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Bichito milagros.

Era evidente que los problemas de salud que venia acarreando Magda desde hace tiempo, se hacían más graves. Cositas que muchos toman a la ligera como los triglicéridos, le daban a últimas fechas mucha lata. El sobre peso le impedía ya casi por completo toda actividad física. Incluso cosas simples como agacharse para atarse las agujetas de los tenis, eran un suplicio. Hacia años ya, que Magda venia intentando toda dieta milagrosa, todo chocho que prometía la silueta deseada y cualquier cantidad de charlatanerías, como aplicarse balines, parches e inyecciones.

Nada es absurdo para alguien desesperado.
Lamentablemente nada había cumplido con las altísimas expectativas que se habían puesto sobre sus bondades.
Una mañana Magda llega al café donde acostumbra reunirse con sus amigas.
Meche, una de ellas se ve distinta, muy delgada, rejuvenecida, en conclusión, guapa la mujer. Es difícil de creer que se trate de la misma Meche gordinflona, la que meses antes se había separado del esposo por una aventurilla en la que ella lo descubrió. Ahora la mujer se ve re energizada, es otra.
Durante la segunda taza de café y las galletas de avena con chispas de chocolate, Magda se acerca a Meche y le pregunta por su nueva animosidad, por el milagro que la hizo perder peso, tonificarse y verse tan guapa.
Meche comienza por dar miles de vueltas al tema antes de confesarle su secreto. Resulta ser que una amiga le recomendó un bichito que solo se da en Brasil bajo condiciones muy especiales. Y le dice más o menos como funciona la cosa. Para empezar el bicho es bastante caro, ya con la criatura esa en las manos hay que tragársela junto con un litro de agua. El bichito comienza a vivir de uno y a terminar con la grasa acumulada en el cuerpo. Ya cuando llegas a tu talla o peso ideal, acudes al medico a que te lo controle, a que te den algún brebaje para terminar con el animalito que ya cumplió con su labor.
Magda no deja partir a Meche, sin antes sacarle la dirección de correo a donde debe enviarse la orden de pedido.
Un mes más tarde llega a casa un paquete con un montón de sellos. Una caja de cartón con el interior lleno de tiritas de papel. En el centro, un frasquito envuelto en plástico con burbujas de aire. En el frasco, un diminuto gusanito, vivo, que mueve su cabeza como inspeccionando su nueva residencia.
El paquete llega a sus manos sin instrucción alguna. Todo lo que sabe es lo que Meche le ha contado.
Con sumo cuidado el bichito es colocado en la lengua y tragado con un litro de agua.
Al mes de haber llenado su estomago con agua y bicho, ya no hay barriga que brote por encima de la pretina del pantalón, a los dos meses los mismos pantalones se le caen. La báscula indica veinticinco kilos menos. No hay alegría en el mundo, comparable a la que Magda siente ahora. Otro mes y Magda está irreconocible, la mujer ha estrenado guardarropa y ahora luce un cuerpo esbelto, una cara afilada y mejillas sonrosadas. Sus amigas le preguntan que ha estado haciendo para verse tan bien. Meche se ha mudado hace un mes a otro estado.
Magda es de las envidiosas, y no cuenta su secreto.
Se encuentra contenta con la nueva imagen que su “bichito milagros” le ha concedido y no piensa parar por ahora, quiere ver hasta donde es capaz de llegar el cuerpo de una ex gorda. Finalmente para las mujeres de ahora, nunca se es demasiado delgada.
Tres semanas pasan y la mujer ha perdido la grasa del cuerpo, ya no solo la que tenia de más, sino toda, toda, ahora luce esquelética, ojerosa, enferma. Todo el tiempo se siente agotada.
Esa mañana de miércoles no tuvo fuerzas para salir de la cama.
Le ha llamado a su madre para decirle que no se siente bien, que se ha reportado enferma a la oficina, que piensa tomarse la mañana, el teléfono cae de la mano flácida.
El medico forense toma fotografías del cuerpo de Magda, de inmediato se hace evidente la perdida de peso de manera acelerada por la flacidez de la piel. Luego de las observaciones superficiales, el medico toma el bisturí y abre a Magda por la mitad.
Un montón de gusanos recibe la mirada atónita del hombre. La escena se repite en brazos, piernas, ojos y cerebro.
Todo gusanos.
25 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
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Ensalada de palabras.

Mi cabello era tan largo, que por las noches me tejía una trenza que llegaba casi hasta mis talones. La señora de la peluquería me hacía un despunte cada mes, apenas unos milímetros, era gracioso mirarla casi hincada y yo de pie sobre un banquillo. Mi madre siempre me dijo que a las plantas y a los árboles hay que podarlos para que crezcan. Tenía un amigo en la preparatoria al que le crecieron mucho los brazos…soda, si, me gusta cuando como pizza en la terraza.

