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Repetición

Como si los chicos Universitarios no tuviésemos vida social, otra vez nos dejan mucha tarea para el fin de semana. Sobre todo la maestra de literatura que me da en la nariz que tiene algo contra mi, cada vez que pasa lista y menciona mi nombre, me echa una miradita de “te odio maldito” que realmente ni siquiera intenta disimular.



Es viernes por la noche y tendré que abstenerme de salir para hacer toda mi tarea de una vez y tener libre el fin. Son los dos únicos días que puedo ver a Sandra, entre servir, limpiar mesas y los exámenes no me queda margen para mucho más.
A ver…Kafka y su chingada Metamorfosis.
Tengo que leer y escribir en quinientas palabras mi interpretación personal, no parece gran cosa.
Comencé a leer con autentico desgano, aunque la triste suerte del pobre Goyo me pareció no solo descabellada, sino injusta. Me reacomodé la almohada cuando su madre llamó a la puerta; casi sentí ese nerviosismo que me da cuando mi propia madre toca y yo estoy en alguna situación incomoda.
En ese justo momento y como por arte de algún embrujo mi madre golpeaba mi puerta.
-Luchooooo, apúrate que ya vamos a cenar
-No tengo hambre, má. Tengo que terminar mi tarea
-Como quieras, nomas no te duermas tan tarde
Seguí en mi lectura y conforme el pobre de Goyo batallaba por ponerse en pie y entender un poco lo que le sucedía, yo comparaba su tragedia con mi propia fútil existencia.
Al final no pude menos que sentir real compasión por el destino de Goyito. Que padres tan indiferentes, que vida tan corta y que final tan miserable. Intenté no recordar todas las veces que me he sentido incomprendido y fuera de lugar. Pero siempre me ha parecido que la forma de compasión mas horrible es la auto indulgencia, así que no quise seguir con esos pensamientos tan patéticos. Alcancé a escuchar los pasos de mi padre en el corredor y el apagador de la luz. Estiré la mano y apagué la lámpara de mi mesita de noche.
La luz del medio día que ya se colaba por la cortina fue lo que me despertó, alguien tocaba el timbre de la casa y los perros ladraban en el patio de atrás. Mamá arrastraba los pies con las sandalias de baño todavía puestas para salir por el periódico.
Me estiré todavía sobre la cama con la espalda pegada a mis arrugadas sabanas, y en lugar de el ruido gutural y matinal que esperaba escuchar salir de mi garganta, escuché una especie de fuerte zumbido.
De inmediato recordé a Goyo y la manera en que despertó aquel fatídico día.
Traje las manos lo mas cerca de mi cara posible solo para darme cuenta de que no eran manos, sino unas patitas delgadas y peludas que temblaban tan velozmente que era casi imperceptible.
Pensé que se trataba de un sueño debido a mi lectura de anoche y a la fuerte impresión que me había causado en lo personal. Quise ponerme de pie y para mi sorpresa yo no luchaba como Goyo, tenía unas enormes y pegajosas alas que me permitieron salir de la cama con asombrosa facilidad. Vi la ventana a medio cerrar y con las pobres medidas que tenía de mis aproximadas dimensiones actuales, calculé que me seria posible salir volando, y así lo hice.
Volé hasta el costado de la casa y entré de nuevo por la ventana de la cocina por la que ya escapaba el olor a comida, mamá estaba parada frente a la mesa picando verduras sobre la desgastada tabla de madera. Me acerqué lo más que pude al oído de mi madre para decirle lo que sucedía.
-Soy yo mamá, tu Lucho. No se que fue lo que sucedió pero esta mañana cuando desperté escuché un zumbido, mis manos no eran manos, sino estas patitas peludas, y entonces salí volando por la ventana…
Mamá enrolló el periódico y lo levantó en el aire.
18 de Junio, 2011
Lilymeth Mena.
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Perdón por la tristeza.

