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Mátenme por que me muero…

Se le cansaban las manos de frotárselas una contra otra, afuera llovía y a ratos el pequeño departamento era una hielera, con el estomago lleno de pollo rostizado y algunas tortillas, se sentía agradecido de haber comido tan suculentamente aquella tarde, una tarde de abril como cualquier otra, a diferencia de que este abril se le antojaba mas pesado. Sentado en la orilla de la silla con la espalda doblada y los codos sobre el escritorio, la boca un poco seca, por ganas, no por falta de agua, ganas de joderse la existencia y mantenerse despierto, a un lado su libreta de apuntes casi llena, con hojas dobladas a la mitad, tachaduras, parches, dibujos, frases instantáneas inéditas, jamás copiadas o leídas en vos alta, ideas para historias que no ha escrito, algunas que ha decidido que merecen morir antes de nacer, como una serie de abortos provocados. En el cajón principal guarda, todas revueltas, las cosas que pudieran serle mas importantes y las mas insignificantes, así como es la vida; que junta lo mas valioso con lo mas efímero para burlarse de nosotros, como para ver si notamos alguna diferencia entre ellas. Manuscritos pasados en limpio de las poesías que escribió en sus años de juventud, dos reconocimientos que ganó por aquella cosa que llevaba por titulo “La era eterna”, lápices de colores, dos plumas, una que pinta, otra que no, unas cuantas fotografías de gente que ahora le resulta tan distante que no se explica como es que fueron a parar ahí, identificaciones, y el poco dinero que una mano amada y piadosa le dio para estirar hasta que salga el sol. Cuando salga.

En el cajón de la derecha guarda un rimero de papeles, recibos de luz, de agua, impuestos que quien sabe quien y con que pinche derecho puso sobre lo mas indispensable para vivir, juguetes de la niña que luego viene y me pide. Lo más oscuro se encuentra en el cajón de abajo, el que ya no abre, al que quisiera echarle llave para luego tragársela. Es ahí donde vive ese libro, el que comenzó como una dulce ilusión y termino convirtiéndose en un monstruo tan egoísta que ahora le resulta imposible siquiera pensar en el, el libro de sus miserias, de su odio, de su repulsión por todo y por todos, las paginas negras en las que volcaba su infinidad de carencias, su rencor, su poca fe. El reflejo de un alma dolida que ahora ya no lo esta, y le resulta imposible mirarse en el mismo espejo.
Es curioso, que en estos momentos en que menos tiene, se siente más dichoso y tranquilo, duerme con una serenidad que hasta no hace mucho le parecía inalcanzable, un sueño de opio mas, ahora no solo duerme, sueña, con días mejores y atardeceres anaranjados.
13 Abril, 2010
Lilymeth Mena.
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2 comentarios:

Belle dijo...

Querría hacer un comentario literario, pero es que contigo no me sale, porque llegas más allá...

Muá.

(PS: estás enlazada en mi blog . Besos)

Lilymeth dijo...

Gracias...y gracias :))