Cuando tenia yo unos quince años el cabello se me comenzó a caer, así como si nada. Mi madre preocupada me llevó con varios médicos que lo único que sabían hacer era meterme agujas por todo el cuerpo, pero ninguno me dijo que era lo que me sucedía. Siempre me ha gustado el café con un toque de menta. Los koalas comen eucalipto…rojo, mi favorito es el rojo. Pero sin pelos. Una prima mía tiene un chimpancé. Pañales. Yo siempre fui ecologista.
Me acuerdo que se acabó febrero, por que mi madre me hizo un pastel para mi cumpleaños, luego vinieron abril, enero, mayo. Para entonces ya todos mis vestidos me quedaban enormes, no pude visitar a mis abuelos ese verano, casi no tenia fuerzas para nada. Papá seguía haciendo llamadas todo el tiempo, se me acabaron los libros, quería poner una florería, agosto es un mes bonito para descansar, cerraré en navidad.
Lo ultimo que escuché fue a mi madre decir con una vos apagada que apenas y se escuchaba “Tenía dieciséis años”.
Aquí ya tengo mucho tiempo, no se cuantos años han pasado pero, da lo mismo, me siento igual, no pasa nada. Me acuerdo de la primera sala de espera como si hubiera llegado ayer. Un hombrecito muy amable me recibió y me entrego un manual, me encargó mucho que lo leyera y pusiera atención a las líneas subrayadas en verde chillòn. La vecina de mi abuela tenia un bebe que lloraba mucho, las lagrimas son saladas…galletas?, no gracias.
Estuve en la sala de espera un buen tiempo. Como no había gran cosa que hacer me puse a leer el manual, me costaba trabajo descifrarlo, estaba lleno de trampas y cálculos engañosos, problemas capciosos sin solución lógica, no se, era un embrollo. Había muchas personitas como yo, leyendo y esperando, esperando no se que. Una vez, estaba yo caminando por ahí para salir un poco del manual, cuando se me acercó el mismo hombrecito que me había recibido cuando llegué. Me dijo que habían cometido un gran error y que estaban intentando enmendar mi caso de algún modo, que tenía que acompañarlo a la sala de consejo. Consejo? Mi padre solía decirme que me tallara dentro de las orejas o podría plantar un árbol en ellas. El aguacate es una fruta, tacos dorados, como los hacia mi madre.
En la sala esa me estaban esperando un montón de señores y señoras, todos ellos muy serios. Me dijeron que se habían equivocado conmigo y que había yo muerto sin que fuera mi hora, que no se que cosas de un “temporizador de vidas”. Una señora muy bonita, que se parecía a mi abuela me dijo que lamentablemente no podían devolverme a mi casa, a mi escuela, a mis cosas. Que el daño hecho era irreparable y lo único que podían hacer era concederme un deseo. Lo que yo quisiera, para poder avanzar a un lugar más cómodo para mi.
Me pareció que no había gran cosa que lamentar, realmente no me dolía nada ya y un deseo sin limitaciones se me antojaba muy buen regalo. Mi tía me dio unas pantuflas de peluche, espero que mi madre esté llevando a mi perrito al peluquero cada mes, tengo que cortarme las uñas. Me gustaba cuando papá me rascaba la cabeza para dormirme, una vez soñé que era un té caliente y alguien me tomaba.
Creo que al final, todos caemos de la taza a una boca enorme.
Cuando les dije lo que quería me dijeron que estaba bien, que me dejarían bajar y verlo por última vez. Que también él podría verme pero sumándole a mi rostro los años que habían pasado. Se me hizo un buen arreglo. Una vez vi un cachorro sharpei, lleno de arrugas, espero que me den un vestido planchado.
Hoy es mi día, me han puesto un vestido rosa con pequeñas florecillas, mi cabello es largo como cuando lo tenía, me dieron un listón por si quería atarlo pero no, quiero sentirlo sobre mi espalda y mis hombros. Me dieron unas sandalias muy bonitas y me han dejado aquí en este parque cerca de su casa. Me dijeron que se casó hace diez años, que ya tiene dos lindos niños. Que extraño, tengo hambre, creo que mis tripas hacen ruiditos. Será que solo aquí se siente hambre?
Me he puesto a caminar, he recogido algunas flores, me dijeron que todas las tardes atraviesa el parque para llegar a su casa luego del trabajo. Mi padre tenía una carpintería, la abuela me sentaba sobre sus piernas en la mecedora y me contaba historias. En mi casa había un conejo blanco, siempre se le hacia tarde…un temporizador de vidas. Las nubes están muy blancas, como nata sobre un bolillo con azúcar, pedacitos de chicharrón.
Lo veo ¡ Está mayor, se parece a su padre, pero tiene los mismos ojos melancólicos de siempre. No recordaba que fuese tan bello. Viene hacia mi, me mira rápido, luego vuelve a mirarme, se detiene un momento, duda, sigue caminando y pasa a mi lado. Lo veo volver la cabeza y mirarme de nuevo. Se ha quedado parado ¡ Ahora cierra los ojos y sacude la cabeza, se ha ido. Que ojos tan hermosos, las canas le lucen tan bien, siempre tuvo porte. Me ha dado tanto gusto mirarlo, a mi madre le gustaba ver la tele por las tardes, las aves miran de lado. Que hambre tengo. Cuando me caí de las escaleras me lastimé una costilla. Tacos de carnitas, con mucha salsa. Me ha dado tanto placer verlo que no se si me habría gustado mas darle un beso…o comerme su cerebro.
09 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
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Amor de madre.

