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Des-esperanza


En un lugar muy lejano dentro del mas profundo sueño del áfrica, Aisha con la espalda bien recta revuelve el contenido de la enorme cazuela que está sobre el fuego. Sus cuatro hambrientos pequeños esperan con ansia a que la comida quede hecha. Hace un mes que el padre fue a buscar alimento lejos de casa. Aisha espera a que vuelva. Ya nada queda. Las horas pasan y la comida continua hirviendo sobre las incansables llamas. Con una enorme cuchara rustica, Aisha revuelve de vez en cuando el contenido que hace ruido en el fondo, donde se encuentran barro y caldo.
Finalmente los pequeños se duermen de tanto esperar.
Aisha cansada, apaga la lumbre y las piedras al fondo de la cazuela llena de agua dejan de brincar.
Aisha también duerme.
01 Mayor, 2011
Lilymeth Mena.
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Amnesia.

Durante todo ese tiempo me habías engañado con otra mujer. Supe que todo había terminado entre nosotros cuando fuimos a cenar a aquel lugar que tu sabes que me gusta, y ninguno de los dos se atrevió a iniciar charla, siquiera casual u obligada. Evitábamos tocarnos y esquivábamos las miradas del otro. La taza se había roto y como toda pieza delicada de porcelana, era imposible intentar repararla con un poco de pegamento. Por mas restaurada que quedara, en cuanto intentáramos llenarla nuevamente de agua, el vital liquido saldría a chorros por las grietas invisibles para el ojo humano.

Después de esa noche lo demás ha sido muy sencillo.
En una bolsa plástica guardé todas las cosas que tenia en mi posesión y que podían traerme tu recuerdo a la mente sin pedirlo, tus cartas, tarjetas, canciones, regalitos. Incluso el ramo de rosas rojas ya seco por el tiempo, que yo guardaba como cosa preciosa, el mismo ramo que me diste en nuestra primera cita.
De mis paginas sociales borré tu contacto y fotografías, aunque conservé con bastante afecto las amistades en común. De mi celular igual eliminé todo lo que tuviera que ver contigo.
Cuando me di cuenta ya no había nada tuyo en mi vida o en mi paisaje cotidiano. Me cuesta bastante distinguir si fuiste realidad o producto de una mala noche de sueño.
Incluso ahora que ya ha pasado un poco de tiempo, no estoy segura de recordar el lugar exacto en el que enterré tu cuerpo; o si acaso se trata de un deseo de venganza que no llegué a consumar.
Honestamente…no recuerdo.
12 Abril, 2011
Lilymeth Mena.
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Siempre, amor.

Con mucho cuidado me desprendiste de la enorme flor en la que habia nacido. Prometiste cuidarme y amarme para siempre. Dijiste que era tanta la ternura que mis ojos te provocaban, que procurarías jamás estar lejos. Me acercaste a ti y con tu boca grande me mojaste el rostro y el cuello. “Que me parta un rayo si permito que alguien nos separe”.

Me guardaste entonces con sumo cuidado dentro del bolsillo de tu pantalón. Y dijiste que apartir de entonces iríamos juntos a todas partes ¡Te mirabas tan contento!
Yo se que tu no sabias, que no te diste cuenta, que no es tu culpa.
Que el bolsillo tuviera un agujero.
06 Abril, 2011
Lilymeth Mena.
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El seco Lorenzo.

María tenía que recorrer a pie unas cuantas huertas antes de llegar al terreno seco donde vivía su único hijo. Lorenzo era el maestro del pueblo, uno por demás inhóspito y olvidado de dios. Allá arriba en la sierra hay pocos con la requerida vocación, que vuelvan a su tierra a ser profetas luego de haber probado las delicias de las grandes ciudades.

