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Fue tan fácil matarte.

Me preparaba para tomar un largo baño de tina, cuando por debajo de la puerta deslizaron un sobre. Antes de acercarme a levantarlo, escuché unos pasos que se alejaban apresuradamente por el corredor. Dentro del sobre había una nota escrita a mano con letra de mujer, en un papel perfumado de color rosa tenue.

Señorita Diana:
Me causa mucho pesar ponerla al tanto de la situación por este medio, pero no soporto ver cuando una dama es burlada. Desde hace unos meses la están engañando. Su prometido no es lo que parece.
Debo confesar que un palpitar acelerado se apoderó de mi corazón. Durante un tiempo estuve inquieta, no sabia si seguir creyendo en tu mirada brillante, en tu linda sonrisa que siempre te imprimía ese aire de gentil bondad. Pero también sopesaba los años que habíamos pasado en buena convivencia, alimentando nuestra relación y haciendo planes para nuestro próximo matrimonio.
Me acordé entonces de la mejor amiga de mi madre, que al sospechar que su marido la engañaba con su secretaria, contrató un detective para seguirlos y confirmar su sospecha. Siempre me pareció que cuando una persona cae en un acto tan denigrante y desesperado, ya no queda en ella nada de amor propio o de dignidad. Tenía que haber otro modo de averiguar que aquello que decía la nota era falso o verdadero, sin que eso me condujera a un tipo bien pagado que te siguiera las veinticuatro horas.
Esa misma noche tu celular vibraba sobre el tocador. Yo miraba en la televisión el noticiario nocturno, y tú te tallabas la espalda bajo el chorro frenético de la regadera. Dios sabe que siempre he respetado el espacio y la intimidad ajenos, pero el impulso por saber de una buena vez la verdad, me orillo a cometer el atropello de mirar el mensaje de texto que acababa de llegarte. Era de una tal Miriam, agradeciéndote la deliciosa comida y el sexo salvaje de la tarde anterior.
En ese momento ya no me importaron ni mi amor propio ni mi dignidad.
A la mañana siguiente escribí una carta para ti y la guardé en un sobre, tuve cuidado de perfumarla; así como la nota apestosa que me avisara de tu engaño por debajo de la puerta, yo te envié la mía con un mensajero a tu oficina.
Querido Diego:
No te mortifiques intentando averiguar como, pero estoy al tanto de tus relaciones con Miriam. Pese a todo yo se que me amas y desearas que aclaremos todo esto. No te tengo rencor, necesito que hablemos. Te espero el viernes a las tres de la tarde en mi casa.
Tu Diana.
Mi plan comenzaba con hacerte sufrir toda la semana, te envié la nota el lunes y te citaba hasta el viernes; conociendo un poco tus reacciones supuse que no te apresurarías a llamarme, te comerías tus ansias hasta que pudiéramos charlar. La zozobra es el mejor aderezo para una venganza tibia. Para el viernes cuando llamaste a mi puerta en punto de las tres ya tenia todo terminado. Te abrí la puerta con la mejor de mis sonrisas, me puse el vestido azul que tanto te gusta, y que yo pienso que es demasiado trasparente. Te hice pasar a la sala y te ofrecí un refresco de limón. Estabas tan extrañado que no podías ocultarlo. Yo me puse a prepararte un sándwich. Esperé a que tú dieras pie a la charla sobre Miriam. “Ah, eso. No, no estoy molesta, no se trata sino de una pequeñez. Además yo se que no volverás a engañarme de ese modo. ¿Por que me quieres, cierto?” Me acerqué y te puse un dedo sobre la punta de la nariz, mientras pestañeaba de manera poco natural y aplastaba mis senos contra tu pecho, tú con cara de incredulidad y todo nervioso, me decías que me amabas, que nunca más se repetiría “aquello”. Jurabas que me amarías de aquí en adelante como ama un hombre.
Entonces te tome de la mano y te conduje suavemente hasta la puerta que da a mi pequeño jardín trasero. “Que bueno que aclaramos todo este lío tan desagradable. Como yo sabia que me amabas y harías lo posible por que nuestro amor funcione, quise echarte una manita. Alejando las terribles tentaciones de tu camino y asegurando que esto no se vuelva a repetir”. Con una mano tomaba la tuya, y con la otra recogía una esquina de la cortina de la puerta, para descubrirte la vista a mi jardín. Sobre la banca de piedra estaba sentado el cadáver de Miriam. Que desde entonces es el mejor adorno para ese pequeño paraíso. He dejado que se seque y lo he conservado sin poder dejar de depositar sobre él, cierto afecto.
Esta primavera cumpliremos veinte años de casados. Y estoy segura, de que me has sido fiel todo este tiempo.
31 Diciembre, 2010
Lilymeth Mena.
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In-prudecia.

Parlanchín seria la mejor palabra para describir a Facundo. Desde muy temprana edad su madre supo que su hijo seria distinto de los otros chicos. Nunca dejaba de hablar. La verdad es que era todo un personaje, contaba chistes, historias imposibles y cuentos extraordinarios. Lo cual le traía personas a su alrededor, que consideraban su “don” como un encanto.

La parte negativa del estado de Facundo (por que siempre la hay), es que tampoco sabía callarse ni el secreto más mínimo. Parecía tener mucho que decir, aunque sus comentarios a veces eran tan elocuentes como exagerados. Era hábil con las palabras y rápido como el pensamiento. Era chismoso e indiscreto, y cuando alguien le hacia algún comentario inoportuno, sabia como usar la lengua para defenderse. La esgrimía como la mejor de las espadas. Así pues Facundo se había ganado por sus encantos, tantos amigos como los que perdiera por los mismos.
Después de una larga farra de fin de semana el auto no encendió. Facundo venia caminando tranquilamente sobre la carretera hacia su casa, cuando así sin mas, escuchó crujir el suelo bajo sus pies. Se detuvo para prestar atención y escuchar de nuevo; el suelo parecía firme, así que siguió avanzando. Luego de tres pasos el suelo se abrió en una gran grieta y Facundo cayó dentro. Cuando se pudo poner de pie se dio cuenta que no había manera de salir sin ayuda. El pozo media unos tres metros de profundidad, sin recovecos para escalar o usar de apoyo. Al principio los gritos de urgencia del muchacho se escuchaban fuerte y claro, pero con el paso de las horas la noche se ennegrecía y era menos probable que alguien anduviera en el camino. Así que Facundo comenzó a hablar consigo mismo (algo que hacia muy frecuentemente) –Pero es que eres un bruto, si escuchaste tronar el camino ¿Por que seguiste de largo? Debías de aprender a ser más observador, mira que caer en un hoyo como este a media noche no le sucede a cualquiera.
En ese momento una pequeña cabecita se asomó al pozo. Una cabecita coronada por un par de graciosos cuernitos, similares a los de una vaquilla.
–Eh ¿hay alguien ahí? Si me escuchas, te pido por favor que me ayudes. Ya tengo aquí abajo como tres horas, Si fueras tan gentil…- De la oscuridad salía de nuevo una silueta que se asomaba para mirar al chico. Cuando Facundo pudo mirar bien el rostro de aquella sombra con cuernos le pareció la de un niño. Apenas unos doce, quizá trece años.
-Voy a ayudarte. Pero antes tenemos que charlar un poco -¿Charlar? ¿Y yo aquí metido? ¿No te parece loco? -Igual y si, pero si no charlamos antes, pues no te ayudo y me voy -No, anda, charlemos. Pero luego me ayudas a salir, eh. -Bueno, según veo eres algo desesperado. Se de ti bastante sin que me digas nada, solo quiero confirmar lo que veo – ¿Lo que ves? Ahora me vas a decir que eres adivino o alguna especie de gurú ¿Por eso traes puesto ese disfraz con cuernos? –Ah, que no es un disfraz, estos son mis cuernos, de a de veras, ya cuando salgas me los tocas si quieres para que veas que son muy míos.
-Ja y entonces, si son tus cuernos no me vas a salir con que eres un diablito – ¿Diablito? Me parece un nombre bastante infantil. Soy un demonio. Y pues mira, no quiero ser tosco pero hoy no tengo mucho tiempo para perderlo contigo. Te voy a decir como están las cosas. Tú caíste negligentemente a un pozo de tres metros a un costado de la carretera; ahí abajo no puede verte ni oírte nadie, y estando en el kilómetro 52 veo muy difícil que alguien de contigo y te saque del embrollo en el que tú solo te has metido. Así que te propongo un trato. Dadas tus agudas observaciones me has facilitado tu lectura, y veo que eres tal y como me imagine, así que este es el trato. Tú me prometes que no vas a decir palabra alguna durante los siguientes tres días con sus respectivas noches, y yo te saco inmediatamente de ahí – ¿Pero quien te has creído tú demonio de porra para venir a negociar con mi desventura? Acaso tu ayuda no es meramente desinteresada. Digamos que no logro estarme callado los tres días ¿Cual seria el precio entonces? –Mira que no eres tan tonto, tienes razón, todos hacemos todo esperando algo a cambio. Veamos…si tú pierdes, me quedo con tu voz. Has sido muy insensato y mal agradecido de los dones que te fueron dados al nacer.
Por primera vez, Facundo no dijo nada, solo pensaba. ¿Quedarse con mi voz? Pero si es lo único que tengo; no soy guapo ni talentoso, ha sido mi facilidad de palabra la que me ha llevado a donde estoy. A mi trabajo de abogado que disfruto tanto. Fuera de eso, no tengo nada. Este cabrón lo que quiere es joderme.
-Que se me hace que fuiste tú quien cavó este pozo para que yo cayera en él, y asi pudieras acorralarme en esta cochinada – ¿Pero tú te crees que los demonios no tenemos mejores cosas que hacer, que andar cavando pozos para ver que pendejo cae en ellos? No, Facundo, no te engañes. Este pozo ha tenido tu nombre desde hace mucho tiempo y tan solo lo habías venido esquivando. Pero mira, si no quieres el trato es bien fácil que me lo digas, yo te dejo aquí como si no te hubiera visto nunca, y asunto que terminó –Óyeme no seas barbaro ¿Como vas a dejarme aquí? Podrían pasar días antes que alguien me encuentre. Bueno, esta bien, acepto la apuesta. Me quedo callado tres días y tú me sacas de aquí.
No terminando de pronunciar estas palabras Facundo se miró sobre la hierba verde, el pozo había desaparecido y una vocecita a lo lejos cantaba –No olvides tu promesa.
Dando traspiés por lo que acababa de sucederle y que no terminaba de creer, Facundo llegaba al portón de su casa. De modo torpe introdujo la llave y entró a la antesala. Ahí había una sombra esperándolo. Ni bien se sentaba para sacarse los zapatos, se dirigiò a la sombra – ¿Madre, eres tú? A que ni te imaginas lo que me acaba de suceder - La sombra se puso de pie, la luz de la calle le iluminó medio rostro, era la cara de un niño que le resultó a Facundo, harto familiar –Ya sabia yo que no podrías estar callado, no te preocupes, tan solo tomaré lo que es mío.
Sobra mencionar que no se escuchó respuesta.
22 Diciembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Barriga llena ¿ Corazón contento ?