Tal como sucede con muchos hombres que han sido desde el inicio de sus vidas, exitosos, mimados y adinerados; Víctor tenía muy malos modales, terribles ataques de vanidad y pecaba de soberbia. No tenía amigos pues consideraba su amistad demasiado importante para dársela a cualquiera.

Como único heredero de la fortuna familiar y de la empresa que fundara su padre, sus días se debatían entre el trabajo y una mala relación amorosa. Mala, por que el poco tiempo que él le dedicaba a su seductora novia no parecía ser el suficiente, y ella siempre encontraba con quien entretenerse.
Así pues pese a tener más de lo que un hombre común pudiera desear, el muchacho tenía un alma vieja y agria.
Al llegar a casa los únicos que lo esperaban eran el valet y su perro. Mientras Víctor se sentaba cómodamente a relajar el cuerpo, el valet le traía en una charola de plata un coñac con hielo, le quitaba los zapatos y ponía un paño fresco con loción sobre su frente.
El perro se echaba a un lado y lamia la mano flácida de su amo que caía por encima del brazo del sillón.
Después de un discreto intento del valet por hacerle platica a su señor incitándolo a hablar del clima, del pesado trabajo o de su infiel prometida, parecía que esta noche no era la indicada para desahogarse con el hombre a su servicio, así que le despidió haciéndole notar que él no llegaba a casa para platicarle sus problemas a un valet con cara de pocos amigos “No se que te pasa esta noche que tienes encima un aire deprimente que solo consigue que me ponga de peor humor”. Enseguida se levantó el señor y se fue a su recamara. El valet se inclinó un poco hasta que la puerta se cerró.
Al día siguiente en la oficina le fueron entregadas a Víctor todas las facturas del mes, que debía firmar para ser enviadas a contabilidad. Entre ellas notó una del día anterior por un arreglo de flores.
- Pero, yo no he pedido que le envíen flores a nadie - dijo en tono áspero a la asistente por el intercomunicador.
-Ya lo se señor, yo me tomé el atrevimiento de enviarlo por usted
- ¿Y a quién? …si se puede saber
- A Adolfo su valet, ayer hace un año que murió su esposa.
29 Mayo, 2011
Lilymeth Mena
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El gato sabio.

Afuera del viejo y roído edificio pasaba una de las más importantes avenidas de la ciudad. Como la estación del metro quedaba justo en la esquina, el ir y venir del tráfico y transeúntes era cosa común. La vecina que habitaba el departamento de la planta baja y administraba el edifico, poseía un gato pardo que tenia por mas grande disfrute sentarse sobre la cornisa de la ventana a contemplar la vida. Todos los días el gato miraba pasar a la gente, los autos, las aves, y a los vendedores de maní con sus escandalosos carritos. Igual, parecía vigilar la entrada y la salida de las personas al edificio, algunos vecinos que bien sabían de su rutina, al mirarlo en su lugar habitual lo saludaban con un gracioso “Hola Margarito”.

Ernesto y Andrea eran una joven pareja de recién casados que vivian en el tercer piso. Como sucede frecuentemente con las parejas de enamorados, a ella le gustaba enojarse por pequeñeces; entonces le montaba al pobre y paciente Ernesto un berrinche, ella azotaba la puerta y salía a la calle esperando que el compungido muchacho saliera corriendo tras ella para pedirle perdón.
Una tarde después de comer, Andrea hizo uno más de sus acostumbrados berrinches de niña mimada. Azotó la puerta como gobernaba su costumbre y salió a la calle dando pasos grandes y agitados. El confundido y desorientado Ernesto salía esta vez unos segundos mas tarde que su amada, con lo que no alcanzo a ver si su encaprichada esposa había doblado a la izquierda o a la derecha.
Ernesto se sacudió nerviosamente el cabello con las manos y miró desesperado en ambas direcciones. Como unos minutos antes había caído una copiosa lluvia de mayo, la calle estaba bastante solitaria ¿hacia donde correr? Pensaba Ernesto.
Entonces levantando la mirada se encontró con la del gato, que pestañeando perezosamente se reacomodaba en su lugar.
- Eh, Margarito ¿tú no habrás visto por donde se fue?
Ya que no tienes dignidad, se fue por allá.  
Señaló el gato con la pata derecha.
25 Mayo, 2011
Lilymeth Mena.