Lorenzo había vuelto convertido en todo un maestro normalista, listo para alfabetizar el sufrimiento de los campesinos pequeños que se escapan algunas horas de sus pesadas tareas, para aprender a leer y el difícil arte del uno, dos, tres.
Lorenzo era un buen hijo pese a su desapego. Cada cheque que recibía era enviado junto con algún alumno hambriento, a la casa materna para sustento de la anciana María. En sus tardes y días libres se dedicaba el letrado a la pequeña huerta del terreno junto a su casa, que le era prestada por el alcalde municipal en su sed de hacer a todos bien visible su gran corazón y profundo concepto de la caridad al prójimo necesitado. Algunos vecinos a diferencia del distinguido alcalde, le hacían llegar cada semana al humilde maestro, leche de vaca, tortillas echas a mano y uno que otro bípedo alado que bien sirviera de caldo o para echar un taco.
María hacía lo posible por sobreponerse a sus reumas y caminar el largo trecho a casa de su hijo una vez por mes. Lo encontraba usualmente asoleado, sin camisa, sin haber comido, y con las manos llenas de tierra negra, trabajando sobre los frutos de la pequeña huerta. Que era la única forma que encontraba de sacar sus frustraciones y gastar más energía que aquella que le exigen a la mente y al cuerpo los desgastados libros de texto.
María y Lorenzo entraban entonces a la casita para preparar algo de comer y cenar juntos. El maestro se enjuagaba pecho y cara sobre una tinaja de agua bien fría y encendía casi en el acto un cigarrillo. Una afición que lo siguió de la capital a su querida sierra. Y que él calificaba no como vicio, sino como complemento para la vida.
-Esa cosa va a terminar por matarte - le decía su madre cada vez que este terminaba un cigarro y encendía otro inmediatamente.
-No madre, te aseguro que es más probable que me muera de soledad y tristeza, a que me mate el cigarro.
De eso último el único que tenia toda la culpa era el mismo Lorenzo. Tantas hijas bonitas le habían presentado los pueblerinos que lo respetaban, como tantas había despreciado por ignorantes.
-Y no es que yo me sienta mucho - replicaba ante las insistencias de su madre por casarlo - pero es mejor solo que mal acompañado.
Aquella noche la vieja María se despedía mas tarde de lo acostumbrado, entre lavar la loza y hervir el champurrado se había entretenido de más.
-Cuídese mucho mijo y ya no fume tanto - le decía mientras plantaba un beso en la frente de su hijo y hacia la señal de la cruz.
Lorenzo ya agotado y bien comido se echaba sobre su catre a releer por enésima vez el capitulo cuarto de su libro favorito.
Y fue así que lo sorprendió el sueño, entre la pagina ciento veinticinco y el dieciseisavo cigarro del día en la mano derecha. Corrección, su cansada mano derecha.
Al día siguiente cuando el maestro no se presentaba a la escuela veinte minutos antes como de costumbre. Uno de los niños corrió hasta su casa para despertar al maestro, que quizás se había quedado dormido.
El escuincle encontró cenizas donde antes se levantaba la casita de Lorenzo, el terreno seco que la rodeaba no había permitido la propagación del fuego.
27 Marzo, 2011
Lilymeth Mena.
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Por siempre Abril.

Esa tarde lluviosa de abril tuve que volver caminando de la escuela a casa de mi abuela como todas las tardes. Aunque atravesar el parque a esas horas no hacia mas que alargarme el camino, algo me obligó a hacerlo. Un tipo de presentimiento, antojo, capricho interno. ¡Yo que se!