Sobre las tejas rojas iluminadas por la luna llena; se encontraban el Cirilo y el Margarito, lamiéndose complacientemente los bigotes y las patas. Entre el jamón que el vecino del nueve había tirado en el cesto, y la lata con restos de sardina que la del siete había dejado sobre el fregadero, se habían armado tremenda cena.

Con las barrigas bien llenas y la luna en lo alto, Margarito un gato amarillo con blanco, se preparaba para una noche de contemplación amorosa. Por que todos sabemos, o igual, por si no lo sabes, todos los gatos están enamorados de la luna.
Ya se encontraba pues el Margarito panza arriba con los ojos enternecidos de amor, cuando notó que su compañero no le hacia segunda. Entonces Margarito se sentó sobre sus patas traseras para mirar detenidamente a su amigo.
Cirilo era un gato pardo de ojos tristísimos, los dos se habían encontrado hacia pocos meses en un callejón, hurgando en el mismo bote detrás de la tienda de la señora Clara.
Desde entonces eran amigos, compartían la cena y la luna.
-¿Oyes Cirilo pos que te pasa? Ya tienes días y noches que andas ansina como menso. Espero que no sea por esa gata que te meneaba la colita sobre la barda del callejón, o que te haya hecho daño el jamón verde del vecino. Cirilo en lugar de responder evadía a su compadre para no mirarlo ni responderle. Se hacia el que no oía mientras le dedicaba largas lengüetadas a sus patas traseras.
-Ah, vamos, que si es por ella. Pero si casi ni la conoces, wey.
Esta vez Cirilo lo miró de reojo, luego siguió contemplando la nada, y después de un rato contestó –Quizá y hasta es por eso. Por que no la conozco. Aunque se de ella bien poco, y he estado con ella nomás algunas noches; no dejo de sentir tremendas ganas de buscarla, ganas de estar con ella, es mas, hasta ganas de pensar en ella.
-Vaya, que estas jodido, pobre mi compadre. Pero si ya sabes que todas las gatas son unas cabronas. Lo que tú necesitas es que yo te presente gatitas nuevas. Veras, mañana te voy a jalar de los bigotes hasta la casa de Chon, un gato a todo dar. En su casa hay muchas gatas para que te distraigas. Ya veras como esas ganas de ella, se te van para siempre.
-Veremos, mano. Veremos.
Entonces los dos gatos se echaron panza arriba para mirar la luna, y poder dedicarle en tan sabrosa posición, uno que otro largo maullido. Esos maullidos dolorosos, agudos y duraderos de los gatos enamorados.
Pasadas muchas noches, cuando la luna se encontraba de nuevo redonda sobre el tejado rojo; el Margarito y el Cirilo se terminaban de relamer la lasaña de la vecina del seis.
Entonces Margarito con toda la prudencia que un gato puede tener, notó la ausencia de su amigo. Cirilo se lamia mirando profundamente hacia el callejón. Con esa melancolía que lo caracterizaba. Con esa tristeza en los ojos que era nomás de él.
-Pinche compadre- dijo Margarito con los ojos bien abiertos- tú sigues pensando en esa gata, todavía quieres verla y estar con ella, verdad?
Cirilo continuó de manera indiferente limpiándose los restos de cena de las patas, como si no hubiese escuchado nada, luego se detuvo, levantó el cuello para mirar la luna y respondió. – Si, pero sin ganas.
17 Diciembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Brotes.de impaciencia.

Como todo niño de seis años, Lalo era curioso y juguetón. Constantemente su madre tenía que reprenderlo para apaciguar sus ímpetus. Era vivillo y locuaz. Intrépido y muy inteligente, ya sabía leer y escribir.

Un jueves por la noche mientras su madre jugaba canasta con unas amigas, el pequeño se había dedicado a atar las agujetas de los zapatos de las invitadas entre si. Ya podrás imaginarte el escándalo que se armo cuando la señora Berta quiso ir al baño por enésima vez. Aquellas que quisieron ponerse de pie para ayudar a la amiga en desgracia, no solo no pudieron ayudarle, sino que cayeron sobre ella una tras otra como fichas de domino.
Alicia, madre de Lalo, tenía que ponerle un castigo para que aprendiera a respetar a las señoras que gentilmente le hacen compañía cada semana a su abandonada progenitora.
Así que cada mañana cuando su madre preparaba la comida, el niño debía “limpiar” el arroz o los frijoles para que se echaran a cocer. Con toda pereza el chiquillo comenzaba separando con algunos deditos sobre la mesa, las semillas buenas, de las pequeñas piedrecitas, o las ramitas secas que se cuelan en la bolsa de a kilo. Para Lalo no era un castigo, era un suplicio inaguantable, un total fastidio. El montón de semillas que le daban a limpiar parecía inagotable. La cacerola donde debía poner los granos limpios, no se llenaba nunca.
A veces terminaba durmiéndose sobre la mesa llena de arroz, con los brazos entrecruzados sosteniendole la cabeza.
Con las semillas de frijol era un poco menos aburrido, comenzaba acomodando muchos frijolitos en formación y simulaba que eran soldados preparándose para atacar a los del bando contrario.
Una vez se metió un frijol a la boca, se lo fue pasando de lado a lado con la lengua. Cuando el frijol estuvo demasiado blando, perdió la piel. El sabor del frijol desnudo era extraño y desagradable. Así que lo escupió debajo de la mesa. Muchas otras veces volvió a repetir su descubrimiento, pero en cuanto el frijol soltaba la piel, iba a dar al suelo.
Como Lalito aun no entraba a la escuela primaria. Dedicaba el total de sus días a jugar y explorar en el jardín o en el patio trasero. Ya había sido cazador en África, soldado en una guerra de un país muy lejano a su casa, se había colgado de los tendederos hasta tirar todas las sabanas blancas al suelo, y ya le había cortado las pestañas y los bigotes al señor “Cascabel”, el gato de la familia.
Como todo niño travieso y mal criado, Lalo se negaba últimamente a bañarse. Era como un castigo más. La nana le tallaba fuertemente detrás de las orejas, los codos y las rodillas, hasta dejarlo adolorido y colorado. Cada vez que escuchaba a su madre pedirle a la nana que pusiera agua a calentar para darle un baño, el niño salía disparado a buscar algún escondite. Seguido su plan daba resultado. Lograba evadir el agua y los tallones de la nana hasta por una semana.
Un día la abuela llegó de visita. Cuando la criatura corrió a recibirla y ver sus regalos, la anciana percibió un mal olor en el niño. De inmediato lo envió a bañar diciéndole que no le daría los obsequios que traía para él si no se daba un baño.
Sin otro remedio Lalo se sometió a los tallones inmisericordes de su nana, quien le dijo que ya hacia muchos días no se bañaba y seguramente por eso olía muy mal.
Uno de los presentes traídos por la abuela era un carrito de bomberos de madera con todo y campanita, pintado en color rojo. Lalo se la pasaba horas jugando con él.
Una tarde mientras la abuela bebía una taza de te. El niño se le acercó y la abuela sintió el mismo extraño hedor. La abuela notó que ese olorcillo le venia de las orejas y la nariz, pero no sabia que era.
Esa misma tarde la abuela debía volver a su casa.
Pasaron los días y debido a la poca atención de la madre o lo escurridizo que era el niño, el olor del muchacho empeoró. Y unas extrañas ramitas verdes comenzaron a brotarle de los oídos, la nariz y el ombligo.
Cuando su madre se dio cuenta de este fenómeno, el niño ya era una enredadera con patas.
El medico le explico que el niño se había introducido en algún momento sin que nadie lo notara, algunos frijoles, que con el tiempo habían germinado y brotado.
Alicia estaba tan molesta, que decidió darle un castigo ejemplar.
Desde aquella tarde Lalito se mantiene de pie, casi sin hablar ni moverse, en la sala de estar. Como planta de ornato.
09 Diciembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Preocupaciones de una esposa.