Había sido un año difícil. Las calles de la ciudad estaban muy maltratadas por las ultimas tormentas. La gente sufría enfermedades como la peste, viruela negra y tuberculosis. La lucha para conseguir comida o carbón era de los pobres el pan de cada día. En la calle todos tenían por igual hambre y frío. Ellos, eran un matrimonio que pasaba estrecheces como todos, el esposo tenia un pequeño carruaje que le servia de taxi, la esposa enferma desde que diera a luz a su ultimo hijo muerto, no se había terminado de recuperar. Si bien no era su primer intento y ya contaban en cuatro los hijos dados a luz y muertos casi de inmediato, ella se marchitaba como una flor que no puede beber. Los medicos decian que se trataba de una extraña insuficiencia pulmonar aparentemente congénita. Por fortuna en esos malos tiempos, al ser solo dos, los gastos de la casa podían irse sobrellevando.
Al menos podían cubrirse los gastos más urgentes.
El esposo intentaba prodigar de cuidados y ternura a su esposa, que disminuida por su fatalidad caía en depresiones profundas. Se amaban desde muy jóvenes, habían pasado ya veinte años juntos y todavía antes de dormir, se pintaban un beso en los labios.
Sin embargo, pese a todo intento del esposo, ella solía perderse por horas. Como si no hubiese nada en el mundo para ella, con la mirada en sepa dios que, no hablaba ni se movía, hasta que en un segundo sin razón aparente despertaba. No parecía acordarse de sus episodios, y eso lo tenía muy asustado.
Una tarde, que pudo ser cualquiera. Ella tomaba un paseo a un lado del río, el eco de sus pasos sobre el empedrado siempre le causaba contento. A cada paso ella miraba la punta de sus zapatillas y sonreía como niña pequeña. Una ventisca sorpresiva hizo volar su sombrero a los pies del puente de la avenida principal. Ella corrió y se agacho para levantarlo. Cuando estuvo al ras del suelo algo atrajo su mirada, en un rincón, en una parte muy baja y sin luz, había un par de ojitos muy brillantes que la veían con sorpresa pero sin miedo. Ella, acostumbrada a la limpieza extrema y compulsiva, dudó un momento en ensuciar su vestido. Pero la curiosidad, pudo más. Descubrió que ese par de ojitos venían acompañados de una vos, la pequeña criatura le hablaba dulcemente y era muy gentil. Estuvieron charlando un largo rato luego del cual ella supo que este desdichado ser no tenía padres, que se sentía solo y asustado. Su corazón se indignó ante el hecho de que un niño no tuviera suelo y comida seguros, habiendo tantos padres en el mundo dispuestos a darle lo necesario para que creciera sano y fuerte. En un segundo pasó por su mente que ahora ella, tenía la oportunidad de regar a una criatura con todo el amor de madre que tenia dentro, y que por su desgracia no había podido entregar a pequeño alguno. Comprendió que esta criatura y ella se necesitaban.
Esa noche cuando el esposo llegó a casa, la encontró secándole el cabello a un pequeño niño rubio, de unos cinco años. Un niño de ojos grandes, cejas muy largas, y piel blanquísima.
Desde ese día ella se mostraba contenta, con ganas de hacer las cosas, de estar bien para su niño y verlo crecer. Era una madre devota, entregada, tierna. Aquel niño solitario creció en un hogar limpio, lleno de cuidados, aprendió de su madre a leer, a ser cortes, a hablar con propiedad, era un niño muy correcto pero también muy dulce, que se ganaba fácilmente el aprecio de quien lo conocía. Las vecinas acudían a visitar a la madre y al pequeño que era poseedor de un carisma inexplicable, tenia un halo candido que lo rodeaba, como si sus alas fueran de esas que no se manchan. Cuando entró a la primaria su cabello ya no era rubio sino plateado, hizo amigos rápidamente, tenía mucha facilidad de palabra y era muy simpático, en el recreo le gustaba contar chistes para sus amigos y le gustaba jugar a la pelota. En su cuarto tenia una repisa llena de cosas brillantes que le gustaba coleccionar, su madre conociendo sus gustos, solía sorprenderlo con broches, monedas o aretes para su repisa. Era tan fácil hacerlo feliz. La economía había mejorado en esos años y ahora Vivian mucho mejor, el padre ahora tenia varios carruajes que otros conducían para él.
Casi un mes después de que el niño cumpliera diez años cayó enfermo, tenía una fiebre altísima que los doctores no podían explicar. El niño lloraba, decía que le dolía mucho la cabeza, llamaba a su madre. Ella venia y le tomaba de la mano, le cambiaba las compresas de agua fría y le enjuagaba el pecho buscando bajarle la temperatura pero, dos días después el niño murió. Se trataba de una de esas desgracias que no tienen razón ni explicación y que devastan todo a su alrededor. Fue su madre quien con lágrimas en los ojos limpió su cuerpecito, lo vistió y lo acomodó en su ataúd. Pero era tan grande su pena que cuando terminó ya casi no podía mantenerse en pie, después de dos desmayos su esposo decidió llevarla a su habitación a descansar.
Los vecinos y amigos de la pareja estaban tan tristes como ellos, se les conocía por ser una familia perfecta, un padre amoroso, una madre ejemplar y su niño tan bello y gentil.
Muchos acudieron a darles el pésame y pasar la noche con ellos en la sala de su casa, velando a su hijo.
Fue pasada de la media noche cuando algunos se despidieron para dormir unas horas antes del entierro, que su madrina pidió verlo por última vez y poder darle un beso en la frente. Su padre se acerco con ella y abrió el ataúd para que su amiga mirara al pequeño. Un grito de horror fue lo único que la mujer pudo emitir luego de mirar lo que había en el interior.
En lugar de un niño, había una rata albina enorme, cubierta con un trajecito azul marino con botonadura de oro.
05 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
Este cuento hace referencia a un sueño que tuve y que con la esperanza de no ofender ninguna susceptibilidad, he tenido que sacar fuera.
Agradeceré su sana comprensión.
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Netas caninas.