Des-esperanza


En un lugar muy lejano dentro del mas profundo sueño del áfrica, Aisha con la espalda bien recta revuelve el contenido de la enorme cazuela que está sobre el fuego. Sus cuatro hambrientos pequeños esperan con ansia a que la comida quede hecha. Hace un mes que el padre fue a buscar alimento lejos de casa. Aisha espera a que vuelva. Ya nada queda. Las horas pasan y la comida continua hirviendo sobre las incansables llamas. Con una enorme cuchara rustica, Aisha revuelve de vez en cuando el contenido que hace ruido en el fondo, donde se encuentran barro y caldo.
Finalmente los pequeños se duermen de tanto esperar.
Aisha cansada, apaga la lumbre y las piedras al fondo de la cazuela llena de agua dejan de brincar.
Aisha también duerme.
01 Mayor, 2011
Lilymeth Mena.
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Amnesia.

Durante todo ese tiempo me habías engañado con otra mujer. Supe que todo había terminado entre nosotros cuando fuimos a cenar a aquel lugar que tu sabes que me gusta, y ninguno de los dos se atrevió a iniciar charla, siquiera casual u obligada. Evitábamos tocarnos y esquivábamos las miradas del otro. La taza se había roto y como toda pieza delicada de porcelana, era imposible intentar repararla con un poco de pegamento. Por mas restaurada que quedara, en cuanto intentáramos llenarla nuevamente de agua, el vital liquido saldría a chorros por las grietas invisibles para el ojo humano.

Después de esa noche lo demás ha sido muy sencillo.
En una bolsa plástica guardé todas las cosas que tenia en mi posesión y que podían traerme tu recuerdo a la mente sin pedirlo, tus cartas, tarjetas, canciones, regalitos. Incluso el ramo de rosas rojas ya seco por el tiempo, que yo guardaba como cosa preciosa, el mismo ramo que me diste en nuestra primera cita.
De mis paginas sociales borré tu contacto y fotografías, aunque conservé con bastante afecto las amistades en común. De mi celular igual eliminé todo lo que tuviera que ver contigo.
Cuando me di cuenta ya no había nada tuyo en mi vida o en mi paisaje cotidiano. Me cuesta bastante distinguir si fuiste realidad o producto de una mala noche de sueño.
Incluso ahora que ya ha pasado un poco de tiempo, no estoy segura de recordar el lugar exacto en el que enterré tu cuerpo; o si acaso se trata de un deseo de venganza que no llegué a consumar.
Honestamente…no recuerdo.
12 Abril, 2011
Lilymeth Mena.
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Siempre, amor.

Con mucho cuidado me desprendiste de la enorme flor en la que habia nacido. Prometiste cuidarme y amarme para siempre. Dijiste que era tanta la ternura que mis ojos te provocaban, que procurarías jamás estar lejos. Me acercaste a ti y con tu boca grande me mojaste el rostro y el cuello. “Que me parta un rayo si permito que alguien nos separe”.

Me guardaste entonces con sumo cuidado dentro del bolsillo de tu pantalón. Y dijiste que apartir de entonces iríamos juntos a todas partes ¡Te mirabas tan contento!
Yo se que tu no sabias, que no te diste cuenta, que no es tu culpa.
Que el bolsillo tuviera un agujero.
06 Abril, 2011
Lilymeth Mena.
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El seco Lorenzo.

María tenía que recorrer a pie unas cuantas huertas antes de llegar al terreno seco donde vivía su único hijo. Lorenzo era el maestro del pueblo, uno por demás inhóspito y olvidado de dios. Allá arriba en la sierra hay pocos con la requerida vocación, que vuelvan a su tierra a ser profetas luego de haber probado las delicias de las grandes ciudades.