No son los rayos del sol que entran desvergonzadamente por la ventana, ni el perro del vecino que ladra insistentemente; los que me sacan de la cama para buscar las pantuflas con los pies sobre la alfombra. Es el despertador que repiquetea sobre la mesita de noche dando brincos como conejo rabioso. Le pincho la perilla y por fin se detiene. Es increíble que no exista manera más sutil de despertar. Recién leí en la Vanity Fair, que cada vez que el despertador te saca de tus sueños pierdes cinco segundos de vida. En este mundo hay que vivir con el corazón agitado o no es vida. ¿Cuánto perderás cuando te despierta el llanto del bebe? Eso es algo que no dicen las revistas ni los científicos. Mucho que hemos avanzado.

Tengo que partir dos rebanadas para el sándwich de Ron, cada vez hacen el pan mas apretado; no como el que hacíamos en la granja de la abuela con huevos y leche de verdad. Pavo con un poco de mostaza. Nada como la mostaza para realzar el sabor de las aves. Tal vez un poquito de pimienta.
Café negro y frío en el thermo. Una manzana roja.
Sandra Templeton la sobrina de mi jefe, dice que una manzana al día te mantiene sano. Està estudiando enfermeria, lo leyó en un libro de salud e higiene.
Le preparo a Ron la ropa mientras se baña, camisa limpia y planchada; seremos pobres pero limpios. Calcetines, calzoncillos.
Le dejo la lonchera sobre el comedor, yo tengo que llevar al bebe donde mi madre o llegare tarde a servir mesas.
Oh, por poco lo olvido. La sombrilla…por si cae.
02 Diciembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Justicia divina.

Sin poner atención sobre el rumbo que tomaban mis pasos, avancé pesadamente con las manos dentro de los bolsillos del pantalón encorvándome naturalmente hacia adelante. Sobre la cabeza cubierta por rizos despeinados caían gotas frías y gruesas. El adoquín de la calle brillaba con tanta agua venida por torrentes a la tierra sin compasión alguna.

-Pero es que no se puede estar más jodido - me repetía para mis adentros una y otra vez.
Cuando me detuve en la esquina cerca de tu casa, paró de llover.
Por un segundo todo se volvió silencio, una especie de eco sordo inundó mis oídos y la cabeza. Miré hacia todas partes, en la calle no había nadie más que mis ropas y yo hechos caldo.
Entonces del cielo cayó la pluma de un ave negra. Escuché una voz gruesa que me decía ( ¿ u ordenaba ? ) - ¡ Escribe !
No puedo decirte por que, pero sin pensarlo me incliné para recoger aquella oscura prenda, que a diferencia de todo cuanto le rodeaba, estaba seca.
No pude más que obedecer.
Nunca sabré si aquella voz era la de un ser divino que me indicaba la misión gloriosa que me tocaba desempeñar en esta vida; o si era la voz de una paloma negra, que al no poder echarme encima un excremento, me condenaba al peor de los sufrimientos.
30 Noviembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Y se hizo la luz.

"No es el que me hayas fallado
sino el que ya no crea en tí
lo que me ha hecho estremecer..."



Se puso de pie con las rodillas enrojecidas. Justo en el clímax de la desesperación, había visto una luz más brillante que ninguna otra. Las manos sudorosas y la boca seca eran síntoma del nuevo estado en el que había entrado. Era despertar de un letargo que no supo cuando comenzó. El estremecimiento de su cuerpo evidenciaba la conciencia adquirida, ese tipo de conciencia de la que no hay retorno posible. Nada, ni el mundo ni las personas, volverían a ser los mismos. Incluso él ya era otro.
22 Noviembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Piadoso olvido.

Ya se había formado una pequeña abertura entre la madera astillada de la puerta, y la del suelo. Regados por dentro y por fuera, había pedazos de sus uñas rotas de tanto buscar una salida. Solo quien ha sido privado de su libertad y ha tenido por compañeros a la soledad y al miedo, sabe la desesperación que ataca, cuando no se escucha a nadie que venga a liberarnos. Ningún paso que haga eco en el pasillo y que nos acerque a la persona amada, a la luz de la luna, a la hierba del jardín, al canto de las aves sobre el tejado rojo.

Los ruidos de la casa parecían haber quedado mudos de repente, solo para castigar a sus oídos. No existe nada más cruel que el silencio, eso, y el lento caminar del sol cuando no hay más luz que la que entra por debajo de la puerta. En esos instantes levita uno en un lugar sin tiempo.
Te ves devorado por un agujero negro, se te adormece el cuerpo y caes en un sueño que te extrae de toda realidad.
La puerta principal se cerró de golpe.
Te despiertas con una súbita sacudida, el corazón hace el esfuerzo de no salirse de su lugar con tan bruscos golpeteos, tan solo por un instante no sabes donde te encuentras; pero el suelo húmedo y frío te lo recuerdan.
Se escuchan voces y pasos. Entonces la desesperación regresa y vuelves a rascar la puerta, quieres aire limpio, sentir la hierba verde, mirar la luna llena.
Te lastimas de tanto que luchas por hacer que te escuchen. Al final los pasos se acercan y se abre la puerta. Te sientes tan feliz que te dedicas a dar las gracias, tan feliz de ver la luz de nuevo que ya ni recuerdas que tus amos te encerraron por comerte al canario de la vecina.
22 de Noviembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Flechazo.

Su mirada se fundía en el horizonte del mar, donde el cielo y el océano se hacen uno solo. Yo me acerqué con lentitud a su espalda. Su piel blanca deslumbraba aun más bajo la luz del caliente sol. Su talle, su cadera, su cintura, eran invitaciones a acercarse sonambulamente, seductoramente.

Con el aliento a medias, sin fuerza, sin voz.
La voluntad me abandonó con unos pasos dados sobre la arena. Las olas dejaron de moverse. Las gaviotas callaron.
Ella se volvió a mirarme. Oh Dios, es tan hermosa ¡
La perfección de sus hombros terminó de bloquearme los sentidos, sus labios gruesos, se llevaron lo que quedaba de mi cordura.
Cuando su mirada y la mía estuvieron conectadas, ya no supe de mi. Un ligero hormigueo subió por mis pantorrillas hasta la nuca. No me importaba nada. No deseaba nada.
El hormigueo se convirtió en dolor paralizante. No me fue posible estirar la mano para tocarla, al menos.
Me abandoné, no podía luchar contra eso. Era más fuerte que yo.
Antes de entregarme, me permití mirarla por última vez.
Si no podía hacer nada para evitarlo, me llevaría su recuerdo. Aquella mirada furiosa de sus verdes ojos. De un verde profundo. Los parpados ahora me pesan tanto. Parpados de ladrillos, ladrillos de plomo. Plomos de mis deseos más callados. Es tan bella. Tan perfecta. Lo único que cambiaria de ella, tal vez, y solo tal vez, serían las serpientes sobre su cabeza.
09 Noviembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Escarcha cínica sobre la hierba verde.