Luego de sus tres matrimonios y que cada esposa se llevara lo que podía cargar consigo, y hasta lo que no, su fortuna y ánimos de vivir en la ciudad se habían esfumado. Ahora encontraba mucho más placentero pasar sus años dorados en la hermosa casa de campo, que era entre otras pertenencias, lo que le había quedado, sumando dos infartos y varios desengaños.
Lo afortunado de llegar a la vejez sin nada, es que no se teme tampoco a nada. Que se puede perder?
Así que Renato era además de viejo, despreocupado, muy seguro de si mismo, pese a que sus ex mujeres dirían todo lo contrario. Pero a nadie le importa mucho lo que una ex resentida y ambiciosa pueda decir de uno. Durante toda la semana la rutina era harto leve. Levantarse a deshoras, comer lo mismo. Encender la lap, escribir (o intentar), editarlo o darse cuenta de que últimamente las ideas le rehuían y terminar borrando. Nada mas simple que seleccionarlo todo y dale un “delete”, si todo en la vida fuera tan fácil como eso, habría menos enfermos mentales.
Solo los fines de semana, los sábados casi siempre, se permitía ir al pueblo, comprar víveres y tomarse una copa en la taberna, Le gustaba escuchar las pláticas sosas de los parroquianos y ver las fachas de las señoritas alocadas, que jamás han salido de su pueblo y se creen muy fashion.
Para volver del pueblo, tenía que subir a su pequeño bote y remar, por que irse en camioneta incluía tener que conducir alrededor del lago por media hora, en bote eran solo unos minutos. Ya eran pasadas de las once cuando venia de regreso, le había tocado sentarse en la barra de la taberna y fumarse la platica aburridísima y torpe del dueño de la ferretería del centro con el carpintero. Había sido una noche no muy simpática que digamos. Los tres coñaquitos que se había bebido no le habían calentado para nada el humor, así que era mejor volver a casa antes que se pusiera más peligroso volver remando. Ya una vez le había ocurrido que, pasado en tragos, no había podido volver a casa, había dejado las gafas y se tuvo que esperar a que clareara un poco para reencontrar el camino. La noche era fresca, la flora local despedía aromas dulces a esta altura del año, las semillas de los dientes de león revoloteaban por el camino. Por fin el bote llegaba al muelle de su hermosa casita blanca. Al entrar, lo primero que hizo fue tirar la chaqueta en el sillón y sacarse los zapatos. El perro se acerco contento meneando el rabo para saludarlo. Sobre la chimenea descansaban sus libros, que no suyos por que los comprara sino por que los escribiera. Su representante tenia un año pidiéndole que terminara su última novela pero, no había ganas, ni musas, ni nada. Había sido un año muy jodido, comiendo cochinadas, durmiendo mucho, bebiendo harto. Los buenos ratos los pasaba regando las flores del jardín que se había hecho a modo de terapia en la parte trasera de la casa. Unas cervezas y un buen baño de sol dos o tres veces por semana, con el perro echado a sus pies comiendo moscas.
Pero esta noche había estado muy simple. Se tumbó en el sofá con los pies sobre la mesita de centro, encendió un cigarrillo y miraba los tablones del techo, intentaba separar con la mirada las capas de pintura que se distinguían una sobre otra, cuando su perro se sentó sobre las patas traseras y con mirada de reproche le dijo:
Bueno, ya estuvo suave no? Eso de tenerte tanta pena y reproche. Que no te das cuenta de que todo se voltea en tu contra solo por que tú así lo dispones? Mira que nadie te obligó a casarte con la ultima, y mira que esa si nos hizo sufrir. Aunque debo reconocerle que es una chica lista, escaparse de un día para el otro con el dentista no es cosa fácil eh. Aunque entiendo lo que te pasa, me sucede lo mismo, son los niños no? Los extrañas tanto como yo. Esta casa aunque bonita es muy silenciosa, no hay pasitos cruzando los pasillos, ni botellas con jugo en la sala para
lamerlas, no hay risas, ni llanto, no hay nada.
Renato se perdió entre las capas de pintura y la vos de su perro, un sueño muy profundo lo atacó y el se dejo ganar.
Lo despertó la luz de la mañana que ya entraba por la ventana y el perro que ya estaba hable y hable:
Renato, Renato ¡ Anoche me dejaste hablando solo. Yo se, hombre, que andas cansado y sin ganas de nada. Pero date cuenta, llevas un año durmiendo como lirón y comiendo cochinadas, ya va siendo hora de que te sacudas el polvo y te pongas a trabajar.
Renato no decía nada, sabia que todo lo que decía el can era cierto, que luego de un año de sentirse miserable ya era tiempo de darse otra oportunidad. Que si el no se ayudaba, nadie mas podía ayudarlo, comenzó a hacer ejercicio, a prepararse alimentos dos veces al día, conducía su camioneta para ir por víveres y ya no bebía tanto. Eso si, no podía apartarse del cigarro.
Una tarde mientras regaba su jardín echó de menos al perro, lo estuvo buscando en los alrededores de la casa pero no lo encontró. Era extraño, su perro ya era muy viejo y no solía apartarse de él. Pasaron los días y tuvo que hacerse a la idea de que el perro se había perdido.
El fin de semana llegó la señora que venia a limpiar la casa. Una mujer joven bastante silenciosa. Hacia el aseo de la casa en general y no volvía hasta el mes siguiente. Después de intentar escribir algunas líneas, no pudo más y le preguntó a la mujer si de casualidad ella no había visto a su perro en algún lado. Quizá alguien del pueblo lo habría encontrado o lo habrían visto por ahí.
La mujer fijó la mirada en Renato. Por un instante bajó el rostro como con pena o duda. Cuando notó que Renato la miraba en espera de alguna respuesta, no le quedó más remedio que contestar.
Pero patrón, usted…no tiene perro.
01 Julio, 2010
Lilymeth Mena.
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Ronroneando.


En casa de los Arévalo el aire se sentía tan pesado, que podía cortarse en rebanadas. Hacía nueve meses que el hijo más joven estaba en cama agobiado por un virus de quirófano, esos que se le suben a uno durante alguna cirugía. A Ture, le habían realizado una de apéndice. Y con el paso de los meses en lugar de aliviarse se ponía peor, este virus estaba acabando con él. Le estaba atacando músculos y tejido.

Su cuerpo antes habituado al fútbol americano, ahora apenas lo mantenía sin respiradores ni tubos. Lo habían dado de alta para que terminara de recuperarse en casa, el peligro había pasado pero se le veía mal. Todo el tiempo se sentía en extremo fatigado y adolorido, a pesar de dormir muchas horas durante el día.
Se le notaba disminuido, casi pequeño.
El fisioterapeuta les advirtió que la recuperación seria lenta y fatigosa. Que tenían que apoyarlo todo lo posible sin caer en desesperación, mas aun, intentar distraerlo para que sobrellevara el dolor constante.
Sus padres, ya adultos mayores, se mordían los nudillos haciendo cuentas, luego de casi un año de pagar especialistas, medicinas, terapias. Pero intentaban toda cura prometida. Sus demás hijos ya vivían cada uno con su familia, esposa, hijos. Solo Ture los acompañaba en su vejez.

La luna llena caía sobre los tejados como una lluvia luminosa. Los techos a dos aguas parecían arrugarse de tanta blancura como pañuelos mal planchados. La plancha se ha quedado sin vapor.
El pobre Ture sudaba en abundancia mientras sufría uno de sus sueños recurrentes. Se miraba así mismo suspendido sobre un abismo, sus intentos de moverse o volar eran inútiles, terminaba sintiendo como todo su peso lo jalaba hacia abajo y caía. Se despertaba alterado, pero gracias a su medicación volvía a encontrar el sueño casi enseguida.
Marla, su gata negra, se le acurrucaba sobre los pies para preservar calor, habían sido compañeros desde la infancia de ambos, ahora los dos tenían doce años mas que cuando su padre le entrego a la minina dentro de una caja de cartón para su cumpleaños. En la casa todos sabían que para Ture su gata era intocable. Por eso aun estando enfermo le permitían al felino dormir sobre su amo como de costumbre.
La señora Arévalo entró al cuatro de su hijo para medirle la temperatura a las tres de la madrugada, como venia haciendo los últimos meses. Se fue cerrando la puerta cuidadosamente para no despertarlo.
Marla vigilaba los movimientos de la diminuta mujer con los ojos entrecerrados, como fingiendo que dormía. Cuando la anciana salió, la gata se puso de pie. Sus patitas negras caminaron lentamente sobre el cuerpo de su amo buscando llegar hasta su rostro. Los bigotes se le movían cuando ella daba un pasito, la cola cadenciosamente raspaba el ambiente que había sobre la cama. Ture sudaba frío cuando su mascota llegó a pararse sobre su pecho, los ojos amarillentos y brillantes lo miraban fijamente. El muchacho sufría dolor intenso mientras flotaba sobre el abismo de su sueño repetido.
Marla se sentó con toda la calma posible entre el pecho y el cuello de su dueño. Se detuvo un instante a mirar el sufrimiento de su amo, a cuantificarlo.
La gata acerco su hocico a la boca de su amo, tanto, que parecía que le daba un beso.
Por los labios entre abiertos de Ture, escapó su aliento, Marla lo absorbió con avidez, todo, sin dejar escapar ni un solo suspiro. Cuando el cuerpo inerte del joven se sacudía levemente por última vez, la gata ya se preparaba para saltar por el balcón hacia la terraza del vecino.
01 de Julio, 2010
Lilymeth Mena.
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Corazón azul.