Lorenzo había vuelto convertido en todo un maestro normalista, listo para alfabetizar el sufrimiento de los campesinos pequeños que se escapan algunas horas de sus pesadas tareas, para aprender a leer y el difícil arte del uno, dos, tres.
Lorenzo era un buen hijo pese a su desapego. Cada cheque que recibía era enviado junto con algún alumno hambriento, a la casa materna para sustento de la anciana María. En sus tardes y días libres se dedicaba el letrado a la pequeña huerta del terreno junto a su casa, que le era prestada por el alcalde municipal en su sed de hacer a todos bien visible su gran corazón y profundo concepto de la caridad al prójimo necesitado. Algunos vecinos a diferencia del distinguido alcalde, le hacían llegar cada semana al humilde maestro, leche de vaca, tortillas echas a mano y uno que otro bípedo alado que bien sirviera de caldo o para echar un taco.
María hacía lo posible por sobreponerse a sus reumas y caminar el largo trecho a casa de su hijo una vez por mes. Lo encontraba usualmente asoleado, sin camisa, sin haber comido, y con las manos llenas de tierra negra, trabajando sobre los frutos de la pequeña huerta. Que era la única forma que encontraba de sacar sus frustraciones y gastar más energía que aquella que le exigen a la mente y al cuerpo los desgastados libros de texto.
María y Lorenzo entraban entonces a la casita para preparar algo de comer y cenar juntos. El maestro se enjuagaba pecho y cara sobre una tinaja de agua bien fría y encendía casi en el acto un cigarrillo. Una afición que lo siguió de la capital a su querida sierra. Y que él calificaba no como vicio, sino como complemento para la vida.
-Esa cosa va a terminar por matarte - le decía su madre cada vez que este terminaba un cigarro y encendía otro inmediatamente.
-No madre, te aseguro que es más probable que me muera de soledad y tristeza, a que me mate el cigarro.
De eso último el único que tenia toda la culpa era el mismo Lorenzo. Tantas hijas bonitas le habían presentado los pueblerinos que lo respetaban, como tantas había despreciado por ignorantes.
-Y no es que yo me sienta mucho - replicaba ante las insistencias de su madre por casarlo - pero es mejor solo que mal acompañado.
Aquella noche la vieja María se despedía mas tarde de lo acostumbrado, entre lavar la loza y hervir el champurrado se había entretenido de más.
-Cuídese mucho mijo y ya no fume tanto - le decía mientras plantaba un beso en la frente de su hijo y hacia la señal de la cruz.
Lorenzo ya agotado y bien comido se echaba sobre su catre a releer por enésima vez el capitulo cuarto de su libro favorito.
Y fue así que lo sorprendió el sueño, entre la pagina ciento veinticinco y el dieciseisavo cigarro del día en la mano derecha. Corrección, su cansada mano derecha.
Al día siguiente cuando el maestro no se presentaba a la escuela veinte minutos antes como de costumbre. Uno de los niños corrió hasta su casa para despertar al maestro, que quizás se había quedado dormido.
El escuincle encontró cenizas donde antes se levantaba la casita de Lorenzo, el terreno seco que la rodeaba no había permitido la propagación del fuego.
27 Marzo, 2011
Lilymeth Mena.
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Por siempre Abril.

Esa tarde lluviosa de abril tuve que volver caminando de la escuela a casa de mi abuela como todas las tardes. Aunque atravesar el parque a esas horas no hacia mas que alargarme el camino, algo me obligó a hacerlo. Un tipo de presentimiento, antojo, capricho interno. ¡Yo que se!