Se la vivía mirando hacia otro lado. Se ocupaba tanto en hacerse el desentendido que lo lograba a la perfección. Sin embargo las hojas de los árboles caían sobre sus hombros todos los otoños, los inviernos devoraban con su impaciente escarcha la hierba verde bajo sus pies.
Su sonrisa blanca y brillante iluminaba cualquier lugar en donde entrara. Las ventanas se le abrían, casi solas.
Samkara tenia razon, solo envejecemos cuando vemos envejecer a los demas.
Por eso él nunca sobre pasaba el muro a su alrededor. Siempre era la magia de conocerse y la despedida.
La ventana se cerraba tras sus espaldas y se olvidaba por completo de la gente, de las causalidades. Las desesperadas gotas nocturnas, que no cesan de caer sobre el oxidado fregadero. Se lanzaba al vuelo pensando solo en cosas bonitas.
Pero el reloj en la panza del cocodrilo no paraba de hacer Tic Tac.
06 Noviembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Imperfecciones sobre el espejo.

En su cutis de mármol blanco, no existían pecas o marcas. Los arcos de sus cejas acentuaban la belleza de sus ojos verdes, de un verde profundo casi oceánico. Sus redondos labios, pintados ligeramente de un rosado infantil, robaban suspiros a cualquier mortal. En materia ella era perfecta.

Pero nada de lo que le dijeran los demás, podía levantar del suelo su desmedido ego, su enfermiza vanidad.
Nada era suficiente, nunca era demasiado.
Los quirófanos eran los únicos que podían hablarle con una verdad incorruptible. Cada “defecto” que ella encontraba en si, siempre podía desaparecer con la hábil intervención de una mano enguantada en látex.
Nadie sabe hasta donde se puede llegar por alcanzar la perfección, hasta que el dinero y la juventud se acaban.
Ha mandado romper todos los espejos, no sale a la calle ni acepta visitas.
Una sola sirvienta se ocupa de todo el trabajo de la casa.
Es su cumpleaños número cuarenta y ocho, su hermano viene a visitarla, le trae un regalo y le informa que su madre ha muerto el otoño pasado.
Profundamente conmovida, permite que su hermano entre.
El hermano la abraza, ella le da un beso en la mejilla. La luz del cuarto es muy débil, apenas la suficiente para ver la silueta del otro. Su hermano le externa lo difícil que es vivir “allá afuera”. Le cuestiona sobre su distanciamiento con la familia, el por que no tolera tener contacto con el exterior.
Ella enciende una pantalla sobre la mesa que se encuentra a un costado. Su hermano no deja de advertir la belleza de sus facciones, lo suave y terso que luce su cutis, sus labios ligeramente rosados deteniendo un cigarrillo, sus elegantes manos. Le parece increíble que tenga cuarenta y ocho años.
Ella toma una bocanada de su cigarrillo y dice en voz muy baja “No puedo permitir que nadie me vea. No quiero que nadie mire el monstruo en el que me he convertido”.
03 diciembre, 2010
Lilymeth Mena
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Pa’ ti no estoy.

Si ya se que a veces no tienes ganas de seguir aquí. Pero yo no estoy para cumplir caprichos, ni los tuyos ni los de nadie. Y no tiene nada que ver con que tenga o no roto el corazón. Mira que ya muchos antes que tú, han tenido la idiota idea de que pueden tentarme, pero es difícil. No digo que imposible, pero difícil si, muy difícil.

No querrás saber que le sucedió al último pendejo que quiso comprarme, te lo aseguro. Por que si te lo contara, entonces si, tendría que llevarte conmigo. Andar dejando testigos es algo inexcusable.
Además a ustedes los vivos les encanta eso de pensar que todos tienen un destino que cumplir, que cada uno es especial, que cada individuo tiene una especie de misión.
Y pos la verdad a ti todavía no te toca.
Aunque a veces hagas tamaños berrinches, aunque yo tampoco te soporte cuando te pones…como te pones.
Mira, yo no tengo prisa, y cuando estás tranquila, sabes muy bien que tú tampoco. Así que te seguiré esperando.
Igual y es verdad, tal vez tengas una misión, o todavía tienes por ahí un par de cosas "inteligentes" que escribir. Y no te ofendas por que te diga las cosas así a lo bruto. Ten en cuenta que yo los trato a todos por igual, así que, espérate tantito, que ya cuando te toque, vendré por ti. De eso no tengas la menor duda. Me encanta la puntualidad. 
01 Noviembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Baño de Luna.

Caminan bajo la luz de la luna como el par de enamorados que son. Roberta y Nicanor se casaron desde muy chicos, por que “ansina” se acostumbra en su provincia. Por que en su pueblo todos se conocen de toda la vida.

Los pies derechos de ambos, dan el compás a su paseo nocturno. El vestido de ella, ya un poco roído, se mueve a cada lado cuando ella se contonea. El pie derecho de èl se arrastra un poco, por aquel accidente que tuvo a los treinta.
En una esquina del parque se encuentran con un hermoso jardín de flores, todas olorosas, todas coloridas.
Nicanor pone con mucho trabajo una de sus rodillas en el suelo, y con ambas manos recoge algunas flores para ella.
Una espina le lastima un dedo mientras las arranca.
Ella recibe el ramillete con sus dedos largos, se para de puntillas y planta un beso en la frente de su amado.
-Ven, querida. Sentémonos un momento en esta banca, tomemos un instante los rayos de la luna.
Ella se desata una trenza y anuda con cuidado e infinita ternura, el dedo huesudo lastimado de Nicanor.
-Si mi vida, tomemos un baño de luna hoy. Mientras podemos.
01 Noviembre, 2010
Lilymeth Mena.



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Amada mía.

Hacia dos meses que el debilitado cuerpo de Agustín no podía salir de la cama. Conforme venia avanzando Octubre las noches se le antojaban mas frías. Desde el jueves pasado el calentador estaba prendido todo el tiempo. Irma su mujer iba y venia de la cocina al pie de la cama. Sus arrugadas manos le traían de beber, lo cobijaban bien para que conciliara el sueño. La noche de ayer y una antes, tuvo fiebre muy alta, Irma no se apartó de su lado ni un instante. Le ponía paños húmedos y le acariciaba la frente. Le recordaba aquellos paseos que hacían por el campo, cuando los dos tenían veintitantos. Agustín se dormía sintiendo las cálidas manos de su esposa, escuchando el eco de su dulce voz. Por la mañana un dolor agudo en el estomago lo despertaba, Agustín no recordaba cuando había sido su última comida. Cuando comenzó a no retener nada luego de la quimioterapia, y se desgarró el esófago con tanto vomito, decidieron que era mas sano limitarse a una dieta liquida. El medico había venido algún día de la semana pasada, a traerle algunos remedios para el dolor, que en realidad no se lo quitaban. Morfina inyectada cada hora, pero los dolores eran tan fuertes que cada hora ya no bastaba.
–Don Agustín, su condición es terminal. No debiera quedarse aquí. Quiere que llame a su hijo para que venga a cuidarle? Ande, no sea niño. Desde que muriera Doña Irma ustedes no se hablan. No le gustaría volver al hospital? No se quede a morir aquí solo y con pena –Agustín sonreía con las pocas fuerzas que le quedaban a su cuerpo. –Pero doctor, quien le ha dicho que estoy solo?
27 Octubre, 2010
Lilymeth Mena.
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Por si no te vuelvo a ver.