Últimamente me lo había topado mucho por aquí, visitando a otros demonios. Su cara se había vuelto conocida para mi desde el día que casi choco de frente con él. Lo seguí por que me llamó la atención ver a alguien tan joven por estos lugares. Era Belfegor quien hacia trato con él esa noche. Aceptó su alma a cambio de no se que favor. Enseguida no pude menos que sentir pena por él. Tan joven y vendiendo su alma casi virgen a un desdichado demonio como Belfegor; y no es que Belfegor me caiga mal o le tenga algún resentimiento, no. Aquí todos compramos lo que nos van ofreciendo y damos a cambio lo que el pobre infeliz que permuta anda buscando. Finalmente somos todos comerciantes, negociadores. Trinqueteros.

Lo que sucede es que el Belfegor ese ya me ha ganado algunas almas en el pasado, y ciertamente no me da buena espina que fuese precisamente él, quien le comprase la suya a un muchacho tan joven. Cuando terminé mi ronda esa noche me vine a descansar a mi pequeña cueva. Una cuevita de menos de dos metros cúbicos donde solo cabemos mi cama de heno y yo. Suelo acurrucarme abrazando mis piernas, mientras escucho a lo lejos el eco de las voces de los que sufren los castigos que duran una eternidad y mil vidas más. Procuro no pensar mucho en ellos, ni en las circunstancias que me pusieron a mi en esta situación.
Del como llegué a demonio mercader de lo que sea en el infierno.
Lo volví a ver un par de veces mas, de verdad me causaba una inquietud extraña mirarlo con esa frecuencia aquí chachareando.*
No fue sino hasta anoche que me crucé con él deambulando por el pasillo oscuro de la calzada principal, casi lo dejo pasar de largo pues la neblina era tan espesa que no le reconocí de inmediato. Su mirada era la de alguien perdido, buscando algo que no logra ver, buscando tal vez algo que ni sabe como es. Decidí acercármele cuando voy viendo que el pinche Belfegor otra vez iba sobre él.
-Esta noche no, Belfegor. Hoy al muchacho le toca mercar conmigo. Tú ya le has comprado lo que te está permitido.
Belfegor me fulminó con una de sus famosas miradas de advertencia, pero sabiendo que yo tenía razón, se fue caminando hacia atrás sin dejar de mirarme. Frotándose las pegajosas manos.
-Veamos, que vienes a vender, muchacho? Que tienes para mi y que es lo que deseas?
-Necesito vender mi conciencia.
-Hummm…tu conciencia has dicho? Dime, no crees necesitarla alguna vez? En algún momento? Más adelante, quizá?
-No, ya he vendido mi alma, puedo vivir sin las dos.
-Vamos, y que es lo que quieres por paga?
-Quiero venganza.
-Típico. Bueno a mi me vale madres. Dime, de quien tengo que vengarme en tu nombre? Y por que?
-De mi novia, yo la amaba con toda el alma. Ella se fue con mi mejor amigo.
-Ah ¡ me parece justo. Quien se roba tu alma cuando es todo lo que tienes no merece perdón.
Entonces entrelace mi brazo derecho con su brazo izquierdo, dame un apretón, le dije. Me apretó.
-Listo, dalo por hecho.
El chico sonrío con una mueca macabra, como entre gozo y odio. Entonces hizo como que iba a dar un paso para alejarse, pero retrocedió y volvió a quedar frente a mi.
-Que? No has quedado satisfecho? Me he vengado de tu novia, pronto morirá y vendrá aquí al infierno a pagar una y otra vez por haber jugado con un alma que no le pertenecía. Entonces que quieres ahora?
-Me gustaría vengarme de mi mejor amigo también.
-Voy viendo que eres de los de todo o nada. Eso me gusta, al menos eres valiente y decidido. Aunque algo tonto si me permites, no sabes lo que te sucederá una vez que no tengas mas por vender aquí.
-Lo que suceda conmigo no me interesa. Bueno, vas a comprarme lo que me queda o no?
-Claro, tengo permitido hacer dos negocios contigo esta noche. Dime, que me ofreces, Veamos si puedes tentarme, sino, vete con Belfegor, ese infeliz compra lo que sea por muy dañado que esté.
-Te doy uno de mis dos corazones.
-Dos corazones? ah pero es que quieres burlarte de mi?
-Compruébalo tú mismo.
Con una de mis garras le corté el pecho desde el ombligo hasta la garganta, lo abrí como libro usado. Y efectivamente, tenía dos corazones, uno negro que apenas sostenía un latido débil y apagado, y otro azul encendido como fuego, fuerte y vigoroso.
-Hecho.
Le dije mientras tomaba el corazón azul con una mano y con la otra cauterizaba la herida de arriba abajo. Volvimos a darnos un apretón y el negocio quedó saldado.
-La venganza contra tu amigo comenzará pronto, se perderá en el vicio de las drogas y el alcohol, sufrirá angustias terribles que no en muchos años lo obligaran a suicidarse. Vendrá a unirse al circulo de los suicidas y vagará una eternidad reviviendo su muerte una y otra vez, sin descanso.
Esta vez el chico sonrío con mucha tristeza.
-Que sucede? No te he dado lo que viniste a buscar? No te he pagado al precio lo que me vendiste? Entonces por que esa cara larga?
-Se que luego de lo que te he vendido, yo mismo vendré a parar aquí. Quizá solo me quede un día o dos, cuando mucho. Ya no tengo alma, conciencia o corazón.
Entonces el muy idiota como recapacitando se puso feliz, radiante, sonriente. Como si le acabaran de decir que su billete de lotería se había sacado el premio grande. Me dio las gracias y comenzó a retirarse hacia el túnel.
-Un momento, sabes que ya no te queda nada, que morirás y vendrás a dar aquí mismo donde tú has visto lo que sucede, Entonces por que tanta felicidad?
-Acabo de darme cuenta de que vendré aquí y estaré con Ana y Jorge de nuevo. Sabes, a pesar de lo que me hicieron. Ellos han sido lo único que he amado allá arriba. Me alegra mucho saber que al final y como sea, estaremos por siempre juntos.
Asentí con la cabeza y lo dejé partir, su andar ahora era animoso, como si llevara para sus adentros un ritmo de dicha intima, como cuando sabes que algo hermoso va a sucederte pero solo tú lo puedes comprender, solo tú lo puedes ver.
Me di la vuelta y me dirigí a mi cueva, con mi costal mas pesado por un corazón azul ecuatoriano y una conciencia algo percudida, pero nada que la lejía no pueda limpiar.
*En México llamamos chacharear a comprar y vender usado.  
17 Junio, 2010
Lilymeth Mena
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Nevado