La mochila me golpeaba ligeramente el trasero cada que daba un paso, las manos dentro de los bolsillos de mis acabados jeans no hacían otra cosa que encogerse de frio. Con los exámenes finales la migraña y el hambre que tenía tan atrasada, encima me llovía.
Llegando a la esquina que forman la avenida grande y la calle de librerías sentí que pisaba algo mullido con el pie derecho, me devolví un paso y miré en el suelo lo que parecía ser una especie de semilla del tamaño de una nuez, algo suave y peludita.
La guardé dentro de la mano y terminé de recorrer las últimas dos cuadras con esa cosa rodando entre mis dedos.
La abuela me recibió con una toalla pequeña y me dijo que me bañara, no fuera yo a pescar un resfriado. Solo eso me faltaba.
Me preparé un sándwich para ponerme a repasar los apuntes del día. La semillita peluda sobre el escritorio me provocaba una extraña inquietud y la miraba de reojo de vez en vez.
Para la mañana salía ya corriendo por que se me había hecho un poco tarde. Subí al primer autobús que pasó aunque iba bastante lleno. Intenté surfear entre la gente para acercarme a la puerta trasera. Y ahí estabas tú, sentada casi al fondo con tus libros sobre las piernas. Me colgué del pasamanos al mismo tiempo que me diluía en tus ojos, mi mano derecha encontró la semilla dentro de mi bolsillo. No recordaba haberla metido ahí. No se decirte por que, pues jamás he sido esclavo de las explicaciones; pero impulsivamente metí aquella bola peluda a mi boca y la tragué.
Sentí entonces, puro amor.
Es justo decir que te quise desde que te vi.
A partir de ahí mi vida fue una terrible pesadilla. Me levantaba cada mañana con los minutos contados para alcanzar tu autobús, y poder verte lo que dura el trayecto de diez calles a mi escuela.
Entre el mal comer, la presión de los exámenes finales, perseguirte y un extraño mal que me aquejaba físicamente, mi cuerpo y mente estaban notoriamente disminuidos.
Por las noches una fiebre muy alta me atacaba y no había mañana que no despertara besando el excusado. De madrugada mientras intentaba dormir escuchaba el aleteo de un mosquito muy cerca de mi rostro. Inútilmente encendí la luz varias noches seguidas intentado dar con él para aplastarlo. Nunca lo vi. En cuanto ponía las sienes sobre la almohada, el aleteo y el zumbido del infeliz me sonaban fuertemente haciendo eco en mi cerebro.
Lo único que ponía un poco de freno a mi miseria, eran aquellos divinos segundos diluido en tu mirada, extraviada en el paisaje urbano tras el cristal del autobús.
Cuando perdí seis kilos la abuela me metió una purga obligada.
Ya no sabía si era deberás doloroso o simpático intentar adivinar por que eran las migrañas y el cansancio, si por que se me iba la vida en vómitos o por que el pinche insecto zumbador no me dejaba en paz. Cada noche el mismo rezumbar en mi cabeza.
Una mañana de esas en que yo ya no esperaba nada, ni arrastrarme para verte siquiera; me fui directo al excusado. Me arrodillé y me preparé para mi cascada matutina, ya sin luchar, sin poner ninguna resistencia a esto que me estaba matando.
En lugar de fluido sentí algo rasposo trepar por mi garganta. ¡Sácalo! – me dije a mi mismo intentado con la poca voluntad que me quedaba pujar un poco para sacar aquello.
Mi mano sobre la boca alcanzó a detener un bicho que todo aturdido salía de mis entrañas. Casi del tamaño de una moneda de a diez lo sostuve sobre la palma extendida. Lo miré, me miró, lo miré de nuevo, y en lugar de aniquilarlo despiadadamente por todo lo que me había provocado, lo coloqué en la cornisa de la ventana y lo vi volar hacia afuera.
Jamás en la vida volví a sentir aquel amor que me perdía.
Tampoco volví a verte.
"Para ti, que siempre estás aunque no quieras".
15 Marzo, 2011
Lilymeth Mena.
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Mamita querida.

Venia retrasado para su cita como de costumbre. Quince minutos que tendría que reponerle en la consulta siguiente sin ninguna excusa. La puerta se abrió de un de repente y dejo pasar el fresco de la llovizna y su nefasta presencia arrastrando los pies como solo él sabia hacerlo, con toda la parsimonia y pesadez del universo. Se disculpó por el retraso, su internado en la sala de urgencias del hospital vecino le concedía siempre el perdón.