He de haber medido apenas un metro veinte centímetros. La cama de mi abuelo era de esas altas con patas muy gruesas, de las que tienen postes a los lados para el raso. El abuelo había estado enfermo desde que yo me acuerdo, mucamas iban y venían a su alcoba para atenderle y limpiarle. Yo me paraba de puntillas para mirarlo. De mi abuela ni me acuerdo. Mi madre también había muerto hacia mucho, así que en la casa solo éramos hombres, mi padre, el abuelo enfermo y yo. Las mujeres que nos rodeaban eran todas mucamas o doncellas al servicio de la casa. Mi padre que estaba ahora al cuidado de los cultivos de tabaco, era en realidad como un huésped, en ocasiones llegaba solo a dormir y partía otra vez a muy temprana hora. Yo me pasaba las horas vagando por los pasillos de aquel enorme caserío, mirando y remirando los cuadros de los parientes muertos. Las antigüedades que en lugar de decorar, daban un aspecto realmente tétrico a todo el ambiente. El lugar mas alegre quizá, era la cocina; mandada a pintar de un amarillo muy subido que según decía la cocinera, había sido escogido y traído de Francia por mi propia abuela. Por las ventanas entraba mucha luz y el olor a pan recién tostado era una maravilla para mis sentidos.
Una mañana escuché decir a mi nana que el abuelo había empeorado, que se tenia que esperar lo peor, le encargó al ama de llaves que escribiera un telegrama para hacer venir a mi padre.
Aunque las mujeres a cargo de la casa eran muy discretas, era imposible ocultar lo que sucedía. Unas traían y llevaban mantas, agua, esponjas.
La nana me hizo bañar y aunque no era domingo me pusieron mi traje oscuro y mis zapatitos de charol.
Por un instante todo aquel movimiento cesó, no mas pasos presurosos en los corredores, ni cuchicheos. Entonces me llevaron al cuarto del abuelo. Me dijeron con voz muy quedita que tenia que estarme quieto y muy calladito.
Me dejaron sentado junto a la pared entre la cómoda y la cama del abuelo. Mis pies colgaban y yo los hacia mover en círculos.
Una de las mucamas entró a la habitación acompañada de una de las doncellas mas jóvenes, traían un montón de sabanas blancas. Con ellas comenzaron a cubrir todos los espejos de la habitación.
Cuando pasó mucho rato y sentí hambre fui con mi nana y le pedí galletas. Me dijo que tenia que comportarme, que ya habría tiempo después para galletas. Le pregunté entonces por que habían cubierto los espejos? Nana me dijo suavemente casi en el oído, que mi abuelo ya estaba muy grave y que iba a morir. Que no tenia que tener miedo, por que ahora mi abuelo descansaría de todos los dolores que sufría. Me dijo que aquellos espejos debían cubrirse para que cuando el alma de mi abuelo abandonara su cuerpo, no se quedara atrapada en ninguno de ellos. Por que a veces las almas se dejan deslumbrar por las cosas bellas, y no hay nada más bello que un alma mirando su propio reflejo.
Me impresionó tanto lo que me dijo la nana que regresé a mi asiento y me quede muy quieto.
Ya era de noche cuando llegó mi padre todo nervioso y agitado. Venia acompañado de un medico y un sacerdote. En un instante la habitación estaba repleta de gente. Yo no podía dejar de ver al abuelo, esperaba que algo sucediera.
Derepente mi abuelo se agitó muy fuerte, su boca se abrió grande pero no dijo nada, Entonces yo me puse atento, deseaba mirar el alma de mi abuelo elevarse por encima del raso de su cama y volar al cielo. Pero no vi nada.
Luego de eso las cosas siguieron como siempre. Mi padre en las plantaciones, y yo perdido en aquella casa. Para mi cumpleaños número doce me regaló una cámara fotográfica, una polaroid instantánea.
Ahí fue donde comenzó mi amor por la fotografía, por capturar imágenes, colores, las miradas de nana, a la cocinera tostando pan. A donde quiera que fuera yo, iba mi cámara.
Aquella tarde de finales de abril hubo una gran tormenta. Mi padre cayó del caballo y lo trajeron a casa muy grave.
Mi nana se paseaba llorando por toda la casa mientras los médicos lo revisaban, pidieron agua caliente, mantas, alcohol.
Le lavaron las heridas pero nada fue suficiente. Eran las heridas que no se veían las que lo mataban.
Entonces me bañe sin que nadie me lo ordenara, me puse mi traje oscuro y mis zapatos de charol. Entré a la habitación de mi padre y me senté a un lado de su cama. Muchas de las mujeres de la casa lloraban copiosamente. Nana no levantaba la mirada y sumía la nariz en el pañuelo. Esta vez los espejos no fueron cubiertos, tal vez por la premura, por el shock, nadie se acordó de hacerlo.
Yo me quedé muy quieto, esperando, esperando a que algo sucediera como cuando murió el abuelo.
Cuando la tormenta era mas fuerte allá afuera, mi padre infló su pecho con aire y luego lo dejó ir. Entonces un delgado hilo de humo blanco salio de la boca de mi padre y se elevó por encima de mi cabeza; cuando estuvo frente al espejo mas grande de la habitación, se quedó mirandose con los ojos cubiertos de una ternura que yo jamás había visto en él, se le veía tan tranquilo, tan radiante. Yo saque mi cámara y tomé una fotografía. Luego, la figura de humo blanco se disipó en el aire como el último suspiro de mi padre.
He vivido para capturar cosas que muchos jamás verían sino fuera por mis fotografías.
Ahora que tengo 72 años y estoy muriendo, no he permitido que nadie cubra los espejos de mi habitación.
No le quiero negar a mi alma mirarse a si misma antes de partir.
24 de Octubre, 2010
Lilymeth Mena.
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Para tu calaverita.

Teodoro era un hombre denso como pocos. Desde pequeño su madre lo educó cariñosamente, enseñándole a ser bueno, a tratar bien a los demás, a considerar primero las necesidades de los otros antes que las suyas. Le enseño que a las niñas no se les toca ni con el pétalo de una rosa. Y así creció Teodoro rodeado de mujeres que le enseñaban lo dulce de la vida, por que cuando eres niño que mujer no es dulce contigo?

Fue durante su juventud que lo sorprendió aquel despertar terrible. Comenzó a darse cuenta de que las mujeres no son esas criaturas celestiales que él tenía en mente. Descubrió con mucha decepción que las mujeres son caprichosas, mal humoradas, controladoras, incoherentes.
Aun así, nuestro dulce Teodoro se mantuvo firme en su trato con las féminas, siempre cortes, caballeroso, considerado, incluso si unos ojos verdes le sonreían, se podía convertir en ese hombre encantador que no siempre dejaba ver.
Fue solo bajo el hechizo de aquella piel tan blanca, que Teodoro se rindió totalmente. Nada le parecía suficiente para ella, ni siquiera él mismo. Quizá por eso realmente nunca lo fue.
Solo hay dos cosas que el amor no pasa por alto, la falta de imaginación y el que realmente nunca haya sido amor.
Tan solo tres años después Teodoro se quedó solo, con el corazón roto, y una tristeza que poco a poco se convirtiera en la peor de las decepciones. La decepción se volvió coraje y luego ya no quedaba nada más. Pese a que hubo quien le suplicaba por un poco de atención, de su afecto, a él ya no le importaban esas cosas, tal vez, ya no quería que le importaran.
Yo en lo personal, comparto con Teodoro la decepción, el coraje de saber que siempre hiciste lo correcto, que siempre diste todo lo que podías y un pico mas, pero nunca nada es suficiente. Yo se lo que es despertar con ganas de seguir durmiendo, lo detestable que te vuelves para ti mismo intentando ser el de siempre para los demás. Tener que sostener la sonrisa feliz durante todo el día, o al menos mientras los demás te miran. Por que no hay nada peor que sentirte fatal y que encima te hagan preguntas idiotas.
Hoy es sábado, son apenas las diez, Teodoro sale de casa temprano para comprar jugo y algo para desayunar. Llegando al supermercado decide meterse al departamento de discos. Perder el tiempo mirando carátulas viejas le caerá bien. Toma de una repisa un disco ochentero y checa la lista de canciones. De reojo junto a él una figura alargada envuelta en una tunica negra, estira su huesuda mano para tomar el mismo disco.
Teodoro lo mira de reojo sin moverse y casi sin respirar.
Disimuladamente, Teodoro devuelve el disco a su repisa y sale del departamento de discos, al llegar a frutas y verduras toma una cesta y comienza a llenarla de fruta. Cuando levanta la mirada, a solo dos pasillos de donde él se encuentra, está la figura negra, esta vez también tiene una cesta bajo el brazo y pone frutas en ella.
Teodoro se siente ahora realmente incomodo, camina apresuradamente al departamento de farmacia y le pide al encargado unos multivitaminicos. Cuando llega al área de cajas a hacer fila, la figura negra está a unas cuantas cajas de la suya. Cuando la cajera le indica el monto a pagar, Teodoro busca nerviosamente el dinero en su billetera, paga apresuradamente y baja al estacionamiento.
Para poca sorpresa del hombre, la muerte también viene bajando por la rampa con su carrito lleno de víveres.
–Bueno, creo que ya estuvo suave eso de andarme siguiendo ¡ –le dice Teodoro a la muerte en un tono no muy amigable y con la respiración un tanto agitada. –Seguirte yo? –dice la huesuda poniendo el dedo índice sobre su pecho. –Como para que demonios crees que a mi me interesaría seguirte, compadre? –Pues no se, pero ya me pusiste nervioso y de malas, dime de una chingada vez que es lo que quieres. Y si vienes a llevarme, pues llévame y ya pero deja de estarme fregando…y no soy tu compadre ¡. –Ah pero tú crees que quiero llevarte? –dijo la muerte y luego soltó una sonora carcajada. –Mira, Teodoro, cálmate, aunque te has pasado de la raya hablándome de un modo tan altanero. Te aclaro que a mi no me interesa llevarme a gente como tú.
–Gente como yo? –Exactamente.
Teodoro no entiende lo que la muerte le quiere decir, con eso de “gente como tú”, no se supone que todos somos mortales ? Que la muerte tiene que venir a recogernos a todos cuando nos llegue la hora ?
–Podrías, si no fuera mucha molestia, explicarme eso de “gente como yo”?.
–Veras, mi entusiasta Teodoro, yo nunca doy explicaciones. Pero viendo lo agitado que estas, te contaré un poco como está tu situación, y solo por que has bajado tu tono de voz. Aunque lo hayas cambiado por uno tan sarcástico.
A mi no me interesa para nada echar un viaje para llevarme a un tipo como tú, y no es para que te sientas menospreciado por favor. Espero que no seas de esos a los que les gusta gimotear cuando alguien no los quiere. Mira, tu alma hace rato que divaga por un mundo muy lejano al tuyo, tu espíritu te abandonó cuando perdiste por completo la esperanza, y lo poco que te quedaba de integridad, ve tú a saber a donde fue a parar. Lo que queda de ti no es más que un pinche cascaron. Eres un zombie Teodoro.
Realmente no entiendo por que maldita razón te sigues despertando cada mañana. Yo la verdad es que, te llevaría con mucho gusto pero, no tengo espacio para ti.
Así que tendrás que dispensarme por no llevarte. Y si alguna otra vez nos volvemos a encontrar, por que siempre hago mis compras aquí, en mucho te he de agradecer que no me devuelvas el saludo.
La muerte puso una de sus largas manos sobre el hombro de Teodoro, y se fue empujando el carrito del supermercado.
Subió sus bolsas a la cajuela de su camioneta y se fue.
Lilymeth Mena
23 Octubre, 2010.
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Tres no, uno si.