Abrí los ojos y di unos pasos hacia fuera. Los pequeños copos caían sobre mi cabello y mis hombros como una escarcha muy leve. Extendí los brazos en una especie de lluvia de júbilo interna. Mis pies descalzos no sentían frío. Me sentía feliz, por primera vez en mucho tiempo era feliz. Todo allá a lo lejos, hasta donde mi vista alcanzaba a ver era blanco. Un llano blanco con pinos muy altos, blancos también. Sin sol brillante pero con mucha luz. Tanta, que todo era de un blanco resplandeciente, casi fluorescente, como si cada cosa, el suelo mismo cubierto de nieve, tuviera luz propia.
Como si todo fuera pura energía fluyendo libremente por todas partes.
No sabía por que milagrosa razón. Pero aquel dolor que me aquejó durante tantos años, ahora simplemente había desaparecido. Los dedos de las manos podía encogerlos y estirarlos como cuando tenía veinte años menos, doblé las rodillas y bajé casi hasta el suelo, me sentía de maravilla. Tomé aire en una respiración ancha y gomosa pero sin obstrucciones.
Entonces noté algo que me preocupó.
Mi ropa era muy escasa, apenas un pantalón de gabardina doblado un poco hasta abajo, una camisa de manga larga azul con líneas en gris, también arremangada. Como podía estar sobre la nieve con copos cayendo sobre mi, sin sentir nada de frío?
Entonces un conejo blanco apareció junto a mi, como si hubiese salido de la nada. Un conejo grande, esponjado y gordo.
Sus ojitos rojos tenían un brillo muy marcado, como si estuviese con lágrimas contenidas todo el tiempo. Se sentó sobre sus patas traseras sin dejar de mirarme.
Entonces con voz muy aguda me dijo:
Que? No te has dado cuenta?
De que?, respondí, casi sin creer que le estaba hablando a un conejo.
Estas muerto.
15 Junio, 2010
Lilymeth Mena.
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Chico malo, rubia tonta.

Era un pueblito minero de esos que están en no se donde, habitado por puros no se quien, que buscan no se que. Las únicas distracciones, eran un prostíbulo, el bar y un cine. Todos los hombres trabajaban en las minas, salvo buenas excepciones que hacían falta para echar a andar el lugar, panaderos, el tendero, los maestros, el lechero, el cantinero y anexas. Por cierto, el cantinero era dueño del único bar. Un lugarcito húmedo, oscuro, bastante mal montado pero que compensaba todo con una mesa de billar y una rockola con doscientos Lp’s.
Los fines de semana eran una locura, los mineros iban subiendo de a pocos e igualmente se iban llenando los lugares donde se podían gastar la plata recién cobrada. El cine proyectaba la misma película una y otra vez en una especie de “permanencia voluntaria”. El panadero y el lechero entregaban el doble. Los niños podían jugar fuera hasta tarde para que el padre pudiera cumplir con su visita conyugal y la señora tuviera buena cara el resto de la semana.
Era un sábado de esos ya pasadas de las once de la noche. Los parroquianos en el bar disfrutaban de tarros fríos con cerveza oscura. En la mesa de billar se jugaba y apostaba un bola ocho. Dos mesas se habían juntado para el póker allá atrás.
En medio de lo que era una noche tranquila, se escuchó el ruido de un potente motor. No era otra sino la Harley Davidson de Axel. El hijo del socio mayoritario de las minas. Pocas veces se le veía por el pueblo, por que cuando él quería fiesta se iba a la ciudad, le repugnaba la simpleza y poca sofisticación de todo lo que le rodeaba. Cuando entró al bar nadie pudo evitar mirarlo, tenia toda la facha de chico rudo, pero a la vez mimado. Por que nadie que no sea un niño mimado puede vestirse como él en un lugar como este. Botas negras con hebillas, jeans azules, chaqueta de cuero y una playera negra con un diseño en letras mórbidas que se leían “From hell”.
Adivinando que esta noche ganaría un poco más, el cantinero se acerca y le ofrece una mesa. –No, quiero una al fondo, con espalda a la pared. Así lo hace el cantinero, limpia la mesa de tablas flojas para el señorito y le sirve. Mientras el tarro escurre y va mojando la mesa, Axel se la pasa atendiendo el celular.
Pasada la entrada del niño bonito, los comensales siguien con su fiesta cada quien en su cada cual, las bolas sobre la mesa de billar hacían que algunos, ya borrachos, soltaran gritos de enojo o de emoción. La espesura del humo de cigarro subía en espirales hasta el techo en las mesas de póker y un muchacho con mirada perdida no decidía que canción escoger en la rockola. El de la rockola ya tenia un buen rato ahí nomás, parado. Como si su decisión fuera cosa difícil pero importante. Cuando Axel dejó el celular le dijo en tono burlón al de la rockola.
–Por que te tardas tanto para escoger una canción? Te apuesto que cualquiera que elijas será fea y anticuada. Como todo en este inmundo pueblo.
-Te equivocas, esta rockola tiene doscientos discos, muchos de ellos son considerados clásicos. Hay muchas canciones buenas.
–Tú que puedes saber de música, si no eres más que un minero.
–Así eres siempre de petulante? No soy minero, soy maestro.
-Peor, a los mineros todavía puedo respetarlos por que el trabajo rudo forja el carácter, pero un maestro, es como una niña que lee libros. Vas a aceptar mi apuesta?
-Cual apuesta?
-Te dije que cualquier cosa que toque la rockola será una mierda, juegas?
-Yo nunca apuesto. El juego es para gente ociosa. Supongo que tú no has forjado el carácter aun, no has hecho nada de trabajo rudo.
Axel brinca de su asiento y con la mano derecha lo toma por la garganta, con la otra mano le oprime la nuca para obligarlo a sentarse. Todos se quedan impávidos observando.
-Vas a apostar o no? Deberías sentirte halagado maestrito de pueblo, yo no apuesto con cualquiera. Mira, si pierdo puedes pedirme lo que quieras.
-Y si pierdo yo?
-No creo que tengas nada que yo pueda desear, así que si tú pierdes, voy a cortarte un dedo. Me gustan las apuestas serias. Velo por este lado, no lo necesitas, no eres minero, ni siquiera panadero, eres maestro ¡ Pero si ganas, podrás tener lo que me pidas. Lo que sea.
En eso se abre la puerta y entra una chica rubia asombrosamente bella, vestida muy al estilo de Axel, botas, chaqueta de cuero, diminuta falda de mezclilla.
-No me digas que estas jugando ¡ Me tardé tres horas en llegar aquí, este pueblo es pequeño pero muy enredado. Anda, deja a este muchacho, vamos a la ciudad, Jane nos espera en su casa.
La rubia se acerca a Axel y le hace una caricia en el rostro. Su mano sólo tiene tres dedos.
02 Junio, 2010
Lilymeth Mena.
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Ojos de muñeca.