La mochila me golpeaba ligeramente el trasero cada que daba un paso, las manos dentro de los bolsillos de mis acabados jeans no hacían otra cosa que encogerse de frio. Con los exámenes finales la migraña y el hambre que tenía tan atrasada, encima me llovía.
Llegando a la esquina que forman la avenida grande y la calle de librerías sentí que pisaba algo mullido con el pie derecho, me devolví un paso y miré en el suelo lo que parecía ser una especie de semilla del tamaño de una nuez, algo suave y peludita.
La guardé dentro de la mano y terminé de recorrer las últimas dos cuadras con esa cosa rodando entre mis dedos.
La abuela me recibió con una toalla pequeña y me dijo que me bañara, no fuera yo a pescar un resfriado. Solo eso me faltaba.
Me preparé un sándwich para ponerme a repasar los apuntes del día. La semillita peluda sobre el escritorio me provocaba una extraña inquietud y la miraba de reojo de vez en vez.
Para la mañana salía ya corriendo por que se me había hecho un poco tarde. Subí al primer autobús que pasó aunque iba bastante lleno. Intenté surfear entre la gente para acercarme a la puerta trasera. Y ahí estabas tú, sentada casi al fondo con tus libros sobre las piernas. Me colgué del pasamanos al mismo tiempo que me diluía en tus ojos, mi mano derecha encontró la semilla dentro de mi bolsillo. No recordaba haberla metido ahí. No se decirte por que, pues jamás he sido esclavo de las explicaciones; pero impulsivamente metí aquella bola peluda a mi boca y la tragué.
Sentí entonces, puro amor.
Es justo decir que te quise desde que te vi.
A partir de ahí mi vida fue una terrible pesadilla. Me levantaba cada mañana con los minutos contados para alcanzar tu autobús, y poder verte lo que dura el trayecto de diez calles a mi escuela.
Entre el mal comer, la presión de los exámenes finales, perseguirte y un extraño mal que me aquejaba físicamente, mi cuerpo y mente estaban notoriamente disminuidos.
Por las noches una fiebre muy alta me atacaba y no había mañana que no despertara besando el excusado. De madrugada mientras intentaba dormir escuchaba el aleteo de un mosquito muy cerca de mi rostro. Inútilmente encendí la luz varias noches seguidas intentado dar con él para aplastarlo. Nunca lo vi. En cuanto ponía las sienes sobre la almohada, el aleteo y el zumbido del infeliz me sonaban fuertemente haciendo eco en mi cerebro.
Lo único que ponía un poco de freno a mi miseria, eran aquellos divinos segundos diluido en tu mirada, extraviada en el paisaje urbano tras el cristal del autobús.
Cuando perdí seis kilos la abuela me metió una purga obligada.
Ya no sabía si era deberás doloroso o simpático intentar adivinar por que eran las migrañas y el cansancio, si por que se me iba la vida en vómitos o por que el pinche insecto zumbador no me dejaba en paz. Cada noche el mismo rezumbar en mi cabeza.
Una mañana de esas en que yo ya no esperaba nada, ni arrastrarme para verte siquiera; me fui directo al excusado. Me arrodillé y me preparé para mi cascada matutina, ya sin luchar, sin poner ninguna resistencia a esto que me estaba matando.
En lugar de fluido sentí algo rasposo trepar por mi garganta. ¡Sácalo! – me dije a mi mismo intentado con la poca voluntad que me quedaba pujar un poco para sacar aquello.
Mi mano sobre la boca alcanzó a detener un bicho que todo aturdido salía de mis entrañas. Casi del tamaño de una moneda de a diez lo sostuve sobre la palma extendida. Lo miré, me miró, lo miré de nuevo, y en lugar de aniquilarlo despiadadamente por todo lo que me había provocado, lo coloqué en la cornisa de la ventana y lo vi volar hacia afuera.
Jamás en la vida volví a sentir aquel amor que me perdía.
Tampoco volví a verte.
"Para ti, que siempre estás aunque no quieras".
15 Marzo, 2011
Lilymeth Mena.
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Mamita querida.