Para encontrarse en el sexto mes de gestación, el vientre de Mariana no era muy abultado. La doctora la hizo bajar de la báscula, que marcaba apenas cuatro kilos más que su peso regular. Aunque su contextura siempre había sido delgada a la doctora le preocupaba mucho. La enseñaba a calcular el peso aproximado que tendría su bebe al nacer, le decía cosas como “tienes que considerar el liquido amniótico, la placenta; al final tu bebe pesara muy poco, necesitas alimentarte mejor”. Enrique su marido, al que llamaba cariñosamente “Quique”; era un hombre bonachón unos años mayor que ella. Se preocupaba tanto por lo que decía la doctora, que se la pasaba comprándole a su mujer cuanto chocho y vitamina se le atravesaban. Llegaba del mercado cargado con botellas de jugo, fruta, carne, dulces, todo aquello que pensaba que podía tentar los antojos de Mariana. Pero la muchacha comía como pajarito, poco y muy escogido.

Eran mediados de mayo, el sol calentaba tanto como los hornos de la panadería de Quique. A las dos de la tarde Mariana solía llevar la comida para su marido y los dos maestros franceseros. Para esa hora la mesa de trabajo estaba llena de masa, harina, barniz de huevo. Los hornos terminaban de dorar las baguettes y los bolillos para en la noche, en la vitrina grande el pan de dulce invitaba con su aroma a echarlo en la bolsa de papel, o meterle una mordida. Esa tarde pasaban de las dos cuando Mariana salía de la puerta trasera de su casa, con charola en mano. Quien sabe si debido a algún mareo, un vagido de esos momentáneos del embarazo; la charola resbaló de sus manos y la mujer terminó vientre abajo en el suelo.
Cuando Quique notó la tardanza de su esposa corrió rodeando la panadería. La encontró todavía boca abajo, sin sentido, bañada en sangre.
La pérdida de ese bebe los mantuvo deprimidos mucho tiempo. La bonita cara de Mariana se notaba demacrada. En sus ojos se adivinaba esa tristeza silenciosa, que guardan algunas mujeres en una parte muy profunda del corazón. Fue dos años después que la adelgazada mujer quedara de nuevo encinta. Esta vez todo seria distinto, Mariana estaba cuidando su peso, comía mejor, se le veía radiante, feliz. Quique no pensaba pasar por lo mismo, contrató a una muchacha para que ayudara con los quehaceres de la casa. Su mujer se dedicaba a tejer, mirar las telenovelas y comer bien. Para el cumpleaños 26 de Mariana su esposo le preparó una comida, todos estuvieron contentos de ver a la pareja tan repuesta. Esa noche luego de que los últimos parientes se retiraran, y que se recogiera la mesa, un dolor intenso los obligo a correr a la sala de urgencias. Cuando llegaron al hospital ya había sangre en el vestido de Mariana, su regalo de cumpleaños. La doctora les explicó que el útero de Mariana tenía algunas malformaciones que habían ocasionado los abortos. Pero una explicación paciente y detallada, no alivia nada. Se les aconsejo no intentar otro embarazo, se les recomendó un especialista en terapia.
Ignorando los consejos, Quique y Mariana intentaron un nuevo embarazo. Él por hacer feliz a su esposa, ella por que no podía rendirse ante de idea de no ser madre. Sus hermanas, todas ellas, tenían tres o cuatro hijos. No era posible que dios le negara un bebe, uno solo.
Pese a que su nuevo medico le realizaba chequeos mensuales, la historia se repetía para el segundo trimestre de gestación. Esta vez Mariana había quedado imposibilitada para concebir. No habría más intentos, ni más fracasos.
Quique se desvivía por consentir a su querida y quebradiza esposa. Mariana realizaba sus labores domesticas como toda ama de casa. Frecuentemente su marido la encontraba con la mirada perdida, como cuando está uno mirando la nada, que se encuentra detrás todas las cosas.
Cuando sus sobrinas crecieron y tuvieron sus propios hijos. Ella les tejía ropita, los cargaba con la mirada vidriosa.
Quique murió a los cincuenta años de un paro cardiaco. Aparentemente causado por su gusto a comerse las utilidades, su hinchado corazón no pudo con tanta grasa saturada de pastel envinado. Mariana ha vendido la casa y la panadería por consejo psiquiátrico, sus nervios no soportarían otro colapso, no estar sola le ayudará a sobrellevar la viudez.
Su hermana mayor se inquieta por que pasa mucho tiempo sola encerrada en su habitación. Como siempre, come poco.
Una noche la hermana va al cuarto de Mariana, la cena esta lista y quieren que baje a comer con ellos, no la han visto en todo el día. La hermana entre abre la puerta.
Mariana se toca el vientre frente al espejo. Sus dedos encrispados acarician la barriga rellena de trapos que la mujer se ha embutido debajo el vestido. “Este tiene que nacer, Quique” Dice la mujer con la mirada perdida en la nada.
19 de Octubre, 2010
Lilymeth Mena.
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Las dos Rebecas.

Los sábados por las mañanas, Rebeca y su madre suelen ir al mercado de pulgas que se pone en la avenida central. Si quieres antigüedades y curiosidades, es ahí a donde debes ir. En esos lugares se encuentra de todo, hasta lo que uno menos se imagina. Cuando Rebeca vio aquel marco de madera tallado a mano no pudo evitar comprar ese espejo. El hombre que se lo vendió dijo que el espejo tenía por lo menos cincuenta años. Se lo había comprado a la hija de una vecina muy anciana que había pasado a mejor vida, y que lo tenia por objeto muy querido.