Era una niña como de diez años. Vestidito blanco. Zapatitos de charol. Mucha gente del vecindario la había visto jugar en el jardín de aquella casona enorme y descuidada al final de la calle. Una casa que por su estructura debió ser una preciosidad en sus mejores días, pero que ahora, no era más que un edificio oscuro, triste, con un jardín seco y columnas abandonadas. A algunos les resultaba curioso ver a una niña como ella, en un lugar como ese. Cuando lo comentaban con alguien del lugar, no podían disimular su sorpresa al enterarse de que aquella hermosa criatura era un fantasma. Solía aparecerse con mas frecuencia en esos días de Mayo cuando el aire huele a mojado y se esperan las primeras lluvias fuertes.
Quienes la habían visto en más de una ocasión, recordaban vívidamente sus ojos extraordinariamente grandes, invadidos por una profunda tristeza. Las coletas negras atadas con listones y el oso de peluche que cargaba como a un nene entre sus brazos. Eran realmente pocos los que recordaban que hacia tiempo viva en esa casa una familia prospera, y que luego de una tragedia misteriosa el lugar había quedado en el abandono.
Como en casi todo suburbio, había un chico introvertido que creció con aquella historia de la casa al final de la calle, de la niña de ojos grandes y el oso de peluche. Cada vez que pasaba frente a la propiedad sentía un escalofrío recorrerle los brazos y la espalda. Algunas veces creyó ver algo de reojo, pero al volver el rostro y mirar bien, solo el columpio del jardín parecía moverse apenas. Podía ser el viento, se decía para sus adentros.
En la escuela tenia las notas más altas, le gustaban los libros de un señor King, las novelas de vampiros y de cualquier cosa que pudiese darle miedo. Cuando entró a la universidad ya había dejado de lado sus libros de niño, ahora le interesaban la ciencia, los insectos, y las plantas medicinales. Se había convertido en todo un escéptico. Todo tiene una explicación.
Una tarde después de visitar a sus padres, esperaba el autobús, cuando comenzó una ligera llovizna que apenas mojaba. A lo lejos, en el patio de la casa grande, le pareció ver algo blanco entre los árboles secos. Al poner más atención distinguió a una niña. Caminó despacio, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para poder echar un ojo, pero ya no había nadie. Decidió entonces investigar sobre lo sucedido en esa casa y por que la niña se aparecía, si es que se aparecía y no le había jugado una broma su estado de humor actual, atascado entre los exámenes de bimestre y sus gastos personales. Recordó que cuando era niño el asunto lo mantenía bien alerta, pero al crecer lo había olvidado por completo. Platicó con vecinos cada fin de semana cuando visitaba a sus padres, tomó fotografías, encargó a un amigo gestor investigar sobre la situación de la propiedad. Pensar en esa niña a veces no lo dejaba dormir. Sus investigaciones lo llevaron a casa de una anciana, hermana del que otrora fuera dueño de la casona. La señora fue muy amable y contesto con agrado a todas sus preguntas, le contó que su hermano y su familia habían abandonado el país por que su hija estaba muy enferma y necesitaba un clima mas adecuado. Cuando le comentó sobre una niña que se aparecía en la casa, la anciana sintió tristeza. Pero, al describírsela físicamente resultó ser una niña muy distinta a su sobrina. –No puede ser ella, Ofelia era un poco mayor cuando falleció, ya tenia dieciocho años, estaba por entrar a la universidad. –Seria mucho pedirle que me mostrara una fotografía de su familia? -fue entonces que lo comprendió todo. En aquella imagen se revelaba el misterio de la niña de vestido blanco atrapada en la gran casona. –Podría prestármela para mi trabajo de la universidad? Prometo devolvérsela en cuanto logra copiarla.
Ya con la fotografía en las manos fue peor, casi no dormía, casi no comía y pasaba mucho tiempo mirándola. Ahora que era poseedor de la verdad no sabia que tenia que hacer; si compartirlo con alguien, escribir algún ensayo, o guardárselo como un secreto para siempre. Luego de mucho luchar consigo mismo, decidió ir a la casona a enfrentar a la aparición.
Entrar al jardín fue sencillo, esperó a que comenzara a llover un poco para que la calle quedara desierta, entonces, brinco la barda. En el jardín no había más que hierva negrusca, seca, dos árboles opacos muy altos, casi muertos, y un columpio que se mecía con el viento. Tocó el columpio que tantas veces vio desde afuera. Entonces escuchó un crujir de ramas detrás de el. Descubrió que una niña hermosa de ojos muy grandes y vestidito blanco le miraba.
–Ese es mi columpio ¡
–Perdóname, solo estoy de curioso no quería molestarte
–Como te llamas?
-Me llamo Diego, mis padres viven aquí adelante, somos casi vecinos. Tú como te llamas?
-Ofelia, y este es Bruno. Pero no me importa que seas vecino -con tono de niña malcriada- ese es mi columpio. A papá no le gusta que juegue con extraños.
-Pero, ya te he dicho mi nombre, ya no somos extraños. No quieres que platiquemos un ratito?
-Pero solo un ratito, he estado enferma y no puedo estar aquí si llueve y hace frió.
Por un momento hablamos de cosas sin importancia, de la escuela, la lluvia, su oso, mis padres, su casa, tardé un rato en enfrentarla con el hecho de que su casa estaba vacía y que ella lo aceptara.
-Si, ya se que en la casa no hay nadie, ya tengo mucho tiempo aquí, pero no puedo irme. Tengo que esperar a que regresen mis padres por mi, ellos saben que estoy enferma y que tienen que cuidarme, yo se que van a volver…tienen que volver.
-Por que dices que “tienen” que volver?
-Por que ellos saben que necesito que me cuiden –responde llorando- que estoy enferma, que soy muy pequeña para estar sola, que puedo perderme.
-Perderte…por que has dicho eso? Como puedes perderte dentro de tu propia casa?
-No se.
Sus enormes ojos cafés me miraban con mucha tristeza y un poco de contrariedad, como cuando sabes que algo malo te está ocurriendo y no sabes que es pero tampoco puedes hacer nada para remediarlo.
-Pequeña, yo no quiero ponerte triste, tampoco quiero que llores pero, necesitas darte cuenta. Entender algunas cosas para que puedas irte.
-Que quieres que entienda? –ya enojada- Que mis padres me abandonaron? Que no me querían? Que voy a esperarlos aunque nunca regresen? Que dejaron que me muriera aquí sola y por eso estoy aquí encerrada?
-No, Tamy.
Al escuchar su nombre, se me quedó mirando con su diminuta boquita pintada muy abierta.
-Tienes que irte por que tus padres no te abandonaron, no hay razón para que estés aquí. Ofelia murió hace tiempo. La niña que fue tu dueña estuvo enferma hasta que su corazón no pudo luchar más. Tienes que dejarla ir y descansar también tú.
La muñeca se acurrucó en mis piernas mientras lloraba quedamente. No me di cuenta cuando se desvaneció por completo, solo alcance a escuchar su vocecita diciendo
–Pobre Ofelia.
29 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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Pequeña yo, pequeña tú.