Desde hacia dos meses sus quejas eran las mismas, trabajaba mas horas de las que podía soportar el cuerpo y dormía muy poco. Luego de examinar su rutina y las causas aparentes para su incomodidad nocturna; me quedó claro que su madre lo exasperaba. La mujer no hacia otra cosa que llamarle por teléfono a cada hora para saber como se encontraba.
El pobre recién graduado de la facultad de medicina era hijo único, su madre lo había criado ella sola luego de que el padre los abandonara, jamás se habían separado más de lo que se puede separar uno para acudir regularmente a clases, y gozar de alguna piadosa relación clandestina con alguna compañera de sexto semestre.
Ahora alejados el uno del otro con tierra de por medio debido al internado del futuro brillante medico, la señora se ocupaba de cuidarlo con sus llamadas de larga distancia.
Me había propuesto comunicarle de mi diagnostico unos minutos antes de terminada la sesión, para luego canalizarlo con un colega especializado en relaciones destructivas. Ya que mi especialidad son más bien los trastornos del sueño, creí oportuno indicarle que su malestar no calificaba para mi programa. Su molestia era externa y real así que debía tratarse como tal.
Antes de que tuviera tiempo de comentarle mi conclusión, su teléfono sonó y él haciéndome una indicación con el dedo índice elevado en el aire, contesto casi de inmediato sacando el celular del bolsillo delantero de su bata blanca.
-Hola, mamita querida ¿Como estas? ¿Que estas haciendo?
07 Marzo, 2011
Lilymeth Mena.
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Canibalismo puro.

Al recobrar la conciencia me vì atado de pies y manos a un poste grueso de bambúes. A unos metros de mi, el enorme perol elevado sobre el fuego ya hervía el agua. Mis custodios eran un par de aborígenes negros de muy corta estatura. Con cabellos hirsutos y taparrabos groseros. Rostros de facciones muy acentuadas y pintura en color blanco y rojo. Eso a lo que llamamos “pintura de guerra”. ¿Guerra? ¿Pero cuando les hice yo la guerra? ¿En que pudo ofenderlos un insignificante estudia bichos como yo?.

Intenté moverme un poco para ver que posibilidades tenia de desatarme y aprovechar algún descuido, pero mis guardianes dándose cuenta de mi treta, me picaban con la punta de sus pequeñas lancitas en los dedos de los pies.
Entonces se escuchó una estruendosa voz, como venida del cielo; que le gritaba a los negritos que me picoteaban.
-Pacoooooooo, Jimenaaaaaaaaa. Ya métanse, dejen de dar lata.
Aun con toda la impotencia y confusión que sentía dada mi condición, tuve tiempo de pensar para mis adentros, que extraños eran esos nombres para un par de africanitos.
Los dos armados parecieron hacer caso omiso a la voz del mas allá, sin sentir ni tantita piedad de mis miembros ya sangrantes, seguían picándome con sus puntas afiladas, tan afiladas como diminutos colmillos.
La alarma del despertador me sacó del sueño en una terrible sacudida, mi pequeño corazón palpitaba acelerado. El gato me mordía inmisericordemente los dedos de los pies por encima de la sabana, tuve que darle un bofetón para que se apartara de mi carne jugosa.
Por la ventana se colaba la ronca voz de mi odiosa vecina, llamando a sus taimados hijos que seguramente estarían haciendo de las suyas en el patio.
-Pacooooooo, Jimenaaaaaaaaa. Ya métanse, dejen de dar lata.
24 Febrero, 2011
Lilymeth Mena.
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Tacones altos.

Faltaban apenas unos minutos para las dos cuando tomó su puesto en la esquina acostumbrada. Hacia dos meses que acudía sin falta desde que la descubriera; a la misma hora, en el mismo lugar. La gente caminaba hacia el norte sobre la acera. Cientos de pares de pies caminando en tropel para entrar en fila a la estación del subterráneo.