El espejo quedó postrado perfectamente sobre el tocador de Rebeca. Todas las mañanas la chica salía de bañarse y se sentaba frente a su nueva adquisición. Sin dejar de mirarse, como en una especie de sopor. Se secaba el cabello y se lo cepillaba. Se vestía, se maquillaba. Era como si pudiera ver algo más que su simple reflejo.
Cuando llegaba de la escuela lo primero que hacia era sentarse en el tocador. Dejaba los libros a un lado y se quedaba ahí por largo tiempo. A veces la madre se asomaba a la habitación de su hija, la miraba sentada ahí en febril contemplación, rozando con delicadeza las puntas de los dedos sobre su mejilla. Como si estuviera delante de algo tan hermoso que mereciera ser adorado.
Los meses pasaron y era notable el cambio de hábitos de la joven. Ya no pasaba tiempo con sus amigas, no escribía con la frecuencia acostumbrada en su diario, y su apetito era de contentillo. Aunque se le notaba más delgada, su rostro seguía siendo muy hermoso. Pero, quien no es hermoso a los veinte años?
Mientras Rebeca se admira con la tersura de su piel y sus sonrosadas mejillas. La otra Rebeca, la que vive adentro del espejo la observa con envidia. Esta Rebeca no es como la que se sienta durante horas a adorarse. Aunque físicamente el parecido es innegable, la otra muchacha, la que vive atrapada en un mundo lleno de sombras, tiene ese brillo de inconfundible maldad en los ojos, una mueca perversa que deja juntar un poco de saliva en la comisura de sus labios.
Todo lo que la verdadera Rebeca posee en sentimientos, valores y virtudes. La otra Rebeca también lo tiene pero revertido. Es la versión bizarra, por eso su belleza se nota turbia. Por eso mira con ojos hambrientos su “yo” que está del otro lado. Por que esa tiene lo que ella no.
La luna llena es cubierta ligeramente por un puñado de nubes. Rebeca, sentada en su tocador, cepilla su cabello antes de irse a dormir. Se siente tan suave entre sus dedos y se mira tan brillante en el espejo, que hoy le toma más tiempo del acostumbrado.
Las nubes se apartan con el viento sur poco a poco, dejando caer de lleno la luz blanquecina sobre toda superficie. Un rayo de luna fugitivo pega sobre el espejo de Rebeca, permitiéndole tan solo por unos segundos, mirar a la otra Rebeca dentro del espejo. La chica advierte aquellos ojos vacíos de vida, la mueca macabra que tuerce ligeramente esos labios, los nudillos engarrotados de contener tanto, esa palidez que solo existe en los que no tienen alma.
De un brinco la joven se levanta del tocador y cubre el espejo con su toalla. La luna va quedando de nuevo cubierta por nubes espesas que no cuelan ningún rayo.
Durante los siguientes días Rebeca no sabe si deshacerse del espejo, devolverlo al mercado de pulgas, quizá, regalarlo.
Al final decide romperlo, pensando que aquel es un espejo maldito, y que solo así salvara a cualquier otra persona de mirar lo que ella no desea volver a ver.
Su madre le pregunta que sucedió con el espejo, la muchacha le dice que tuvo que mover el tocador y se rompió por accidente. Para darle una sorpresa, su madre lo remplaza por uno redondo con marco moderno en tono rosa. Rebeca sonríe complacida por el obsequio.
Después de bañarse, Rebeca se sienta frente a su tocador para secarse el cabello. Del lado opuesto, la otra Rebeca la mira con envidia.
09 Octubre, 2010
Lilymeth Mena.
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Cena para dos.

3 kilos y medio fue el peso de la niña al nacer. Una criatura bastante saludable, rolliza y sonrosada. Sus padres miraban con orgullo el regordete cuerpo de su niña en el cunero del hospital. El resto de las recién nacidas eran pequeñitas, frágiles. Le pusieron por nombre Cristina, como la abuela paterna muerta hace años. Con el paso de los meses los padres se maravillaban de lo bien que se desarrollaba la niña, era una criatura bastante brillante y vivaracha. Cuando tuvo tres años su comportamiento sufrió algunos cambios. Cristina tenía un apetito voraz, por que a decir de ella sufría de un hambre persistente. Los padres pensaban que era bueno que la niña comiera tanto, tenían varios casos de sobrinos que eran harto preocupantes. Brenda la hija de la hermana de Marc, el padre de Cristina. Era una niña remilgosa, nada le gustaba y comía bien poco. Su madre tenia que meterle por la fuerza multi vitamínicos para evitar la anemia. Era una niña de brazos flacuchos y cabeza grande.

Las dos niñas tienen ya diez años. Como Brenda y Cristina viven a media cuadra son compañeras de juegos. Juegos que interrumpen frecuentemente por que Cristina toma varios refrigerios durante la tarde, entre la hora de la comida y la cena. Un amigo del padre, medico pediatra. Había diagnosticado a Cristina una fibrosis quística que era la causante de su bestial apetito, para evitar problemas intestinales y de mucosas ya estaba bajo tratamiento, pero el asunto del hambre no parecía tener control. La niña sufría tos y debía llevar un inhalador consigo en caso de necesitarlo. Brenda y Cristina estaban ya acostumbradas a la rutina que las madres, a fuerza de ser madres, van construyendo alrededor de sus hijos. Jugaban por las tardes después de la escuela en el jardín de Brenda. Pero cada cierto tiempo iban a casa de Cristina para que tomara un refrigerio y su medicina. No podían jugar cosas que la cansaran demasiado por el asunto de su tos.
Una noche mientras las niñas jugaban en la sala un juego de mesa, hubo un apagón. La abuela de Brenda llamó al celular de su hija para pedirle que fuera a ayudarla, era una mujer anciana y se había quedado atorada en el garaje que solo tenia puerta eléctrica. La madre de Brenda llamó a la madre de Cristina pero ésta había aprovechado a salir por víveres. Lo más sencillo era dejar a las niñas en la casa, estarían seguras y la mujer podría ir a sacar a su madre del aprieto en el que estaba la anciana agotada de la cadera. Eran las seis cuando la mujer saliò volando. La noche comenzaba a caer como un velo sobre la ciudad.
Las dos criaturas se quedaron contentas, armaron en la recamara de Brenda una carpa con sabanas y palos de escoba. Llenaron el suelo de almohadas y cojines para acostarse sobre ellos. Tomaron la linterna del cuarto del hermano mayor para poder leer libros de miedo. El hermano había salido a su juego de americano, seguramente aprovecharía el apagón para llegar tarde a casa. Luego de dos horas leyendo y jugando Cristina tuvo hambre. Bajaron las escaleras hasta la cocina pero no encontraron nada que pudieran servirse. Las pequeñas intentaron distraerse, sacaron el tablero de damas chinas y se pusieron a jugar sobre la mesa de la cocina. Las dos sentadas sobre sus rodillas.
La ciudad entera era un caos, no había semáforos, cajas registradoras, computadoras. Incluso las gasolineras no estaban prestando servicio. Había un tráfico terrible. Las madres de las niñas se tardaron más de lo imaginado.
Cinco horas después Cristina ya tenía un hambre insoportable, la cabeza la dolía y tenia mucha tos, había tenido que usar su inhalador varias veces. Extrañamente, Brenda se sentía contagiada del hambre de su prima, ella que era siempre tan remilgosilla, ahora sentía tanta hambre que bien podría comerse un caballo entero.
Tal vez era un extraño caso de histeria colectiva, solo de dos.
Cuando la noche se volvió tan oscura como el cabello de Cristina, la niña le dijo en tono amenazante a su prima. –Tengo mucha hambre, Bren. Jamás he estado tanto tiempo sin comer, siento que la cabeza me va a reventar. Voy a tener que comerte- La otra niña la mira con ojos de sorpresa y miedo. Como comerme? piensa. Si no soy un sándwich o un pan de queso.
Cristina abre el cajón de los cubiertos y saca el cuchillo más grande. –Voy a tener que comerte- le repite a su prima que no sabe que hacer. –No, por favor Cristina, no me comas¡ Alguna otra cosa podemos hacer para que te calmes en lo que llega mamá. –Esta bien- dice Cristina con gesto magnánimo – Me conformaré con menos, dame tu corazón, me lo comeré. Nada más tu corazón.
Brenda se acuesta sobre la mesa y permite que Cristina le saque el corazón y se lo coma.
Cristina con los labios aun chorreados de sangre sonríe por haber calmado en algo su hambre. –Tu corazón es lo mas rico que he comido en toda mi vida. Ya no soportaba mas, te lo juro.
Brenda, que ahora ya no tiene corazón, brinca sobre su prima tumbándola en el suelo, y se la come a mordiscos.
01 Octubre, 2010
Lilymeth Mena.
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De color ciclamen.

El techo de la habitación se me viene encima. Pequeñas manchas negras que se hacen mas grandes con cada pestañeo se me ponen delante. Yo estiro las manos pero no puedo pescarlas. Ni una sola. Un delgado hilo de luz entra por la ventana del baño, y da en la pared sobre la cómoda. A ratos mi mirada se detiene sobre las manchas negras, otros, sobre el punto blanco al final del hilo delgado de luz.