Venia retrasado para su cita como de costumbre. Quince minutos que tendría que reponerle en la consulta siguiente sin ninguna excusa. La puerta se abrió de un de repente y dejo pasar el fresco de la llovizna y su nefasta presencia arrastrando los pies como solo él sabia hacerlo, con toda la parsimonia y pesadez del universo. Se disculpó por el retraso, su internado en la sala de urgencias del hospital vecino le concedía siempre el perdón.

Desde hacia dos meses sus quejas eran las mismas, trabajaba mas horas de las que podía soportar el cuerpo y dormía muy poco. Luego de examinar su rutina y las causas aparentes para su incomodidad nocturna; me quedó claro que su madre lo exasperaba. La mujer no hacia otra cosa que llamarle por teléfono a cada hora para saber como se encontraba.
El pobre recién graduado de la facultad de medicina era hijo único, su madre lo había criado ella sola luego de que el padre los abandonara, jamás se habían separado más de lo que se puede separar uno para acudir regularmente a clases, y gozar de alguna piadosa relación clandestina con alguna compañera de sexto semestre.
Ahora alejados el uno del otro con tierra de por medio debido al internado del futuro brillante medico, la señora se ocupaba de cuidarlo con sus llamadas de larga distancia.
Me había propuesto comunicarle de mi diagnostico unos minutos antes de terminada la sesión, para luego canalizarlo con un colega especializado en relaciones destructivas. Ya que mi especialidad son más bien los trastornos del sueño, creí oportuno indicarle que su malestar no calificaba para mi programa. Su molestia era externa y real así que debía tratarse como tal.
Antes de que tuviera tiempo de comentarle mi conclusión, su teléfono sonó y él haciéndome una indicación con el dedo índice elevado en el aire, contesto casi de inmediato sacando el celular del bolsillo delantero de su bata blanca.
-Hola, mamita querida ¿Como estas? ¿Que estas haciendo?
07 Marzo, 2011
Lilymeth Mena.
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Canibalismo puro.

Al recobrar la conciencia me vì atado de pies y manos a un poste grueso de bambúes. A unos metros de mi, el enorme perol elevado sobre el fuego ya hervía el agua. Mis custodios eran un par de aborígenes negros de muy corta estatura. Con cabellos hirsutos y taparrabos groseros. Rostros de facciones muy acentuadas y pintura en color blanco y rojo. Eso a lo que llamamos “pintura de guerra”. ¿Guerra? ¿Pero cuando les hice yo la guerra? ¿En que pudo ofenderlos un insignificante estudia bichos como yo?.

Intenté moverme un poco para ver que posibilidades tenia de desatarme y aprovechar algún descuido, pero mis guardianes dándose cuenta de mi treta, me picaban con la punta de sus pequeñas lancitas en los dedos de los pies.
Entonces se escuchó una estruendosa voz, como venida del cielo; que le gritaba a los negritos que me picoteaban.
-Pacoooooooo, Jimenaaaaaaaaa. Ya métanse, dejen de dar lata.
Aun con toda la impotencia y confusión que sentía dada mi condición, tuve tiempo de pensar para mis adentros, que extraños eran esos nombres para un par de africanitos.
Los dos armados parecieron hacer caso omiso a la voz del mas allá, sin sentir ni tantita piedad de mis miembros ya sangrantes, seguían picándome con sus puntas afiladas, tan afiladas como diminutos colmillos.
La alarma del despertador me sacó del sueño en una terrible sacudida, mi pequeño corazón palpitaba acelerado. El gato me mordía inmisericordemente los dedos de los pies por encima de la sabana, tuve que darle un bofetón para que se apartara de mi carne jugosa.
Por la ventana se colaba la ronca voz de mi odiosa vecina, llamando a sus taimados hijos que seguramente estarían haciendo de las suyas en el patio.
-Pacooooooo, Jimenaaaaaaaaa. Ya métanse, dejen de dar lata.
24 Febrero, 2011
Lilymeth Mena.
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