendo hora de que te sacudas el polvo y te pongas a trabajar.
Renato no decía nada, sabia que todo lo que decía el can era cierto, que luego de un año de sentirse miserable ya era tiempo de darse otra oportunidad. Que si el no se ayudaba, nadie mas podía ayudarlo, comenzó a hacer ejercicio, a prepararse alimentos dos veces al día, conducía su camioneta para ir por víveres y ya no bebía tanto. Eso si, no podía apartarse del cigarro.
Una tarde mientras regaba su jardín echó de menos al perro, lo estuvo buscando en los alrededores de la casa pero no lo encontró. Era extraño, su perro ya era muy viejo y no solía apartarse de él. Pasaron los días y tuvo que hacerse a la idea de que el perro se había perdido.
El fin de semana llegó la señora que venia a limpiar la casa. Una mujer joven bastante silenciosa. Hacia el aseo de la casa en general y no volvía hasta el mes siguiente. Después de intentar escribir algunas líneas, no pudo más y le preguntó a la mujer si de casualidad ella no había visto a su perro en algún lado. Quizá alguien del pueblo lo habría encontrado o lo habrían visto por ahí.
La mujer fijó la mirada en Renato. Por un instante bajó el rostro como con pena o duda. Cuando notó que Renato la miraba en espera de alguna respuesta, no le quedó más remedio que contestar.
Pero patrón, usted…no tiene perro.
01 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
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