Han apaciguado mis miedos y mis necesidades por tanto tiempo, que yo mismo ya no se a lo que temo, tampoco se lo que quiero. Nada se me antoja, nada me motiva, por las mañanas es un milagro si despierto. Mamá se acerca al pie de mi cama. Me incorporo como puedo, me tomo las pastillas que me entrega con su mano derecha, una roja, una blanca, la otra azul, no, más bien, como ciclamen.
Tengo que ir a la escuela, aunque no quiero. En la universidad todos son fatuos, simples, estupidos. No hay con quien charlar. El mundo es un lugar infinito para alguien como yo. Me molestan las cosas sin bordes, sin esquinas, sin orillas, es tan feo no poder acariciar los límites. No más osadía, la rebeldía es cosa del ayer, de los buenos tiempos. Hoy ya todo da igual.
De regreso en casa no ceno. Me quedo en mi habitación hasta que es la hora de dormir. Mamá no pregunta ni molesta, me da de nuevo las pastillas y se retira. Yo hago lo que puedo por concentrarme, terminar el trabajo para la presentación de química. Antes todo era tan fácil. Ahora todo me cuesta tanto. Incluso las cosas mas básicas me agotan, me exprimen, me dejan seco.
Apago mi computadora, las luces, me cepillo los dientes. Mi ropa para mañana está lista sobre el tocador. Me asomo por la ventana. Un perro ladra.
Otra noche de manchas negras en el techo que de pequeños puntos crecen hasta estar como cerditos. El rayo delgado de luz que hoy es más blanco que otras noches. No quiero pensar en nada. No quiero ni soñar, ni dormir. No quiero defenderme, estoy tan cansado. El viento sopla sobre la cortina. Cierro los ojos y trato, de verdad que trato. Pero la voz gruesa que viene de debajo de la cama, no para de hablarme. “Ve a la cocina, coge un cuchillo”.
27 de Septiembre, 2010
Lilymeth Mena.
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Historia Psico-Lógica.

Debo de admitir que la primera vez que Joan entró a mi consultorio no me causó más que una morbosa curiosidad. Su vida estaba repleta de eventos trágicos. Maltrato. Culpabilidad. Ira. Sospechaba que el chico era a no más palabras, totalmente mórbido. Demasiado blando para enfrentarse al mundo de “aquí afuera”. Así que para su propia preservación se había construido toda esta fachada que resultaba algo repelente. Era a simple vista un chico de esos oscuros y raros. Una mezcla que mi hijo adolescente llamara mas tarde, emo-dark. Cabello a leguas mal cortado, despeinado. Perforaciones y piercings en lugares visibles y no visibles. Su ropa siempre era tan rota y parchada como él mismo. Sus mayores líos eran en lo referente a su aspecto y conducta. No era capaz de mostrar el menor respeto a las imágenes de autoridad. Había tenido episodios violentos con chicos y profesores en la escuela. En las primeras consultas su actitud era reservada, hostil, demasiado encerrado dentro de si mismo. Le obsequié entonces un cuadernillo, le expliqué lo que es la escritura libre y le pedí que la practicara. Pese a que su rostro no era nada desagradable, procuraba no mostrar ninguna emoción, no gesticulaba. Por eso me costaba tanto trabajo hacer contacto con su “Yo”. A las dos semanas me fue entregado su expediente completo. Me lo enviaba el último psicologo que lo había atendido, el mismo que pensó que era mejor que el muchacho fuera tratado por un especialista en chicos problema. O quizá, esa fue la manera más sutil que encontró para deshacerse de él.

El expediente era harto rico en detalles. Los padres de Joan eran un par de ex adictos, se casaron cuando no contaban con más de quince años, el chico nació cuando eran aun muy jóvenes como para saber lo que significaba traer una vida a este mundo. Lo que es obligar a un alma pura a degradarse lo suficiente como para decender a nuestro plano. Subrayado en rojo se leía que la madre solía llamarlo “engendro”, y que cuando estaba de mal humor, cosa que era muy frecuente, le gritaba que mejor habría sido abortarlo. Cuando cumplió ocho años, su padre le rompió una costilla, el hombre estaba mirando un partido, el niño quería preguntarle algo. De un manotazo lo tumbo en el suelo. Que puede hacer una criatura contra un hombre de noventa kilos? Joan aprendió del mal modo a ser sumiso, a obedecer cualquier capricho. Aunque eso no le aseguraba no ser golpeado.
Ahora que el muchacho tenía 17 años y era casi tan alto como el padre, el maltrato físico había menguado. Sus padres ya no pasaban de bofetones y malas palabras. Los meses pasaban y yo sentía que no lograba algún adelanto con Joan. Llegaba al consultorio y se sentaba con esa actitud de “me vale madres. El único tonto consuelo que me quedaba era que su actitud hacia mi persona era mejor que para con el anterior medico. Al menos a mi no me arrojaba cosas del escritorio, no me había atacado con su navaja de muelle, ni me había escupido en la cara, aun. Se la pasaba la hora completa ignorándome. Cada lunes debía entregarme el cuadernillo. Sobre esas hojas blancas el chico revelaba todo el odio acumulado, todo ese resentimiento. También dibujaba. Demonios, gente atacando a otra gente, cuchillos, sangre. Mucha sangre.
En la escuela tenia un pequeño grupo de chicos de la misma facha con los que salía por las tardes. Incluso tenía novia y no mostraba actitudes negativas hacia ella. Digamos que conservaba cierta integridad, sabia lo que era bueno y malo. No era un chico malvado. Era indisciplinado con déficit de atención, siempre estaba a la defensiva, era soberbio y muy rebelde. Era cuando alguien intentaba imponérsele cuando reaccionaba de forma violenta, pero no era violento solo por gusto o por querer hacer daño a los demás, era su instinto de supervivencia, eso en si, ya era algo positivo. Cuando lo notaba más tranquilo le cuestionaba sobre su cuadernillo. Recuerdo que una vez susurró “El mundo es un lugar extraño”, pero lo dijo como si yo no estuviera ahí. Cuando le pregunté sobre sus padres y lo que sentía por ellos me respondió sin mirarme. “Los odio”.
Se convirtió mi prioridad librarlo de eso que sentía, para que pudiera estar mejor consigo mismo. Al cabo de un año, digamos que ya era posible sostener una charla. Seguía sin hablarme mucho pero ya se mostraba receptivo y respondía. Decidí cambiarle la medicación. No creí necesario mantenerlo reprimido, mas bien lo quería relajado. Uno de esos días me contó sobre una beca que esperaba ansiosamente. Deseaba entrar a esa universidad y poder dejar el hogar de sus padres. Supuse que me lo contaba por que si bien no habíamos formado vínculos como para ser amigos, tampoco me detestaba como a sus médicos anteriores, no creía caerle del todo mal. Le desee sinceramente que ganara la beca. No dijo nada.
Un viernes por la noche recibí una llamada del hospital. Joan había ido a buscarme, no teníamos cita pero él insistía en verme. Se levantó en cuanto sintió que la puerta se cerraba. Sus mejillas estaban sonrosadas, no con el tono azuloso tan común en él. Sus ojos tenían un brillo muy cargado, ese tipo de luz que no puede controlarse. En sus labios había una mueca que parecía ser una sonrisa. Cuando al fin lo saludé me le quede mirando, intentaba analizar su expresión. Intentaba leerlo.
Entonces esbozó lo que seguramente era, la sonrisa más amplia a la cual se había abandonado en años. Quizá en toda su vida.
Antes que pudiéramos comenzar a charlar la enfermera entró. Me entregó un papelito en el que había escrito a mano, notablemente nerviosa. Que los padres de Joan habían muerto esa misma tarde. Con pocas palabras me había escrito que el padre alcoholizado, había estrellado el auto contra el trasero de un trailer. Cuando nos quedamos solos respiré hondamente, pensando en como debía actuar con el muchacho. No sabía a ciencia cierta que era lo que esperaba de mi. Joan me miraba fijamente, cosa extraña en él. Y esa sonrisa blanca y hermosa no se borraba de su rostro. Pensé para mis adentros que era la primera vez que lo veía tan…radiante, tan…contento?
Entonces le pregunté: -Por que sonríes, Joan? El chico se estiró, pasó los brazos sobre la cabeza para recargar la nuca en el sillón y dijo –Por que puedo.
24 Septiembre, 2010
Lilymeth Mena.
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