Las dos en punto y nada.
Se le habría hecho tarde. Pero no es normal en ella. Ella.
De continuo escaneaba a la multitud para encontrarla, y filtraba los sonidos de la calle. En un instante todas sus funciones se dejaron arrastrar por el melodioso eco de sus tacones altos.
La cabellera oscura subía y bajaba por el aire a cada movimiento de su cadera. La mano derecha sostenía graciosamente la correa del bolso sobre el hombro, la izquierda se guardaba del frio dentro del abrigo. Labios rojos. Ojos brillantes. Piernas largas.
No podía apartar la vista de tan hermosa aparición. Mientras, dentro de su cerebro, los circuitos y el sonido de alarma no paraban ese odioso “beep…beep…beep”.
En la pantalla interna una ventana emergente alertaba sobre una falla momentánea en el sistema, sin raíz lógica:
Error CiP27954 – No computa
No computa
No computa…_
21 Febrero, 2011
Lilymeth Mena.
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Suelo negro.

Con la trompa y sus cuatro patas anchas como troncos; el elefante se defendía del par de leones que le atacaban. Los felinos daban de brincos intentando trepar hasta el cuello, que está por demás decir que era tan grueso y alto que ni con la ayuda de dos leones mas habrían podido de veras mallugarle.

Las garras mininas tiraban zarpazos que sonaban como espadas cuando rebanaban el aire. La trompa de pelos hirsutos y cortos se tendía contra el mismo aire rebanado para estremecerlo sobre los lomos y costados del par de atrevidos.
Mientras tanto, de lo más profundo de la tierra salían excitadas las hormigas por millares. El temblor provocado por la batalla las había instado a buscar el barullo. Con ojitos redondos y negros como semillas infecundas, las hormigas se agolpaban unas sobre los lomos de las otras para admirar aquella belleza y bravura. El temple que casi se les antojaba como armadura impenetrable.
A cada ataque de los leones había respuesta pronta del elefante que provocaba cada vez mas admiración y fauces abiertas entre las mas pequeñas criaturas de la jungla.
Ya cansados y bastante lastimados, el par de gatos tuvo que admitir su derrota y practicar la graciosa huida.
El elefante mantuvo firmes postura y mirada.
Las hierbas crecidas cubrieron la retirada de los melenudos derrotados.
Con la trompa ya mas quieta, el elefante se echaba encima tierra fresca para calmar los arañazos también frescos.
Con sus diminutos cerebros hinchados de fe y pasión, las hormigas habían decidido adorar a este ser todo perfección. La hormiga reina se veía ahora torpe junto a tremendo monumento viviente del coraje y la decisión.
El elefante con algo de hastió en la mirada quiso entonces cobijarse bajo alguna sombra piadosa que le brindara un poco de relajo. Con pesados pasos se dirigió hasta donde estaba aquel árbol alto y se sentó sobre el suelo ennegrecido por un pequeño tapete de hormigas.
12 Febrero, 2011
Lilymeth Mena. 
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Amigas.

Clara mecía el columpio y se reía a carcajadas. Con cada empujar de sus bracitos, el columpio tomaba mas velocidad en el aire y tanta altura que casi tocaba la copa de los arboles.

Clara preguntaba a Sissi casi a gritos si quería que la meciera más fuerte. Sissi respondía que si, siempre decía que si; era su mejor amiga y entusiasta cómplice de travesuras. Jamás la dejaba sola.
El subir y bajar provocaba una marea de risas y emoción.
Cuanto más alto, más alboroto.
La puerta de la casa se abrió con un rechinido de bisagras. La madre de Clara se sacudía las manos sobre el mandil, preparándose para interrumpir la fiesta con uno de sus acostumbrados gritos y su mal humor.
-Claraaaaa. Deja ya de ensuciarte ese vestido y ven a comer. Tu padre no tarda en llegar. ! Apúrate ¡
La pequeña, frunciendo levemente el entrecejo, detuvo el columpio vacío con una sola mano.
-Ven, Sissi. Vamos a comer.
29 Enero, 2011
Lilymeth Mena.
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