Su amistad era tan larga como sus cabelleras; una rubia, la otra morena. Desde pequeñas hicieron una promesa, nada jamás podría separarlas. Contaban con veinte años cuando Luisa organizo una cena, presentaría a su prometido de manera formal con sus parientes y amigos. Corina llegó tarde, como siempre

A partir de entonces era frecuente ver al trío saliendo del cine, de algún barecito o de una reunión de amigos un viernes por la noche. Fue un miércoles por la tarde, habían quedado de verse en casa de Corina para ir de compras, arreglarse las uñas y cortarse el cabello. Esos rituales femeninos que en compañía de la mejor amiga son siempre más satisfactorios. Luisa toca el timbre sin saber que su novio está de visita en casa de su amiga. Corina atiende la puerta arreglándose el cabello y abotonándose la blusa.
El corazón de Luisa se obscurece con tristeza, desilusión y rabia.
Tela, tijeras, hilo, una vieja fotografía. Poco a poco va dando forma a su creación, cuando por fin el cuerpo está terminado, le agrega cabellos rubios largos, y ojitos de botón.
Una aguja atravesando el centro del pecho, una en cada extremidad, dos en la espalda, tres en la cabeza. -Esta no es una muñeca, eres tú Corina. Sentirás el mismo dolor que siento yo. Sufrirás por el daño que me has causado. Por romperme de este modo el corazón.
Pasaron ocho años. Y el tiempo que todo lo cura, que todo lo madura hasta darle un tono más sereno, más sensato, las reunió de nuevo. El chico aquel, causa de su alejamiento, había sido perverso y cruel con Corina. Hacia mucho de su separación.
La amistad volvió a darse entre ellas por que así son las amistades entre mujeres, unas florecen de nuevo con solo unas gotas de rocío, otras se marchitan para siempre.
Para el cumpleaños de Luisa, deciden organizar una fiesta como las de antes “Como cuando éramos hermanas y estábamos siempre tú conmigo, yo contigo”. Dan las ocho y llegan los primeros amigos, parientes, comida y música, todo junto y en abundancia. Pasada la media noche Corina sube a la recamara de su amiga para refrescarse. En el baño se moja un poco el cuello y la nuca. Busca una toalla de las pequeñas sobre el tocador, donde sabe que Luisa las dobla y pone por colores. El alhajero de madera está abierto. La cabellera rubia de una muñeca de trapo se asoma ligeramente. Sus ojos de botón parecen mirarla a ella con la misma sorpresa.
Luisa entra a su recamara y mira la escena, Corina con ojos impávidos sosteniendo su pequeño “Yo” entre las manos, algo crispadas por la sorpresa. –Esta soy yo - dice la rubia en tono de afirmación dirigiéndole a Luisa una mirada acusadora. –Si, esa eres tú. Debes entender, me quitaste algo que jamás volverá. Estaba muy enojada contigo, no sabia lo que hacia. –Eres una desdichada ¡ - escupe la rubia con rabia sacudiendo muy cerca del rostro de Luisa la criaturita de trapo. –Te prometo que me desharé de ella, y seremos hermanas como siempre. –Y que son todos estos alfileres? Todas estas agujas? Eres una perra. Querías matarme? –No, tan solo quería que sufrieras como sufrí yo. Pero si, debo confesarte que desee tu muerte. Esa aguja que atraviesa el centro del pecho de la muñeca, es mortal. No debe retirársele jamás. Por favor, perdóname.
Corina se retira unos pasos y apretando fuertemente la muñeca sujeta con los dedos la aguja clavada en el pequeño pecho -Ahora tú serás la que muera¡. La aguja cae al suelo, Corina también.
25 Mayo, 2010
Lilymeth Mena.
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